La falsa prometida del invierno·Episodio 03

Un vals sin guantes

~4 min · 811 palabras

Antes de pisar el círculo de baile, los gaiteros afinaron sus tubos de hueso calentando las boquillas de caña con la lumbre de un candil de estaño. El aire en la galería alta era tan seco que cada inhalación quemaba como tragar agujas de coser. En las esquinas, los sirvientes habían encendido braseros de carbón de alerce, pero el calor apenas alcanzaba a calentar dos pasos más allá de las verjas de hierro.

Las gaitas de hueso y los tambores de piel de reno resonaban en la galería alta con un compás circular y monótono que recordaba el paso de las carretas sobre un camino de piedras sueltas. La costumbre boreal era inflexible: en la noche de la luna menguante, los contrayentes debían pisar el círculo de basalto descalzos de manos, sin pieles ni manoplas que intermediaran entre sus palmas. Decían los sacerdotes del linde que la mentira no puede soportar el contacto de la carne limpia.

Irene dejó sus mitones de lana gris sobre el reborde de una jardinera de piedra donde dormían raíces secas de lavanda silvestre. Sentía las yemas heladas, con esa insensibilidad que precede al dolor agudo. Sus zapatillas de cordobán crujían sobre las losas pulidas. Cuando Fadrique se plantó frente a ella en el centro del corro de nobles, la luz de las teas reflejó en su rostro una sombra de cansancio antiguo.

—No me pise los pies, Irene —susurró él, ofreciéndole la diestra abierta. En el centro de su palma cruzaba una línea blanca, la marca de un juramento de armas hecho en la juventud.

—Intente usted no parecer un verdugo que saca a bailar a su prisionera. Los señores del consejo están contando cuántas veces parpadeo.

Ella colocó la palma sobre la suya.

El choque fue instantáneo. La piel de Fadrique no estaba templada como la de los muchachos del sur tras la siega, pero desprendía un calor seco, profundo y concentrado, semejante al que guardan los cantos rodados que han pasado el día enterrados bajo la ceniza caliente de una forja.

Bailar con el enemigo es fácil mientras ninguno de los dos recuerde por qué empezó la música.

◇

Giraron. El ritmo los obligaba a acercarse hasta que la lana de su jubón rozaba el terciopelo verde de su pecho, para luego apartarse en una reverencia corta donde los dedos apenas se rozaban por las puntas. Los ojos del príncipe no buscaban a los cortesanos ni vigilaban las sombras de los arcos; estaban clavados en la boca de Irene con una fijeza que le hacía quemar el aire en la garganta.

—Morvath envió a dos monteros hacia el sur esta madrugada —dijo Fadrique sin alterar el compás de sus pasos—. Quieren comprobar si su hermano sigue en los fosos de la frontera o si ya lo bajaron a las celdas secretas del lago.

—¿Y dónde está?

—En la cabaña de mi armero mayor, comiendo sopa de cebolla y aprendiendo a afilar hachas de tala. Si Morvath lo encuentra, mi palabra valdrá menos que el estiércol de sus halcones.

Irene apretó los dedos contra el dorso de la mano del príncipe. Sintió la dureza de sus nudillos y la tensión de los tendones del antebrazo, firmes como cuerdas de arco tensadas.

—¿Por qué se arriesga por un desconocido que quemó sus graneros en la última leva?

—Porque su hermano no quemó los graneros, Irene. Lo hizo la guardia de Morvath para justificar la entrada de las tropas imperiales en el valle. Su padre lo sabía, y por eso redactó la cláusula de salvaguarda que usted lleva en el bolsillo.

La música aceleró. Fadrique la tomó de la cintura para el giro final. El peso de su brazo alrededor de la espalda de Irene fue tan real, tan despojado de protocolo cortesano, que ella tuvo que apoyar la mano en su hombro para no perder el equilibrio. El perfume a brea y romero silvestre la envolvió por completo.

—Nos están mirando —murmuró ella, con la respiración entrecortada.

—Que miren —respondió él, acercando su rostro hasta que el aliento tibio le rozó la oreja—. Que vean que la falsa prometida del invierno tiene más fuego en los ojos que toda su corte de hielo junta.

El redoble del tambor mayor selló el compás. Fadrique soltó su talle despacio, pero la huella de sus dedos permaneció ardiendo en la tela como un hierro candente.

Irene retrocedió dos pasos, sintiendo el murmullo de las damas del estrado abrirse a su paso como juncos al viento. En el rostro de las nobles norteñas no había desdén ya, sino la alarma sorda de quien descubre que la extranjera no venía a suplicar piedad, sino a disputarles la lumbre.

En la balconada superior, la silueta oscura de Morvath observaba la escena sin aplaudir, apretando la empuñadura de su daga hasta que los nudillos de hierro crujieron en la sombra.

Fin del Episodio 3 · de 12

Un vals sin guantes

Siguiente Episodio 4~5 minLa grieta en la muralla“Irene comprendió que la mentira no tenía que convencerlo; bastaba con que a él le conviniera más callarla que deshacerla.”Seguir leyendo
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