El cerrojo de hierro frío
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El carromato de mimbre y cuero crudo se detuvo justo donde las rodadas de los mercaderes del sur morían devoradas por la salitre blanca del páramo. Más allá del pretil de abeto no quedaba camino, solo el viaducto de los Siete Ojos: una espina dorsal de granito carcomido por trescientos inviernos que unía los riscos de la frontera con el portón ciego de Oakhaven.
Irene se apretó el cuello del capote contra las mandíbulas. La lana olía a oveja mojada y a humo de turba, ese aroma pobre del valle que en las estancias altas del norte consideraban una insolencia. En la faltriquera izquierda, envuelto en un paño engrasado para que el vaho no borrara la tinta, llevaba el salvoconducto de su hermano Tomás: tres líneas lacradas con la cera escarlata de la corte boreal que prometían suspender la soga a cambio de una presencia viva en el salón de armas.
Su padre lo repetía cada vez que una novia del valle subía a la corte boreal: «Nadie firma un matrimonio en el norte esperando calidez; se firma para no morir de frío en el camino». Irene no lo había entendido hasta esa mañana.
—No baje la vista hacia el fondo del desfiladero, señorita —dijo el cochero, sin girarse, escupiendo una hebra de tabaco negro contra la nieve apelmazada—. Las rocas de abajo tienen la mala costumbre de parecer almohadas cuando el viento sopla de través.
—Si miro hacia abajo, maese Valdo, es solo para calcular cuánto tardaría en subir la guardia si decido dar media vuelta.
—No dará media vuelta. Conozco a los de su casa: son demasiado tozudos para salvar el pellejo si hay un papel firmado de por medio.
Irene descendió del estribo. La suela de cuero fino patinó dos pulgadas sobre la escarcha viva antes de morder la grava. A lo lejos, suspendida entre dos agujas de basalto negro, la fortaleza parecía un bloque de sal tallado a golpes de hacha. Ni un estandarte al viento. Ni una antorcha visible tras las aspilleras. Solo el graznido seco de los cuervos que anidaban en las gárgolas de plomo.
El zaguán de Oakhaven olía a sebo rancio, a orines de caballo percherón y al aceite espeso con el que los escuderos engrasaban las bisagras para que el hielo no soldara las compuertas de hierro. Dos guardias con cotas de malla pavonada y sobrevestes de piel de lobo la escoltaron sin pronunciar una sola palabra a lo largo de un corredor en penumbra donde las paredes sudaban gotas oscuras que se congelaban antes de tocar las losas.
Al fondo de la antecámara del consejo, de pie junto a una chimenea colosal donde ardían troncos de alerce sin apenas levantar llama, esperaba el príncipe Fadrique.
No llevaba corona de metales preciosos ni jubón de seda bordada. Vestía una túnica de paño ceniciento ceñida con un cinturón de anillas de hierro forjado del que colgaba una daga corta de caza. Tenía el pelo oscuro cortado a trasquilones, como si él mismo se hubiera pasado las tijeras frente a un cubo de agua, y una cicatriz pálida que le nacía en la sien derecha y se perdía bajo el cuello de la camisa.
—La hija del escribano de Valdelobos —dijo él. Su voz no era un trueno ni un silbido; sonaba como dos piedras de molino rozándose despacio en un granero vacío.
—Irene de la Torre, alteza —corrigió ella, sin doblar las rodillas ni apartar la vista de sus ojos grises—. El escribano murió hace cuatro inviernos. La que sabe leer los contratos que su padre no tuvo tiempo de enmendar soy yo.
Fadrique ladeó la cabeza una fracción de pulgada. El reflejo de las brasas apenas arrancaba destellos cobrizos en las anillas de su cinto.
—Trae la lengua afilada y las botas mojadas. Mala combinación para presentarse ante el consejo boreal.
—Si hubiera venido con la lengua mansa y zapatillas de raso, mi hermano llevaría dos días colgando de un sauce en la plaza baja. Hablemos del pliego.
El príncipe dio un paso hacia la mesa de roble donde reposaba el pergamino con el sello del archiduque. Por un instante, la distancia entre ambos se redujo tanto que Irene percibió el olor de su abrigo: nieve limpia, cuero viejo y una nota sutil, casi imperceptible, de romero amargo y ceniza.
—El pliego es sencillo —dijo Fadrique, apoyando los nudillos sobre el borde de la madera—. Doce semanas de invierno. Dormirá en el ala este, comerá en mi mesa y sonreirá cuando el legado del imperio levante su copa. Si el consejo cree que nos uniremos en el solsticio, nadie cuestionará las levas del sur ni registrará los carros que bajan por el paso.
—¿Y cuando pase el solsticio?
—Una caída a caballo en la pedriza. Un carruaje que se desliza por el puente. Una dote generosa entregada a medianoche para que usted y su hermano desaparezcan al otro lado del mar.
Irene se despojó del guante derecho. La piel de sus dedos estaba amoratada por el trayecto, pero la mano no le temblaba. Cogió la pluma de ganso que descansaba junto al tintero de cuerno y firmó con el trazo limpio que su padre le había enseñado en las tardes de verano junto al molino.
—Trato hecho, alteza. Pero si me entero de que Tomás pasa una sola noche sin manta en los calabozos, le aseguro que aprenderé a cantar canciones que su consejo no querrá escuchar.
Por primera vez, una sombra que parecía una sonrisa cortante rozó la comisura de los labios de Fadrique.
—En Oakhaven nadie canta, Irene. El aire está demasiado frío para gastarlo en música.
El cerrojo de hierro de la puerta lateral cayó con un chasquido sordo que retumbó en las bóvedas de granito. No había vuelta atrás.
Fin del Episodio 1 · de 12
El cerrojo de hierro frío
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