La prueba de la escarcha
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El descenso hacia la cripta de los Fundadores exigía bajar ochenta y cuatro escalones de piedra empinada donde el vaho de las respiraciones se pegaba a los muros en forma de agujas de hielo transparente. La comitiva caminaba en fila india, iluminada únicamente por dos antorchas de brea que chisporroteaban con un olor asfixiante.
La cripta de los Fundadores se abría bajo los cimientos de la torre del homenaje, en una oquedad natural donde el agua de las nieves perpetuas se estancaba en una pila circular de piedra basáltica. No había calefactores ni antorchas de pez; doce candelabros de grasa de foca ardían con llamas bajas y humosas que apenas iluminaban los rostros apergaminados de los siete miembros del consejo boreal.
Los ancianos vestían sayales de lana negra con estolas bordadas con la espiga rota del juramento. En el centro de la cámara, el agua del estanque permanecía tan inmóvil y pulida que parecía un espejo de obsidiana negra.
Alrededor del brocal, inscripciones primitivas grabadas con cincel de cobre recordaban las pruebas de las primeras dinastías: El falso se quiebra, el leal florece. Los sacerdotes susurraban letanías en una lengua arcaica que sonaba a ramas secas rompiéndose bajo el peso de la nieve.
El archiduque Morvath presidía la cámara sobre un sitial tallado en un tronco de tejo petrificado. En su mano derecha sostenía la cuchilla ritual: una lámina de pedernal blanco tan afilada que cortaba un cabello al aire.
—La ley de Oakhaven es más antigua que los tratados del valle —dijo Morvath, y el eco de su voz rebotó contra las estalagmitas del techo como el crujido de un témpano al partirse—. Ninguna mujer puede sentarse a la diestra del heredero si el pozo sagrado rechaza su linaje. Si es una espía pagada por los barones del sur, el agua la congelará hasta la última gota de la médula.
Fadrique dio un paso al frente, con la mano crispada sobre el pomo de su espada de instrucción.
—Esta farsa no estaba en el pliego, Morvath. Irene es mi prometida por contrato rubricado ante escribano público. No someteré a una invitada a los desvaríos de su sacerdocio.
—¿Tiene miedo el príncipe de que su juguete sureño resulte ser de cera?
Irene apartó a Fadrique con un toque firme en el antebrazo. El contacto entre ambos fue breve, pero bastó para que el príncipe leyera en sus ojos la misma furia obstinada que la había llevado a cruzar el viaducto.
—Haga el corte, milord —dijo ella, arremangándose la manga izquierda de su vestido verde hasta el codo—. Pero si el hielo no me muerde, el consejo firmará el salvoconducto de mi hermano antes de la campana de tercia.
El pedernal rasgó la piel de la muñeca de Irene con un mordisco seco. Tres gotas densas de sangre bermeja cayeron sobre la superficie del estanque helado.
Durante tres latidos no ocurrió nada. El silencio en la cripta era tan absoluto que se escuchaba el goteo rítmico del agua de las estalactitas en el fondo de la gruta.
Los sacerdotes de Morvath decían que el hielo no juzga intenciones, que solo mide cuánto tarda un corazón vivo en dejar de bombear. Irene contó sus propios latidos para no oír los de nadie más.
De pronto, una grieta delgada como un hilo de seda partió la superficie de la pila. El agua bajo la costra congelada no se espesó en escarcha negra, como esperaban los sacerdotes de Morvath; comenzó a hervir en burbujas menudas, desprendiendo un vaho blanco que olía a tierra mojada después de la siega y a flores de manzanilla silvestre.
El hielo no la devoró: se apartó en ondas concéntricas, dejando al descubierto el fondo de gravilla dorada.
Los consejeros retrocedieron un paso, persignándose con el signo de la espiga que solo usaban los pastores del linde. El cántico de los ancianos se quebró en un murmullo atragantado. El rostro de Morvath se contrajo en una mueca de espanto y rabia contenida; sabía lo que significaba la reacción del agua: la muchacha no tenía sangre de traidores, sino la estirpe de los antiguos colonos que construyeron Oakhaven antes de que los señores feudales se adueñaran del norte.
Fadrique no esperó a que el consejo deliberara. Dio un paso adelante, rasgó una tira de lino limpio de su propia camisa y envolvió la muñeca sangrante de Irene con una ternura que contrastaba violentamente con la frialdad de la cripta.
—La prueba ha terminado —dijo el príncipe, mirando a su tío a los ojos con un desprecio absoluto—. Y la próxima vez que alguien desenvaine un pedernal en presencia de mi señora, se lo haré tragar pedazo a pedazo.
Irene apoyó la frente en el hombro de Fadrique durante un único instante, permitiéndose respirar el calor de su abrigo antes de erguirse de nuevo frente al tribunal derrotado.
Los consejeros inclinaron la cabeza uno a uno ante ella mientras la pareja subía los peldaños hacia la luz del patio.
Fin del Episodio 7 · de 12
La prueba de la escarcha
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