El filo de la ventisca
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El puente de cuerdas de la Garganta de las Ánimas colgaba a mil varas sobre el río helado, y aquella tarde el viento lo mecía como a una hamaca de ahorcado. Nerea lo miró desde el último recodo con las manos metidas bajo las axilas. Cuatro mulas, seis muchachos de los clanes, doce serones de sal gorda y ocho sacos de harina blanca subidos a pulso desde los valles. Si cruzaban antes de que cerrara la noche, dormirían en las cuevas de azufre. Si no, la ventisca los encontraría en la cornisa, y la ventisca no negociaba.
—La cuerda de la izquierda está deshilachada en el tercer nudo —dijo Jarek a su lado. El viejo pastor tenía la mejilla marcada por una cicatriz blanca de helada y la costumbre de anunciar las desgracias con voz de parte meteorológico—. La cambié en otoño. Alguien la ha cortado a medias.
—O se ha comido el hielo.
—El hielo no corta en bisel, niña.
Nerea no contestó. Llevaba diez inviernos guiando la sal por aquella ruta, la que había abierto su madre cuando nadie en los clanes creía que una recua pudiera pasar por encima del glaciar muerto. Los tributos del virrey no llegaban tan arriba; los sellos de la cancillería de Burgos no valían nada contra el granito. Abajo, en los llanos de Oakhaven, decían los arrieros que el príncipe Fadrique había roto el invierno y que una escribana del sur gobernaba con él. Aquí arriba el invierno seguía entero, y quien controlaba los pasos de herradura decidía cuánto costaba el pan en todas las aldeas de la frontera.
Alzó el puño. Los muchachos se quedaron quietos con las jáquimas en la mano.
Iker, el más pequeño, que subía por primera vez, se agarró a la cola de su mula como a la falda de su madre. Nerea le había prometido a la madre de verdad que lo devolvería con las orejas enteras.
Entre el aullido del cierzo había oído otra cosa: un eslabón de hierro golpeando una rodillera de acero.
Del estribo de piedra del puente salió un hombre solo. No era un aduanero ni un miliciano de taberna. Llevaba coraza de campaña con las armas reales desbastadas a lima, una capa gris desgarrada por las zarzas y un mosquete de mecha corta que humeaba en la ventisca. Tenía la barba entrecana escarchada y una cicatriz de pólvora que le bajaba del pómulo al cuello.
—Soltad las cargas y bajad por el sendero de las cabras —dijo—. Ahora.
Nerea sacó el cuchillo de la bota. Hoja ancha de pedernal negro, tallada por su madre.
—Este paso es de los clanes desde antes de que tu virrey aprendiera a mearse en los pañales de seda, soldado. La sal es para la garganta. Si quieres cortar el pan, tendrás que tirarnos al río.
—No vengo a cobrar aranceles. —El hombre bajó el cañón del mosquete hasta la escarcha, despacio, para que ella lo viera—. Me llamo Lope de Aldana. Hasta hace dos semanas mandaba la compañía de vanguardia del tercio de Burgos. Detrás de mí suben doscientos valones con orden de quemar los almacenes de la cordillera y degollar a quien encuentren en esta senda.
—Y tú te has adelantado para avisarnos por bondad.
—Me he adelantado porque me negué a mandarlos. —Algo se le torció en la boca—. Y porque en el campamento me enseñaron la cuerda del puente. Dijeron que bastaba con cortarla a medias.
Jarek escupió al suelo.
—Un capitán de los tercios con la capa rota y sin escolta —dijo el viejo sin quitarle ojo—. O es un desertor o es un cebo. En los dos casos, que hable desde ahí.
—¿Cuánto dan por ti? —preguntó Nerea.
—Cuatrocientos ducados muerto. Seiscientos vivo. —Lope se encogió de hombros bajo la coraza—. Os lo digo para que hagáis la cuenta antes que vuestros muchachos.
Nerea midió la distancia con el pie. Tres saltos. Un hombre con coraza en una cornisa helada no se movía rápido; ella sí. Pero el capitán no estaba mirándola. Miraba por encima de su cabeza, hacia la aguja negra que coronaba el paso, y de pronto olfateó el aire como un perro.
Ella también lo olió. Azufre. No el de las cuevas, ese olor de huevo podrido que subía de la tierra. Este era seco, agrio, de salitre quemado.
—Mecha —dijo Lope.
Se le echó encima antes de que ella pudiera levantar el cuchillo. Le gritó algo a Jarek que el viento se tragó, la agarró por la capa y la arrastró hacia el estribo del puente. Arriba, en la cresta, un chasquido seco. Luego otro. Y luego la montaña entera tosió.
La cornisa de nieve vieja se desprendió como una sábana que alguien arranca de una cama. Nerea vio a Jarek empujar a los muchachos hacia el saliente bajo, vio las mulas encabritarse, vio el puente de cuerdas romperse en mil astillas. Después no vio nada. El suelo desapareció bajo sus botas y el abismo la recibió abrazada a un capitán del rey.
Fin del Episodio 1 · de 4
El filo de la ventisca
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