El precio del perdón
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La llovizna helada de la tarde había convertido los peldaños del claustro bajo en una rampa resbaladiza de escarcha parda. Los cirios de la capilla apenas alcanzaban a ahuyentar las sombras que se acumulaban entre las losas sepulcrales de los abades mitrados.
El emisario imperial vestía paño de grana forrado en marta cebellina, pero sus botas de montar estaban llenas de barro seco del camino real. Se llamaba don Beltrán de Vivar, un letrado de la cancillería de la corte del sur que había compartido pupitre con el padre de Irene en los años del consulado de Burgos.
Se reunieron en la sacristía de la capilla baja, entre casullas apolilladas y cálices de peltre sin brillo. Don Beltrán sacó de un cilindro de cuero encerado un pliego con las armas del virrey: la rúbrica auténtica, con tinta púrpura y el gran sello pendiente de plomo, que otorgaba el perdón absoluto a Tomás de la Torre y le restituía sus tierras en Valdelobos.
—Tu hermano está a dos leguas de aquí, Irene, en una venta del camino hondo —susurró el letrado, acercando su rostro picado de viruela a la luz vacilante de la vela de sebo—. Si esta noche abres el portillo de la poterna del agua, trescientos infantes del virrey entrarán en Oakhaven antes de que cante el gallo. Morvath será arrestado, el príncipe será enviado al monasterio de las peñas y tú regresarás a casa como una heroína de la corona.
Irene sostuvo el pergamino entre las manos. El tacto de la piel raspada era pesado, flexible y legítimo. Por este papel había cruzado el páramo helado en un carromato destartalado; por este papel había soportado las miradas venenosas de los cortesanos y el filo helado del pedernal en la cripta baja.
Reconoció los rasgos minuciosos de la caligrafía cortesana: cada rasgo de pluma estaba calculado para parecer una gracia soberana, pero al examinar las cláusulas en letra menuda descubrió la trampa que su padre le había enseñado a desenmascarar desde niña. La restitución de las tierras quedaba sujeta al pago inmediato de los censos atrasados de diez cosechas; si Tomás no pagaba en la fiesta de San Miguel, sus huertos pasarían a manos de los banqueros de la corte.
En su mente resonó la voz de su padre en el taller de encuadernación: El buen escribano no juzga la ley, Irene; la fija para que los hombres no se desgarren en la niebla. Pero don Beltrán no traía ley, traía una soga nueva con borlas de seda dorada y una sentencia de ruina disfrazada de clemencia.
La tinta del virrey no decía nada de los niños de la garganta de las Ánimas, ni de las chozas que dependían de la harina de Fadrique, ni del príncipe que dormía con un puñal bajo la almohada para proteger un reino que lo consideraba un monstruo.
Irene pensó en las manos de Fadrique la noche anterior, manchadas de carbón y sangre seca mientras reparaba el cerrojo del granero comunal sin exigir vasallaje ni reverencias.
La libertad comprada con la traición huele a moneda falsa en el fondo de una faltriquera rota.
—El virrey no quiere la paz en el norte, don Beltrán —dijo Irene, con una voz que sonó más firme que las piedras milenarias de la capilla—. Quiere abrir las minas de hierro y cobrar el peaje de la sal a los campesinos que ya no tienen qué comer.
—¡Estás perdiendo el juicio, muchacha! —siseó el emisario, tratando de arrebatarle el documento con dedos enguantados que temblaban de impaciencia—. ¡Ese salvaje del norte te ha embaucado con sus modales de cuartel! ¡Es un rebelde que morirá en la horca en cuanto lleguen los tercios de primavera! ¿Prefieres pudrirte en este páramo helado antes que regresar al obrador de tu familia?
Irene dio un paso atrás, saliendo del círculo de sombra de los arcos ojivales. Con un movimiento rápido, frío y deliberado, acercó el pergamino a la llama de la palmatoria.
El lacre ardió con un chisporroteo acre. El fuego devoró la firma del virrey, el sello de plomo cayó pesadamente sobre las losas gastadas y las cenizas negras flotaron en el aire gélido de la sacristía como mariposas calcinadas.
—Dígale al virrey que mi hermano sabe ganarse el pan con sus manos —dijo Irene, mirándolo a los ojos con un desprecio sereno—. Y que si sus tropas se acercan a la poterna del agua, encontrarán a una escribana que sabe disparar ballestas tan bien como redactar cartas de agravio.
Don Beltrán retrocedió hacia la puerta trasera con la respiración entrecortada por el espanto, palpándose el jubón en busca de una navaja que no se atrevió a desenvainar.
—Estás condenada, Irene. Morvath atacará esta noche.
—Entonces será mejor que me dé prisa en afilar los hierros.
Salió de la capilla con la faltriquera vacía de contratos, pero con el alma más ligera que en ningún otro momento de su vida. El viento del norte soplaba entre las almenas con la fuerza de un aviso de tormenta.
En lo alto del adarve, las primeras saetas incendiarias de la vanguardia de Morvath comenzaron a cruzar el cielo plomizo como estrellas caídas, iluminando las laderas nevadas con un resplandor rojizo y siniestro.
Fin del Episodio 9 · de 12
El precio del perdón
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