La heredera del hielo negro·Episodio 04

El pacto de la cordillera

~4 min · 808 palabras

Son ellos —susurró Lope—. Hinojosa no se fía de un alud. Querrá ver los cuerpos.

—O son los míos.

—¿Te jugarías el cuello?

Nerea se quedó escuchando. Las palas no cantaban. Los clanes cavaban cantando, siempre, una copla de recuas para llevar el ritmo; aquellas palas golpeaban en silencio, con la disciplina de los hombres que cobran por hora. Sacó el papel encerado del jubón y lo desplegó sobre la capa a la luz de la última yesca.

—Mi madre no estaba guardando sal aquí. Estaba abriendo una salida. —Le enseñó la línea torcida—. Doce varas de hielo y piedra hasta la cornisa de arriba. Hizo seis.

Lope miró el dibujo y luego la miró a ella, y Nerea vio en su cara que él también había entendido lo que significaba: su madre había muerto a seis varas de la luz.

—Pues hagamos las otras seis.

◇

Cavaron por turnos, a oscuras, con la pala plegable de la cantimplora de Lope y la empuñadura de asta del cuchillo. El hielo blando de la grieta cedía en lajas que caían con un tintineo de vajilla rota. A la sexta vara, exactamente donde decía el papel, la hoja chocó con piedra. Nerea sacó los clavos de su madre y los fue hundiendo en las juntas a martillazos con una piedra plana, uno sobre otro, como peldaños. Lope trepaba detrás con un solo brazo y los dientes apretados, y no se quejó ni una vez.

Abajo, las palas seguían golpeando, cada vez más cerca.

A la novena vara, un clavo cedió bajo la bota de Nerea. Se le fue la piedra de las manos, el cuerpo hacia atrás, el estómago a la garganta. Una mano la agarró por el cinto y la sostuvo contra la pared: la mano del brazo malo. Lope no gritó. Respiró por la nariz, muy despacio, hasta que ella encontró otro apoyo.

—Ese era el hombro que me pusiste —dijo cuando ella pudo volver a moverse—. Ahora estamos en paz.

El último clavo entró en la piedra y la piedra se movió. Nerea empujó con el hombro y una placa de nieve endurecida cedió hacia fuera. La luz la cegó. Una luz blanca, de mañana limpia, que entraba con un viento sin ventisca y olor a enebro quemado.

Salieron a la cornisa de las tres rayas, cien varas por encima del paso. Desde allí se veía todo. El cauce del alud, una lengua sucia de nieve y roca que bajaba hasta el río. Y en mitad de la lengua, cavando en fila, una veintena de valones con morrión y capote gris. Un oficial a caballo, más abajo, señalaba con la fusta el sitio donde la cornisa había caído.

—Hinojosa —dijo Lope.

Nerea se llevó dos dedos a la boca y silbó. Un silbido de recua, corto y largo, que se perdió en el viento.

Al otro lado del cauce, entre los pinos del saliente bajo, alguien contestó.

◇

Los encontraron a media tarde en la boca de las cuevas de azufre: Jarek y los seis muchachos, las cuatro mulas y nueve de los doce serones. Al ver aparecer a Nerea entre las rocas, los muchachos soltaron un grito que tuvieron que tragarse a medias para que no lo oyeran abajo. Jarek no gritó. Echó mano a la ballesta y apuntó al pecho de Lope.

—Ese lleva las botas de los tercios que colgaron a los arrieros del puerto.

—Ese me sacó de debajo de la cornisa antes de que cayera —dijo Nerea, poniéndose delante del virote—. Y lleva esto.

Le dio la orden. El viejo pastor no sabía leer bien, pero conocía el lacre negro y conocía la palabra guía. Leyó despacio, moviendo los labios. Cuando llegó a la última línea, bajó la ballesta.

Lope se desabrochó la bandolera con el águila de bronce, la sopesó un momento y la tiró al vacío. No hizo un discurso. Se quedó ahí, sin armas, con el brazo en cabestrillo y la barba llena de escarcha, esperando a que alguien decidiera qué hacer con él.

Jarek desató la bota de vino de la silla y se la tendió.

—Esta tarde bajamos a Oakhaven por la ruta de su madre —dijo, señalando a Nerea con la barbilla—. Si quieres venir, soldado, carga un serón. Aquí nadie va de vacío.

Lope cargó un serón con el brazo bueno. Nerea se colocó a su lado al frente de la recua, con la orden del coronel cosida dentro del jubón, contra el pecho, junto al dibujo de su madre. Bajaron por la cara norte del glaciar muerto mientras el sol encendía reflejos de cobre en la nieve.

Al doblar el último risco, ella se volvió una vez. Muy abajo, en la lengua sucia del alud, los valones seguían cavando, pacientes, en busca de dos cuerpos que nunca iban a encontrar.

Fin del Episodio 4 · de 4

El pacto de la cordillera

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