Sangre sobre la nieve
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El patio de armas era un caldero de fuego, nieve revuelta y gritos desesperados de hombres heridos. Los mercenarios de Morvath habían roto la poterna baja a golpes de ariete improvisado y se apiñaban bajo las arcadas de la herrería, tratando de prender fuego a las cuadras reales para provocar una estampida de bestias que aplastara a los últimos defensores del bastión.
Los caballos asustados relinchaban entre el humo denso, coceando las tablas de los establos con estrépito de truenos. Por las almenas corrían escuderos con cubos de arena y esteras empapadas para sofocar las llamas de brea antes de que alcanzaran los depósitos subterráneos de grano.
Fadrique peleaba como un hombre poseído por una fuerza que ya no pertenecía a la carne mortal. Cada vez que su espada chocaba contra el hierro enemigo, las venas de su cuello y sus sienes brillaban con ese fulgor azulado y gélido del talismán que llevaba adherido al esternón. El aire a su alrededor estaba tan frío que la sangre derramada en las losas se congelaba en costras negras antes de empapar la nieve pisoteada.
La nieve cubre los cuerpos con la misma prisa con que la corte olvida a los vencidos.
Irene disparaba desde lo alto del cobertizo de las mulas, recargando la ballesta con la rapidez maquinal que da el miedo cuando se transforma en rabia pura y lúcida. Dos guardias intentaron trepar por una escala de cuerda; ella pateó los ganchos superiores con la puntera de su bota ferrada y los arrojó al vacío antes de que alcanzaran el alféizar de madera.
Morvath se abrió paso entre la refriega empuñando una pesada maza de guerra con púas de acero forjado. Vio a Fadrique tambalearse por la pérdida continua de sangre y se abalanzó sobre él con un rugido de triunfo que resonó por todo el patio.
—¡El talismán me pertenece, bastardo! —gritó el archiduque, descargando un golpe descomunal que Fadrique apenas pudo desviar con el gavilán de su espada, cayendo ambos contendientes sobre la nieve fangosa.
La maza de Morvath voló por los aires y se hundió en una artesa de agua helada, pero el viejo lord sacó un puñal de misericordia de su bota y se arrojó sobre el pecho de su sobrino, buscando la juntura de la coraza donde latía la escarcha maldita.
Irene no tuvo tiempo de cargar otra saeta en el carril. Se arrojó desde el tejadillo sobre el montón de nieve blanda, rodó por el suelo esquivando los cascos enfurecidos de un caballo espantado y se lanzó sobre la espalda de Morvath con la lima de acero que guardaba en su manga.
El diente de la lima penetró entre las láminas de la gorguera del archiduque. Morvath aulló de dolor y soltó el puñal, girándose con la furia ciega de una fiera acorralada para descargar un golpe con el dorso del guantelete que arrojó a Irene contra el brocal de piedra del pozo mayor.
Fadrique no le dio tiempo a volverse. Con un último rugido que le desgarró la garganta, hundió su daga de caza en el pecho de su tío, atravesando la cota de malla y el jubón de terciopelo hasta clavar la hoja en la tierra congelada del patio.
Morvath quedó inmóvil. Sus ojos desorbitados se abrieron con una mirada de incredulidad absoluta antes de apagarse para siempre en el fondo de las cuencas.
El silencio cayó sobre el patio de armas con la pesadez de una mortaja de plomo. Los mercenarios que aún quedaban en pie arrojaron sus armas a la nieve enrojecida al ver caer sin vida a su señor y pagador.
Fadrique cayó de rodillas junto al brocal del pozo donde Irene yacía aturdida, con la cabeza apoyada en las piedras gastadas. La camisa del príncipe estaba rota en jirones; en el centro de su pecho desnudo, el talismán de escarcha empezó a brillar con una luz blanca y cegadora que amenazaba con devorar su carne viva y congelar sus pulmones para siempre.
—Irene... —jadeó él, con los labios teñidos de una costra de hielo—. Se está cerrando... El corazón se apaga...
Irene se incorporó con las pocas fuerzas que le quedaban en el cuerpo dolorido. Recordó la reacción del agua sagrada en la cripta: la sangre viva que derretía la mentira tallada en la piedra. Sin vacilar un segundo, desgarró el vendaje de su propia muñeca y apretó la herida abierta directamente contra la piedra del talismán, dejando que su sangre caliente bañara el cristal helado.
Un chasquido atronador sacudió los cimientos de piedra de Oakhaven.
El talismán se partió en mil pedazos diminutos de hielo transparente que se disolvieron en vapor blanco al tocar el calor del pecho de Fadrique. Las venas azuladas retrocedieron, desvaneciéndose bajo la piel hasta dejar solo una cicatriz pálida que latía con el pulso fuerte, rítmico y limpio de un corazón libre de maldiciones.
Fadrique respiró hondo, un aliento tibio y humano que derritió la nieve adherida a las pestañas de Irene mientras la envolvía en sus brazos ensangrentados y temblorosos.
Por encima de los torreones destrozados y las almenas humeantes, las nubes de tormenta se abrieron por primera vez en trescientos años, dejando caer sobre el patio un haz de luz dorada que olía a tierra fértil y a primavera renacida.
Fin del Episodio 11 · de 12
Sangre sobre la nieve
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