La noche de los cristales rotos
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El tañido de la campana mayor no fue el toque ordenado de vísperas; fue un repique desbocado, roto a golpes de badajo de hierro por un monje aterrado en la aguja norte. El humo negro de las cuadras ardientes ya cubría el patio central cuando Irene alcanzó la escalera de caracol de la gran galería.
El ataque comenzó dos horas antes de la medianoche, justo cuando la luna quedaba oculta tras una cortina de nubes plomizas que presagiaban tormenta de hielo. No hubo clarines ni toque de queda; el primer aviso fue el silbido rasgado de una docena de proyectiles incendiarios lanzados desde las baterías bajas del foso exterior.
Las trescientas vidrieras emplomadas de la gran galería —traídas en carretas desde los talleres de Venecia hacía un siglo— estallaron al unísono con un estruendo ensordecedor. Una lluvia de esquirlas de cristal de colores y brea hirviente cayó sobre las alfombras del corredor, prendiendo fuego a los tapices heráldicos de la dinastía de las Nieves.
Irene corrió por el pasillo envuelta en una nube de humo sofocante que le quemaba la garganta. A su alrededor, los servidores huían despavoridos hacia las cocinas mientras las saetas atravesaban las cortinas de terciopelo. Los gritos de los escuderos y el choque despiadado del acero contra las cotas de malla resonaban en las escaleras de caracol con un eco cavernoso.
Irene vio a un chambelán con el jubón bordado de oro arrodillado bajo una mesa, abrazado a su bastón de mando como a un crucifijo. Cuando el cristal del palacio saltaba en astillas, ningún rango salvaba a quien no sabía empuñar un hierro.
Dobló el recodo del ala norte y vio a Fadrique en el rellano de la torre del homenaje. El príncipe vestía su coraza de campaña abollada y sostenía una espada ancha con las dos manos desnudas. A sus pies yacían tres hombres de la guardia personal de Morvath con las sobrevestes ensangrentadas y los escudos partidos.
—¡Irene! —gritó Fadrique, con la voz ronca por el hollín y los ojos desorbitados por la furia del combate—. ¡Le dije que bajara a las bodegas con las mujeres del servicio y cerrara la tranca!
—¡Y yo le dije que no sé obedecer órdenes de hombres que se dejan rodear en su propia casa! —contestó ella, recogiendo del suelo una ballesta de estribo y un carcaj de saetas cortas que un sargento caído había soltado junto a la balaustrada.
Fadrique no tuvo tiempo de replicar: dos alabarderos surgieron de la humareda blandiendo sus astas ferradas. El príncipe esquivó la primera estocada con una finta ágil y hendió la hoja de su espada contra la hombrera del segundo atacante, derribándolo contra los restos humeantes de un aparador de nogal.
Morvath apareció al fondo de la galería, rodeado por una veintena de ballesteros veteranos con corazas negras y brazales de cuero endurecido. En su mano izquierda llevaba una antorcha empapada en pez; en la derecha, el báculo de hierro con el que pretendía asumir la regencia de las marcas boreales.
—¡Ríndete, sobrino! —bramó el archiduque, con los ojos inyectados en sangre bajo el casco de visera alzada—. ¡Los tercios imperiales están cruzando el puente levadizo! ¡Tu pacto de escarcha no puede detener el fuego del sur ni comprar la lealtad de la guarnición!
Fadrique dio un paso al frente, interponiéndose resueltamente entre los tiradores y la muchacha. La herida de su hombro derecho manaba un hilo oscuro que humeaba al contacto con el frío helado del corredor, pero su postura no vaciló ni un milímetro sobre el pavimento cubierto de vidrios rotos.
—Oakhaven nunca será pasto de sus mercenarios, Morvath —dijo el príncipe, levantando la hoja templada de su espada al nivel de los ojos—. Y si tengo que morir en este suelo, me aseguraré de que usted marche delante para calentar el camino al infierno.
Tres virotes silbaron en el aire. Fadrique desvió el primero con el plano del acero en un chispazo azul; el segundo rebotó en su hombrera arrancando remaches de bronce, pero el tercero le rozó el muslo, haciéndolo hincar una rodilla sobre las baldosas teñidas de carmín.
Irene no gritó ni cerró los ojos. Apoyó el pie en el estribo de hierro de la ballesta pesada, tensó la cuerda con un tirón seco que le despellejó la piel del pulgar y apuntó al hombro del arquero que preparaba el tiro de gracia contra el pecho descubierto del príncipe.
El gatillo de hierro cedió con un crujido suave. El virote partió el aire con un chasquido metálico y clavó al tirador contra el marco de roble macizo de la ventana destrozada.
Fadrique la miró desde el suelo, con la sangre manchándole la mandíbula y una llamarada salvaje ardiendo en sus pupilas grises.
—Dispara bastante bien para ser la hija de un escribano —susurró él, poniéndose en pie con un esfuerzo titánico que tensó cada músculo de su espalda.
—Le dije que sabía enmendar contratos defectuosos, Fadrique. Ahora vamos a terminar con esto antes de que quemen la biblioteca.
Hombro con hombro, cargaron contra los mercenarios que intentaban forzar la puerta de la torre, empujándolos escaleras abajo hacia el patio nevado donde rugía la batalla decisiva.
Fin del Episodio 10 · de 12
La noche de los cristales rotos
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