La falsa prometida del invierno·Episodio 06

El mapa de los desterrados

~4 min · 895 palabras

El sol de la mañana era una moneda de estaño que apenas conseguía calentar la niebla sobre los canchales. El descenso desde el pabellón de caza se hizo a lomos de dos caballos percherones con herraduras de clavos ganchudos para no patinar en las placas de hielo azul. En lugar de tomar el camino real hacia Oakhaven, Fadrique desvió las riendas hacia la garganta de las Ánimas, un tajo profundo en la roca donde el sol solo entraba durante veinte minutos al mediodía.

Por el desfiladero bajaba un viento seco que traía olor a humo de turba y a lana mojada. A ambos lados del cauce congelado, las peñas de basalto se alzaban como murallas ciclópeas horadadas por cuevas naturales.

Allí, al pie de una pared de arenisca roja protegida de la ventisca por una cornisa de peña viva, se apiñaban una docena de chozas de tepe y ramas de aliso. No había empalizada ni estandartes; solo humo de estiércol seco saliendo por agujeros en los techos y un puñado de niños descalzos con sayales de lana cruda que miraban llegar a los jinetes sin miedo.

—Dicen en el salón alto que usted viene aquí a reclutar mercenarios para dar un golpe contra su tío —dijo Irene, ajustándose la capucha del capote.

—En el salón alto llaman mercenario a cualquiera que no pague el diezmo del grano —contestó Fadrique, desmontando de un salto elástico que levantó una nube de nieve en polvo.

Un anciano ciego con la barba trenzada con tiras de corteza salió al encuentro del príncipe, apoyándose en un cayado de fresno. Fadrique no esperó reverencias ni salutaciones: desató del arnés de su montura un saco de cincuenta libras de harina de avena y dos panes de sal gruesa, dejándolos caer junto a la puerta de la primera cabaña.

—Traje mantas de la guarnición vieja, maese Einar —dijo Fadrique, con un tono que Irene jamás le había escuchado en la corte: llano, respetuoso, casi filial—. Y cuatro frascos de aceite de hígado para los niños que tienen tos.

—El archiduque mandó quemar los molinos del vado la semana pasada, muchacho —respondió el viejo, pasando sus manos sarmentosas por los hombros de Fadrique—. Dicen que los del sur se levantaron en armas y que no debe quedar ni un grano de trigo en cinco leguas a la redonda.

—El sur no se ha levantado, Einar. El sur está pasando hambre igual que nosotros.

Fadrique sacó de su bolsa de lona un mapa dibujado sobre piel de carnero. No tenía los escudos reales ni las divisiones provinciales que Irene recordaba de los archivos de su padre; mostraba manantiales de agua tibia, cuevas donde guarecer el ganado y veredas de contrabandistas que cruzaban la cordillera sin tocar los portazgos imperiales.

Irene pensó que su padre habría odiado aquel mapa y lo habría guardado bajo llave de todos modos. Él lo decía así: «Los reyes dibujan fronteras con tinta, y los que sobreviven en el linde las borran con las botas».

◇

Irene se arrodilló junto a una mujer joven que mecía a un bebé envuelto en pellejos de liebre junto al fuego bajo de una de las chozas. La mujer tenía las manos agrietadas por el agua helada, idénticas a las de las lavanderas que faenaban en el río de su pueblo.

—¿Es usted la dama del pliego? —preguntó la muchacha, con un hilo de voz temblorosa.

—Soy Irene. Y no soy ninguna dama.

—El príncipe nos dijo que vendría alguien del sur que sabía escribir lo que de verdad pasa aquí arriba. Que las cartas que mandamos a la corte nunca llegaban porque los secretarios de Morvath las usaban para encender pipas.

Irene miró hacia la entrada de la choza. Fadrique estaba de pie en el umbral, cargando un fardo de leña seca sobre el hombro mientras ayudaba a dos rapaces a remendar una red de pesca rota. No había rastro del heredero despiadado del que hablaban los pregones del virrey; solo un hombre con los hombros cargados de una culpa que no era suya, tratando de sostener un mundo roto con las dos manos.

Ella metió la mano en la faltriquera y sacó el pequeño tintero de latón que siempre llevaba consigo.

—Dígame los nombres de los que perdieron el ganado en el vado —dijo Irene, desenrollando una tira de vitela limpia sobre sus rodillas—. Escribiré cada nombre. Y si Morvath quiere quemar el papel, tendrá que arrancármelo de los dedos primero.

Durante dos horas, la punta de la pluma de Irene rascó el pergamino junto al humo de la cabaña, tejiendo la crónica de un pueblo al que ningún rey había querido escuchar.

Uno de los monteros jóvenes entró con una liebre blanca en la mano, saludando a Fadrique con un golpe de nudillo en el pecho. El príncipe le explicó cómo calcular las horas de luz en un reloj de sol rústico tallado en corteza de abedul; en sus ojos no había rastro de nobleza distante, sino la paciencia de un hermano mayor. Irene sintió un nudo tibio en la garganta al recordar las tardes en que su hermano Tomás aprendía a montar poleas en el molino de agua.

Al guardar el cartapacio en el zurrón, Irene supo que su lealtad ya no pertenecía a los despachos del virrey, sino a la gente que resistía en la orilla del mundo.

Fin del Episodio 6 · de 12

El mapa de los desterrados

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