Leña verde en la chimenea
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El trayecto de regreso desde las cuadras exteriores se convirtió en una trampa blanca antes de que los centinelas pudieran tocar la campana de rebato. La ventisca no avisó con nubes bajas ni con silbidos en las aspilleras; cayó sobre la ladera como una montaña de harina blanca que se desploma en silencio. En menos de media hora, la trocha que unía Oakhaven con el pabellón de las Grajas quedó borrada bajo tres pies de aguanieve congelada.
Fadrique empujó la pesada puerta de tablones de alerce y obligó a Irene a entrar en el cobertizo de un empellón seco antes de echar la tranca de hierro. La nieve golpeaba los postigos con el estruendo sordo de una descarga de grava.
El refugio era poco más que un cobertizo de piedra basta y vigas de roble negro que los ojeadores del rey usaban para salar pieles de oso. El viento soplaba con tal furia que las rendijas de las contraventanas silbaban como gaitas viejas, escupiendo un polvo blanco y cortante que se acumulaba en montoncitos sobre el suelo de tablas.
En un rincón, bajo una lona podrida, quedaba un caldero de hierro herrumbroso y una tinaja de barro con manteca de cerdo rancia. Irene se quitó las botas con esfuerzo, sintiendo los dedos de los pies como leños insensibles, mientras Fadrique amontonaba ramas sobre la solera de piedra.
Fadrique estaba de rodillas frente al hogar, golpeando con saña un pedernal contra una lámina de hierro. Los leños que había apilado eran de abedul recién cortado, empapados de savia y corteza húmeda.
—No va a prender con chispas secas, alteza —dijo Irene, sentada sobre un fardo de heno con las rodillas pegadas al pecho y los dientes castañeteando—. En el sur usamos grasa de tocino o resina de enebro.
—En el sur tienen el lujo de elegir qué queman —gruñó él, sin detener el golpeteo—. Aquí quemamos lo que encontramos antes de que se nos congelen los párpados.
Una chispa viva prendió en una hebra de liquen seco. Fadrique sopló con cuidado infinito, con las mejillas hundidas y los ojos entrecerrados contra el humo espeso que empezó a invadir la estancia. La llama trepó despacio por la corteza húmeda, siseando y despidiendo un olor ácido a madera viva que se resiste al fuego.
—La leña verde tarda en prender —dijo él, todavía de rodillas junto al hogar—. Pero cuando prende, no hay agua en el mundo capaz de apagar las brasas.
A medianoche, el frío era tan punzante que el aliento se congelaba en el dobladillo de las mantas. Solo tenían dos pellizas de lobo curtido y un jergón de paja que crujía con cada respiración. Fadrique se había sentado de espaldas al fuego, con la vista clavada en la barra de hierro que atrancaba la puerta.
—Tiene los labios morados, Irene —dijo él, sin volverse.
—Y usted tiene la piel tan pálida que parece que lo hubieran tallado en sal de mina. Si se queda ahí sentado, mañana seré la viuda más rápida de la historia boreal.
El príncipe soltó un bufido corto que sonó casi como una risa. Se levantó con pesadez, arrastrando una de las pieles, y se sentó a su lado sobre el heno. Estaban tan cerca que Irene podía sentir el calor denso de su costado atravesando las capas de lana.
—No es frío ordinario lo que cargo en la sangre —dijo Fadrique en voz muy baja, mientras extendía su mano derecha hacia la claridad de las brasas—. Cuando tenía siete años, mi tío Morvath me llevó a la cueva del Glaciar Ciego. Me dijo que era el rito de paso de los herederos. Me encerró tres noches con el talismán de escarcha amarrado a las costillas.
Irene contuvo la respiración. Sus ojos bajaron hacia el pecho del príncipe, donde la camisa abierta dejaba ver una red de venas azuladas, casi cristalinas, que se ramificaban bajo la piel como las ramas de un sauce en invierno.
—El talismán no se desprendió —continuó él—. Se fundió con el esternón. Cada invierno, el hielo se extiende media pulgada hacia la garganta. Si no encuentro la manera de quebrar el sello del consejo antes de que termine este año, el corazón se me convertirá en una piedra de granizo.
Irene extendió los dedos sin pensarlo. Tocó con la punta de la yema el nacimiento de la cicatriz azulada. Fadrique se tensó como si le hubieran apoyado una navaja en la carne, pero no se apartó.
—No dejaré que se convierta en piedra —susurró ella, y por primera vez en toda su vida en el norte, la voz no le sonó a desafío, sino a promesa.
Fadrique cubrió la mano de Irene con la suya. El calor de sus dedos entrelazados fue la única lumbre que sobrevivió a la noche.
Afuera, la tormenta aulló hasta el amanecer, pero entre la paja y las pieles compartidas, el invierno boreal pareció perder su colmillo.
Fin del Episodio 5 · de 12
Leña verde en la chimenea
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