El primer vuelo sobre el huerto
~4 min · 828 palabras
Pasaron doce días de invierno luminoso y frío seco. La pequeña bestia, a la que Alba había bautizado como Chispa por su costumbre de estornudar chispas azules cada vez que se despertaba, se había convertido en el señor indiscutible de la cocina. Dormía en un cajón forrado de mantas viejas junto al hogar, devoraba cuencos de carne picada con manteca y acompañaba a Alba por los corrales cojeando con una dignidad cómica.
Dorian no había dejado de cruzar el puente de tablas ni una sola tarde. Llegaba puntual a las cinco, cuando el sol comenzaba a teñir de rosa las crestas de la montaña, con su caja de herramientas en la mano para revisar la tensión de la férula. Pero poco a poco, sus visitas habían dejado de ser puramente técnicas: traía leña partida de abedul seco para la estufa de Alba, ajustaba las bisagras flojas de las jaulas de aves y se quedaba a cenar el guiso de alubias y ciruelas pasas que ella preparaba en el caldero negro.
—El callo óseo ha cerrado perfectamente —dijo Dorian una tarde de sol radiante, retirando las tablillas de alerce con una pericia impecable—. La membrana está flexible y no hay rastro de inflamación. Hoy es el día de la prueba, Alba.
Salieron al huerto trasero, donde la nieve derretida dejaba al descubierto claros de hierba verde y tierra húmeda. Chispa salió dando saltitos emocionados, abriendo y cerrando las dos alas con un abanico de escamas que resplandecía como cobre bruñido bajo la luz del mediodía.
—No lo fuerces a subir muy alto —advirtió Alba, mordiéndose el labio con una mezcla de orgullo y zozobra maternal—. Si se asusta, podría dar un mal golpe contra la tapia del pozo.
Dorian se agachó frente a la criatura. Colocó sus grandes manos bajo el vientre escamoso del dragón y lo elevó suavemente a la altura de su pecho.
—Escúchame, granuja —le murmuró Dorian, mirándolo directamente a los ojos con esa seriedad que solo reservaba para las cosas importantes—. El viento del valle sube desde el río. Abre las membranas, confía en la madera que te curó y no mires el suelo.
Con un impulso firme y coordinado de sus brazos, lanzó a Chispa hacia la brisa que soplaba sobre las ramas desnudas de los manzanos.
El dragón cayó dos palmos en el vacío, soltó un chillido agudo de alarma y batió las alas con furia. Por un instante pareció que se estrellaría contra el cerco de espinos, pero de pronto sus alas encontraron el cojín de aire tibio que ascendía de la ladera soleada.
Un graznido triunfal resonó en el huerto. Chispa describió un círculo perfecto sobre las copas de los árboles, planeando con una elegancia que dejó a Alba con las manos apretadas contra el pecho y los ojos brillantes de emoción. La luz dorada del sol atravesaba las membranas translúcidas de sus alas, proyectando una sombra danzante sobre la nieve.
Al completar la segunda vuelta, el pequeño reptil plegó las alas para descender, pero calculó mal la frenada y cayó en picado directamente hacia donde estaba Dorian.
Dorian abrió los brazos instintivamente, dio un paso atrás para afianzar las botas en el barro y atrapó al dragón en pleno vuelo contra su pecho. El impacto lo derribó sobre un montón de heno seco que descansaba junto al pajar. Chispa, feliz y victorioso, comenzó a lamerle la barba con su lengua tibia mientras soltaba un torrente de chispas azules que chisporrotearon inofensivas sobre el abrigo del carpintero.
Alba corrió hacia ellos asustada, pero se detuvo en seco al escuchar lo que salía de la garganta de Dorian.
El carpintero se estaba riendo. No era una risa tímida ni un resoplido: era una carcajada abierta que resonó por todo el huerto, la primera en tres inviernos. Rodó sobre el heno sosteniendo al dragón en alto con una mano mientras con la otra se secaba las lágrimas.
—¡Míralo, Alba! —gritó Dorian, levantando la vista hacia ella—. ¡Vuela como un halcón real! ¡Ni la caballería imperial tenía un bicho tan valiente como este!
Alba se arrodilló a su lado sobre el heno. Miró la cara de Dorian, la cicatriz suavizada por la alegría, y se dio cuenta de lo cerca que estaban.
—A veces la valentía más difícil no consiste en empuñar una espada, sino en atreverse a curar lo que dabas por perdido. Mírate ahora, Dorian.
Dorian dejó de reír y la miró a los ojos. En la quietud del huerto nevado, su mano abandonó el lomo del dragón y buscó despacio los dedos de Alba.
—Tenías razón, Alba —susurró él—. Estaba muerto de miedo de volver a sentir algo. Pero contigo es imposible quedarse en la sombra.
Ninguno de los dos vio al jinete. Desde lo alto del camino real, un hombre con la casaca azul de la intendencia había detenido el caballo para mirar el vuelo. Cuando Chispa se posó, dio la vuelta y picó espuelas hacia Burgos.
Fin del Episodio 3 · de 4
El primer vuelo sobre el huerto
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.