La falsa prometida del invierno·Episodio 08

Una mentira que quema

~5 min · 950 palabras

El gran salón de recepciones estaba abarrotado de guardias, heraldos y señores feudales que habían bajado de los torreones para presenciar el desenlace del juicio de la escarcha. El murmullo de las conversaciones sonaba como un enjambre de avispas enfurecidas dentro de un tonel vacío. Nadie en la corte esperaba que la hija de un escribano saliera con vida de la cripta; mucho menos con el brazo del heredero rodeando su cintura como si fuera el estandarte de una victoria militar indiscutible.

En los bancos corridos, los barones del linde cuchicheaban señalando la venda de lino ensangrentada que asomaba por la manga de Irene. Las damas de la corte apretaban sus abanicos de plumas de ganso contra el pecho, escandalizadas por la altivez con que la muchacha sureña sostenía la mirada a los veteranos de la guardia ducal sin bajar los ojos ni encogerse.

Morvath subió al estrado con la cara descompuesta por la humillación, seguido por dos capitanes de su guardia personal con las espadas a medio desenvainar y las mandíbulas apretadas.

—El agua de la cripta pudo haber sido alterada con sales del sur antes de la ceremonia —gritó el archiduque, señalando a Irene con su guantelete de hierro articulado—. ¡Exijo que el legado imperial y los médicos de la corte examinen a la muchacha antes de permitir que duerma otra noche bajo los techos de Oakhaven!

La acusación flotó sobre la sala como una chispa en un granero seco. Varios barones afines al archiduque desenvainaron tres pulgadas de acero, desafiando a los centinelas de la puerta principal. Irene sintió el frío de la sala cerrarse sobre ella como una marea helada, pero se mantuvo firme sobre las losas, negándose a mostrar un solo parpadeo de debilidad ante aquellos hombres que medían el valor por el grosor de las armaduras.

Fadrique no desenvainó su daga ni desvió la vista hacia los capitanes rebeldes. No gritó órdenes a los centinelas para pedir auxilio. Dio un paso resuelto hacia adelante, atrayendo a Irene hacia su pecho con una fuerza tan implacable y despojada de duda que el murmullo de los nobles se cortó como con una navaja barbera.

—El único examen que admitirá mi prometida esta noche es el mío —dijo el príncipe, y su voz heló el aire más que el cierzo de las cumbres.

Antes de que Irene pudiera pronunciar una sola palabra de advertencia o buscar la mirada de complicidad pactada en su contrato, los dedos ásperos de Fadrique se hundieron en su cabello suelto, sujetándole la nuca con una firmeza que no permitía escape alguno, y su boca cubrió la de ella.

◇

No fue un beso cortesano de salón imperial, de esos donde los labios apenas rozan el aire por encima del colorete y los perfumes de lavanda. Fue un choque fiero, hambriento y desesperado, cargado de todas las semanas de silencio forzado, de miedo contenido en las sombras y de miradas robadas entre los pasadizos helados de la fortaleza.

Irene sintió el sabor a salitre y a nieve limpia de la boca de Fadrique, mezclado con el calor violento de su respiración contenida. La mano vendada de ella subió instintivamente a su pecho, buscando empujarlo para recordar el guion del contrato y las distancias obligadas de la prudencia, pero los dedos se le cerraron sobre la lana áspera de su túnica, aferrándolo hacia sí con una devoción salvaje que no cabía en ningún pergamino notarial.

Lo peor de fingir aquel beso no fue engañar a la corte. Fue el instante en que su propio cuerpo se negó a retroceder.

El gran salón enmudeció por completo. Los heraldos bajaron las trompetas de plata sin atreverse a tocarlas. Incluso Morvath retrocedió medio paso, desarmado y lívido ante la evidencia brutal de una pasión que ninguna intriga política podía desmentir ni manchar ante los ojos de los barones.

Cuando Fadrique se apartó despacio, tenía los ojos oscurecidos por una marea profunda que ya nada tenía de fingida ni de teatro cortesano. Su pulgar rozó el labio inferior de Irene, que temblaba ligeramente por el impacto del contacto y la quemadura del frío.

—¿Tiene alguna otra duda el consejo sobre la legitimidad de nuestra alianza? —preguntó el príncipe, sin mirar a nadie más que a la muchacha que sostenía entre sus brazos.

Nadie respondió. Morvath dio media vuelta con la capa ondeando como el ala rota de un cuervo herido y abandonó el salón seguido por sus capitanes cabizbajos.

Irene se quedó inmóvil en el centro del estrado, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. Sabía que la farsa convenida había muerto en aquel beso: a partir de esa noche, salvar a su hermano ya no sería lo único que la mantendría despierta en las largas noches de Oakhaven.

Al cruzar la arcada gótica hacia sus aposentos privados, Fadrique no la soltó de la mano hasta que las pesadas puertas de roble se cerraron tras ellos con un golpe sordo, aislando el fuego que ardía entre ambos del frío eterno de la corte boreal.

En la penumbra densa de la alcoba, ninguno de los dos se atrevió a encender la palmatoria de sebo: temían que la luz revelara que la mentira pactada que los unía se había convertido en la única verdad por la que ambos estaban dispuestos a arder hasta las cenizas.

—Irene —susurró Fadrique en la oscuridad, con una voz que temblaba por primera vez desde que se conocieron—. Si esto fue un error, dígamelo ahora.

—Fue un desacato a todas las leyes del sur, alteza —respondió ella, rozando con sus dedos la tela de su manga—. Y es lo único sensato que hemos hecho desde que llegué a este páramo.

Fin del Episodio 8 · de 12

Una mentira que quema

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