La cuidadora del dragón herido·Episodio 04

La llama que calienta la casa

~4 min · 810 palabras

La calma de los valles bajos se rompió una semana antes del solsticio con el trote de dos coraceros de la guardia provincial, que escoltaban a un subdelegado de arsenales montado en una yegua torda. El rumor del vuelo de Chispa había corrido por los caseríos como reguero de pólvora, y en la corte los dragones de fuego seguían catalogados como material de guerra sujeto a requisa.

Alba salió al cercado con una horquilla de heno en la mano cuando los soldados desmontaron frente a la cancela. Detrás de ella, Chispa se ocultó entre los pliegues de su falda, asomando solo el morro escamoso y soltando un gruñido bajo que hizo retroceder a los caballos.

—Por orden del comisario de armas de Burgos —proclamó el oficial, desenrollando un pergamino con sello de cera negra—, se procede a la requisa preventiva de cualquier espécimen de reptil ígneo localizado en este término municipal. La posesión no autorizada de animales de combate conlleva pena de destierro y confiscación de tierras.

—Este animal no es un arma de combate, señor oficial —respondió Alba con voz firme, colocándose entre los jinetes y el cobertizo—. Es una cría herida que cayó sobre mi tejado y a la que hemos salvado la vida. El artículo noveno del Fuero de las Cuatro Lumbres protege a los animales domésticos y de albergue bajo la tutela del gremio de sanadores.

—El fuero municipal no anula una ordenanza de defensa del reino, muchacha —dijo el oficial, dando un paso adelante y desenvainando a medias su sable de caballería—. Apártate o mis hombres registrarán el corral por la fuerza.

Antes de que el soldado pudiera dar un paso más, la puerta del cobertizo se abrió de par en par y Dorian salió a la luz del mediodía.

Ya no llevaba el delantal de virutas. Vestía su vieja guerrera de la caballería de la Marca, abrochada hasta el cuello con botones de peltre, y en el pecho lucía la medalla de plata de la Orden del Roble Boreal, la más alta que se concedía a los veteranos por salvar vidas bajo fuego enemigo. En la mano sostenía la cédula de la medalla, con el sello en relieve del mismísimo archiduque.

—Guarde esa hoja antes de que tenga que enseñarle cómo se desarma a un recluta en tres segundos, subdelegado —dijo Dorian con una voz tan gélida y autoritaria que los dos soldados rasos cuadraron los hombros por puro instinto castrense.

El oficial parpadeó, reconociendo al instante la insignia y las cicatrices del hombre que tenía enfrente.

—¿Sargento Dorian Olmedo? —balbuceó el subdelegado, bajando el sable—. Se le daba por desaparecido en las provincias del norte.

—Esta cédula viene con fuero de veterano —declaró Dorian, señalando el documento—. El artículo veintidós me otorga la custodia de cualquier animal auxiliar herido en campaña o acogido bajo mi tutela. Este refugio está bajo mi protección personal y la del concejo. Si quiere llevarse a este dragón, tendrá que pedir un juicio de honor en la cancillería de Burgos.

El subdelegado miró la medalla de plata, miró a los dos soldados que no tenían la menor intención de enfrentarse a una leyenda viva de la caballería, y finalmente miró a Chispa, que en ese instante soltó una llamarada alegre que chamuscó la nieve a dos pulgadas de las botas del oficial.

—Haremos constar la custodia en el registro provincial, sargento —dijo el oficial, montando a toda prisa en su yegua—. Pero si esa bestia causa un solo desperfecto en los caminos, el concejo responderá por ello.

—El concejo responderá con mucho gusto —gritó Alba mientras los jinetes daban media vuelta a galope hacia el camino real.

◇

Cuando el polvo de la partida se disolvió en el aire frío de la tarde, Dorian respiró hondo y miró a Alba. Los hombros se le aflojaron por fin, como si se hubiera quitado de encima una guerra entera.

—Gracias —susurró ella, rodeándole el cuello con los brazos.

Dorian la abrazó con una fuerza protectora, enterrando el rostro en su pelo con aroma a manzanilla.

—No tienes que darme las gracias, Alba. Tú me devolviste la vida cuando llamaste a mi puerta en medio de la helada.

Esa misma noche, mientras el pueblo colgaba ya los faroles de papel para el solsticio, la chimenea del refugio ardía con leña de alerce seco y astillas de manzano. Sobre la repisa, Dorian había colgado sus guantes chamuscados de mozo de dragones; no pensaba volver a ponérselos. Chispa dormía entre las botas de los dos, roncando con chispas tibias que iluminaban las baldosas.

—Un hogar de verdad no se levanta con piedras labradas, sino con el calor que dejas entrar por la puerta. Eso lo aprendí contigo esta noche.

—Entonces ya tenemos el hogar más cálido del valle —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro mientras el invierno velaba afuera.

Fin del Episodio 4 · de 4

La llama que calienta la casa

¡Has completado toda la obra!
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.

Para seguir leyendo

Cómo alimentar al último dragón
Relato
Cómo alimentar al último dragón

Para salvar su negocio ambulante, Maren acepta alimentar al último dragón del reino, una criatura melancólica que solo digiere guisos cocinados con pura alegría. Su mayor obstáculo es Kenneth, el adusto custodio de la atalaya, que no ha sonreído en años. Con el invierno encima, Maren deberá derretir el hielo del guardia antes de que el fuego del dragón se apague para siempre.