El derrumbe de las peñas
~4 min · 862 palabras
Lo primero fue el peso. Algo duro y frío le aplastaba las costillas contra la pizarra, y cada vez que intentaba respirar se le llenaba la boca de nieve en polvo. Nerea movió los dedos de los pies. Luego los de las manos. Luego empujó con la bota contra un saliente y se sacó de encima el cuerpo del capitán, que rodó a un lado con un quejido de hierro.
Tanteó el cinto. El cuchillo seguía en su vaina.
—¿Viva, montaraz? —La voz de Lope salió ronca, a ras de suelo.
—Viva, y harta de cargar con tus hierros. —Sacó el pedernal y el eslabón de la bolsa encerada—. No te muevas ni un palmo o te clavo la hoja en la ingle antes de que encuentres la espada.
Lope soltó una risa rota que rebotó en la oscuridad como el ladrido de un perro viejo.
—La espada se quedó en un abeto, ahí arriba. Guárdate el hierro. Tenemos encima no sé cuántas varas de nieve, y el aire de esta ratonera va a durar lo que tarde en apagarse tu primera mecha.
Las chispas prendieron la yesca untada de sebo. La llama, pequeña como una uña, iluminó paredes de un hielo tan antiguo que se había vuelto negro: azul oscuro en la superficie y opaco por dentro, con ramas de abeto y huesos de bestias que nadie había visto vivas atrapados en su espesor como moscas en ámbar.
Nerea dejó de respirar.
Conocía aquella pared. Conocía la veta blanca que la cruzaba en diagonal como una cicatriz y la repisa a la altura del pecho donde alguien había apilado, hacía muchos años, piedras planas para que la sal no tocara el hielo. Las entrañas del glaciar muerto, las llamaban los pastores. Su madre las llamaba la despensa. Había guardado allí la sal de los inviernos malos, y una primavera había entrado a por ella y la montaña se había cerrado a su espalda. Nerea tenía once años. Los hombres de Jarek cavaron cuatro días y no encontraron la entrada.
—¿Qué pasa? —Lope se había incorporado sobre un codo. Tenía la visera del morrión partida y un hilo de sangre congelado en la ceja.
—Nada.
El capitán se tocó el hombro izquierdo y apretó los dientes hasta que crujieron. La clavícula le asomaba hacia delante bajo el coleto, en un ángulo que no era de hueso sano.
—Eso no ha sido la montaña —dijo al cabo de un rato—. Lo oliste igual que yo. Han volado la cornisa con petardos.
—Tus valones.
—Mis valones no. Los del coronel Hinojosa. —Lope se arrancó el guantelete con los dientes—. La orden era esperar a que la caravana de la pelirroja estuviera en mitad del puente. Sin caravana, no hay ruta por las Ánimas; sin ruta, la sal de toda la frontera tiene que pasar por la alcabala de Burgos. Me dieron el mando porque conozco los pasos. Les dije que no. Esa misma noche me pusieron precio a la cabeza.
Nerea lo miró a la luz temblorosa de la yesca. La coraza sin armas. Las botas reventadas de dos semanas de monte. El cansancio de lobo que se le había quedado en el fondo de los ojos grises.
—Y aun así subiste.
—Subí para cortar la mecha antes de que la encendieran. —Señaló hacia arriba con la barbilla, hacia el techo de hielo—. Llegué tarde.
—¿Y Jarek? ¿Los muchachos?
—Vi al viejo empujarlos hacia el saliente bajo antes de que cayera la primera piedra. Si alguien sabe saltar en esta montaña, es él. —Lope cerró los ojos un momento—. Lo que no sé es si los valones los habrán visto saltar.
Nerea pensó en Iker agarrado a la cola de la mula y apretó el cuchillo hasta que le dolieron los nudillos.
Ella se levantó y recorrió la cueva con la mecha en alto. Doce pasos de largo, cuatro de ancho. Al fondo, por una grieta del tamaño de una mano abierta, entraba un hilo de aire que silbaba como una tetera vieja. Nada más. Ninguna boca. Ninguna luz. Solo, en la repisa de las piedras planas, un tarro de barro con el tapón sellado con cera y una marca grabada en el hielo con la punta de un cuchillo: tres rayas y un círculo. La marca de su madre.
Volvió junto a Lope y se arrodilló a su lado con el tarro de ungüento de tejo que llevaba en el zurrón.
—Si quieres ver el sol de mañana, capitán, aprieta los dientes. Voy a ponerte ese hueso en su sitio.
—¿Sabes hacerlo?
—En la montaña aprendemos a colocar huesos antes que a rezar.
Le puso una rodilla en el pecho, le agarró el brazo por la muñeca y tiró. El hueso entró en su sitio con un chasquido seco y Lope soltó un rugido que hizo temblar las agujas de hielo del techo. Después se quedó blanco y quieto. Nerea le tomó el pulso en el cuello, le cubrió con la capa y, cuando estuvo segura de que respiraba, volvió a la repisa.
Rompió el sello de cera del tarro de su madre. Dentro no había sal.
Fin del Episodio 2 · de 4
El derrumbe de las peñas
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.