La falsa prometida del invierno·Episodio 02

Sal en la copa de plata

~5 min · 1089 palabras

La doncella que le enviaron para vestirla era muda de nacimiento y tenía las uñas comidas por la lejía de lavar sábanas. Se llamaba Marta y se movía por la alcoba del ala este con la ligereza de una lechuza asustada, evitando mirarla a la cara mientras le ajustaba las ballenas del corsé con tiras de cáñamo embreado.

La alcoba no tenía alfombras ni tapices con ciervos en celo. Solo una cama estrecha de pino con una colcha de lana basta, una jofaina de estaño con agua que ya empezaba a cuajar una telilla de hielo en los bordes y una saetera orientada al desfiladero por la que el viento silbaba sin tregua. Cuando Marta le puso el vestido de terciopelo verde musgo sobre los hombros, Irene sintió el peso frío de las telas viejas: olía a alcanfor, a cera de laurel y a la ceniza de chimeneas que llevaban medio siglo apagadas.

—Dile al señor de la casa que si piensa exhibirme como a una cabra de feria, al menos podría asegurarse de que las mangas no me corten la sangre —dijo Irene.

La muchacha no respondió, pero sus dedos aflojaron un punto las presillas de latón en las muñecas antes de señalar hacia el corredor con una inclinación corta de cabeza. La hora del festín de bienvenida había llegado.

◇

El gran salón de banquetes no tenía alfombras, sino una capa espesa de juncos secos espolvoreados con hojas de tomillo para disimular la pestilencia de los lebreles que dormitaban bajo los bancos. Ochenta antorchas de sebo goteaban brea sobre los candelabros de hierro amurados a las columnas de pórfido. No había risas; el tintineo de los cuchillos contra las fuentes de estaño marcaba un compás áspero, como el de una tropa afilando machetes antes del asalto.

Fadrique ya ocupaba su sitio en la cabecera del estrado. Vestía la misma túnica cenicienta de la tarde, pero llevaba una sobreveste de paño negro sujeta al hombro con un broche de hierro en forma de cuervo. Comía con la parsimonia de un centinela: carne de ciervo seca cortada en tiras delgadas, pan negro de centeno y agua de nieve hervida con cortezas de sauce amargo.

Frente a ellos, en el banco reservado a los señores del consejo, el archiduque Morvath acariciaba el lomo de su halcón encapuchado. Sus ojos, pequeños y acuosos como dos guijarros de río, no se habían apartado del escote de Irene desde que sonó la campana de las viandas.

—Dicen en el valle que las mujeres del sur saben trenzar la cebada, pero que se quiebran en cuanto el termómetro baja de cero —dijo Morvath, elevando la voz por encima del murmullo de los escuderos—. Espero que nuestra futura señora tenga los huesos más duros que su hermano.

Irene apoyó el tenedor sobre el tablón. El metal vibró contra la madera.

—Mi hermano aguantó tres días con las muñecas atadas a un pino antes de que sus soldados se atrevieran a acercarse, milord. Si los hombres del norte miden la fortaleza por la prisa en doblar la cerviz, me temo que en el sur les llevamos varias leguas de ventaja.

Un silencio denso cayó sobre la cabecera de la mesa. Fadrique no alzó la vista de su plato, pero bajo el lienzo del mantel, el roce de su bota contra el empeine de Irene fue un aviso firme, seco e inequívoco.

◇

El escanciador del archiduque se adelantó con una jarra de plata repujada. Servía un vino denso y bermejo, traído en odres encerados desde los viñedos calcinados de la marca oriental. Al llenar la copa de Fadrique, el sirviente hizo un giro brusco de muñeca, demasiado rápido para la etiqueta del servicio, y una mota grisácea, semejante a la ceniza de un rescoldo apagado con vinagre, se disolvió en la espuma oscura del caldo.

Irene lo vio. Había pasado diez años en el obrador de su padre pesando tintas de nuez y sulfato de cobre; conocía el brillo aceitoso que deja la belladona machacada cuando toca el alcohol tibio.

Sabía también otra cosa que su padre le había enseñado con una copa de muestra: «El veneno en una copa de plata no sabe a muerte, sino a hierro y a prisa, y quien lo sirve siempre mira hacia otro lado».

Fadrique extendió la mano hacia el tallo de la copa. Tenía los dedos manchados de hollín y una pequeña venda de lino enrollada en el pulgar izquierdo. Si bebía, el contrato quedaba anulado antes de la medianoche; Tomás marcharía al patíbulo con la primera luz y ella regresaría al sur convertida en la mendiga de un reino en cenizas.

Sin pensarlo dos veces, Irene extendió el brazo y derribó la copa con el envés de su muñeca.

El vino escarlata se derramó como una herida abierta sobre el mantel de lino crudo, goteando entre las rendijas del roble hasta mojar los juncos del suelo. La plata rodó con un chirrido agudo que hizo callar a los gaiteros del fondo.

—Qué torpeza la mía —dijo Irene, con una sonrisa helada que le tensó las mejillas—. Mis mangas de campesina no están acostumbradas a la suntuosidad de su vajilla, milord.

Morvath se puso en pie a medias, con los nudillos blancos apoyados en el respaldar de su sitial. El halcón en su puño batió las alas con un aleteo sordo.

Fadrique no miró el charco de vino. Miró los ojos de Irene, tan abiertos y firmes que casi parecían una declaración de guerra. Luego, con una lentitud deliberada, sacó un pañuelo de lana de su manga y limpió las gotas que habían salpicado los dedos de la muchacha.

—Mi prometida tiene razón —dijo el príncipe, y su voz heló el aire más que el cierzo que entraba por los ventanales—. La platería de Oakhaven pesa demasiado para manos delicadas. Escanciador: traiga cerveza en cuerno de buey. Para ambos.

El sirviente retrocedió con la cabeza gacha, pálido como la caliza fresca. Irene sintió el pulso de Fadrique contra sus nudillos: la piel del heredero estaba fría, pero la presión de sus dedos era la de un hombre que acaba de comprender que su salvación depende de una enemiga.

Bajo el banco, un lebrel negro estiró el hocico hacia el charco de vino vertido y lamió dos gotas de la madera. Treinta segundos después, el animal soltó un quejido ronco y se desplomó de costado sobre los juncos, con los ojos vidriosos y las patas tiesas. Nadie en la mesa principal se atrevió a respirar.

Fin del Episodio 2 · de 12

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