La falsa prometida del invierno·Episodio 04

La grieta en la muralla

~4 min · 839 palabras

El ala este de Oakhaven era un laberinto de corredores ciegos donde el viento del norte se filtraba entre los sillares con un silbido agudo, parecido al de una tetera olvidada en las brasas. Los sirvientes evitaban subir después de la campana de completas: decían que las gárgolas de plomo susurraban los nombres de los que iban a morir congelados antes de Pascua.

La vieja torre albergaba las estancias abandonadas tras la peste del setenta y tres, con armarios de nogal abiertos cuyas puertas desquiciadas golpeaban la mampostería al compás de las ráfagas. En el suelo de las galerías, el polvo acumulado formaba una alfombra grisácea donde cada huella de bota quedaba grabada como una sentencia.

Irene caminaba pegada al muro con una palmatoria de bronce en la mano diestra. La cera de sebo hedía a grasa de carnero y goteaba sobre sus nudillos, pero no se atrevía a avivar la mecha. Buscaba la sala de los sellos: la cámara abovedada donde el archiduque guardaba los cuadernos de rentas y las actas de confiscación que su padre había intentado salvar.

Para evitar a la ronda nocturna, tuvo que aguardar diez minutos agazapada tras una panoplia de alabardas oxidadas, conteniendo el aliento mientras los pasos claveteados de dos guardias retumbaban contra las losas. El frío del suelo de granito le calaba las enaguas como si estuviera arrodillada en un estanque helado.

La puerta de hierro del archivo no tenía cerrojo visible; solo una hendidura en la jamba donde encajaba una placa de latón tallada con el emblema de la serpiente de hielo.

Irene sacó del dobladillo de su refajo la lima que había escondido entre dos tiras de badana. Tres minutos de raspado paciente en la juntura inferior bastaron para hacer saltar la traba con un chasquido sordo.

◇

Dentro, el aire olía a moho de pergamino y a polvo de cal muerta. Centenares de legajos atados con bramante amarilleaban en estantes de castaño carcomido. Irene pasó los dedos por los tejuelos de cuero: Diezmos de Valdenebro, Censos de la Sal, Tratado de los Pastos Altos...

Cada volumen era un inventario minucioso de tributos no pagados, multas por cortar leña verde y confiscaciones ejecutadas con saña sobre viudas y molineros. El reino boreal no era una leyenda de caballeros y escarcha; era un libro de cuentas despiadado gobernado por escribanos con armadura.

Allí estaba: el cartapacio con la cinta negra de su familia. En su interior, el acta original donde se estipulaba que las tierras de Valdelobos pertenecían al concejo comunal y no a las arcas personales del archiduque.

—Si dobla ese pergamino, quebrará el sello de cera de mi abuelo —dijo una voz en la penumbra.

Irene dio un respingo y estuvo a punto de dejar caer la palmatoria. Fadrique estaba apoyado en el vano de la puerta, con los brazos cruzados y una manta de lana parda sobre los hombros. No traía armas, pero su silueta recortada contra el corredor parecía más sólida que la misma muralla.

—Estaba buscando un tintero —mintió ella, con la barbilla en alto, aunque el pulso le martilleaba en las sienes.

Fadrique no contestó enseguida. Irene comprendió que la mentira no tenía que convencerlo; bastaba con que a él le conviniera más callarla que deshacerla.

El príncipe entró en la cámara despacio. Sus pasos no hacían ruido sobre las losas cubiertas de serrín seco.

—Un tintero en el archivo secreto del consejo, a las tres de la madrugada y con una lima de zapatero en la falda. Su padre debió enseñarle mejores coartadas.

—Mi padre me enseñó a no dejar que los bandidos con corona se queden con lo que pertenece a la gente que ara la tierra.

Fadrique se detuvo a un paso de ella. Estiró el brazo y tomó el cartapacio de sus dedos. Sus ojos recorrieron las firmas al pie del pergamino: la rúbrica torpe del primer concejo de pastores y el trazo elegante del escribano de la Torre.

—Morvath quiere quemar esto mañana por la noche —dijo el príncipe en voz baja—. Dice que el papel viejo solo sirve para alimentar las chimeneas de la guardia.

—¿Y usted qué dice?

—Digo que guardarlo en el ala este es una insensatez. Si la guardia registra sus aposentos y encuentra esto bajo el colchón, ni siquiera yo podré evitar que el verdugo haga su trabajo.

Fadrique abrió el forro interior de su propia capa, deslizó el cartapacio junto a su pecho y cerró los botones de cuerno con calma quirúrgica.

—Ahora camine delante de mí, Irene. Y si el centinela de la escalera pregunta, dígale que se perdió buscando el retrete. Nadie sospecha de los que sufren del vientre en invierno.

Al cruzar el umbral, el roce de sus hombros en la estrechez de la arcada encendió una chispa de complicidad que ninguno de los dos intentó disimular. Fadrique esperó a que ella alcanzara el descansillo de su alcoba antes de girarse hacia la oscuridad, con una mano apoyada en el forro donde descansaba el legado de su pueblo.

Fin del Episodio 4 · de 12

La grieta en la muralla

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