La cuidadora del dragón herido·Episodio 02

Virutas de alerce y té de jengibre

~4 min · 874 palabras

La cocina de Alba era el corazón palpitante del refugio. Dos grandes calderos de cobre hervían sobre el fogón de fundición, llenando el aire de vapor espeso de manzanilla, jengibre machacado y corteza de sauce blanco. En las paredes enjalbegadas colgaban manojos de hierbas aromáticas disecadas, raíces de genciana atadas con bramante y estantes de pino donde se alineaban tarros de ungüentos y bálsamos cicatrizantes. Sobre una estera de juncos tendida junto a la chimenea, la cría de dragón descansaba con la cabeza apoyada en un cojín de lana vieja, respirando con un ronquido áspero que levantaba pequeñas nubecillas de humo azulado.

Dorian se había arrodillado sobre las losas de piedra, con las mangas recogidas hasta los bíceps y las rodillas cubiertas de virutas doradas. Con un cepillo curvo de acero fino desbastaba una tablilla de alerce rojo, dándole la curvatura exacta de la membrana del ala con pasadas lentas y certeras.

—Tiene la quilla del tercer radio astillada en dos puntos —dijo Dorian en voz baja, examinando la extremidad con dedos inesperadamente gentiles—. Si la tablilla es demasiado rígida, el cartílago se calcificará y no podrá plegar el ala al posarse. Si es demasiado blanda, la tracción del vuelo partirá el callo nuevo. La madera bien curada sabe doblarse ante la fuerza del viento sin perder nunca su eje. Eso es exactamente lo que le vamos a dar.

Alba lo observaba mientras revolvía la infusión de jengibre con una cuchara de boj. Dorian trabajaba sin prisa: cada pasada del cepillo levantaba una cinta de madera fina como papel de fumar que caía sobre la alfombra oliendo a resina y monte. Sus manos, marcadas por viejas cicatrices de sierra y quemaduras de forja, trataban el ala rota con un cuidado que no encajaba con su fama de ermitaño hosco.

—¿Dónde aprendiste a tratar con bestias de fuego? —preguntó Alba, sirviéndole un tazón humeante de té con una generosa cucharada de miel de brezo.

Dorian sopló sobre la infusión caliente antes de responder. Sus hombros anchos se tensaron apenas una fracción de pulgada.

—En la guardia de la Marca del Sur —dijo tras un largo silencio—. Fui sargento de la caballería ligera durante la rebelión de los barones. Nos asignaron tres dragones de enlace para llevar órdenes entre los valles cuando la nieve cortaba los pasos. Mi trabajo era mantener los arneses y las sillas sin lastimarles las escamas. Cuando el archiduque ordenó usarlos como arietes incendiarios contra las granjas de los campesinos, me negué a aparejarlos. Me arrancaron los galones en el patio de armas y me dieron tres días para abandonar la provincia. Lo único que no se atrevieron a quitarme fue la medalla del Roble: me la había dado el propio archiduque dos inviernos antes, por sacar a sus dragones de un establo en llamas.

Alba lo miró en silencio. De pronto entendía muchas cosas de aquel hombre que antes no le cuadraban.

—Por eso no querías abrirme la puerta —susurró ella, acercándole el tazón a la criatura, que olisqueó el vapor de jengibre y lamió el borde con una lengua bífida y suave como terciopelo tibio—. Creías que alguien vendría a reclamar al animal para la guerra.

—Sé cómo piensa la intendencia —respondió Dorian, apretando la mandíbula—. Para los letrados de la corona, un dragón no es un ser vivo que siente dolor: es una máquina de asedio que no paga impuestos de forja.

◇

La criatura emitió un chasquido suave en la garganta y, para sorpresa de ambos, arrastró el cuerpo sobre la estera hasta apoyar el hocico caliente directamente sobre la bota de cuero de Dorian. Un hilo de saliva dorada goteó sobre el empeine, y el pequeño reptil cerró los ojos emitiendo una vibración rítmica parecida al ronroneo de un gato gigante.

Dorian se quedó completamente inmóvil, sosteniendo el cepillo de carpintero en el aire como si temiera romper un encantamiento frágil.

—Le caes bien —dijo Alba, sonriendo—. Los dragones de brasas reconocen a la gente que tiene fuego dentro pero prefiere usarlo para calentar a los demás.

—Solo le gusta el calor de la bota —protestó él con un gruñido avergonzado, aunque no retiró el pie y con dos dedos acarició despacio la cresta escamosa entre los ojos de la criatura.

—Lo que tú digas, maestro carpintero —bromeó ella, pasándole las vendas de lino empapadas en bálsamo de consuelda y aceite tibio de almendras—. Ahora sostén la pata mientras sujeto el hueso con las dos manos. Vamos a dejarle esta ala mejor que nueva para cuando vuelva la primavera.

Durante la siguiente hora trabajaron en un compás perfecto de susurros, nudos marineros y caricias calmantes. Cuando la última vuelta de lienzo quedó fijada con dos pasadores de boj pulido, el pequeño dragón dormía profundamente al amor de la lumbre, respirando con una cadencia pacífica que llenó la estancia de un sosiego largamente esperado.

Al marcharse, Dorian se detuvo junto a la cerca. En la nieve recién caída, alrededor del cobertizo roto, había pisadas que no eran de Alba ni suyas: botas de suela claveteada, de las que reparte la intendencia, que se acercaban hasta el agujero del tejado y luego volvían, deprisa, hacia el camino real.

—Alguien más ha visto caer a tu dragón —dijo.

Fin del Episodio 2 · de 4

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