La cuidadora del dragón herido·Episodio 01

Un rescoldo en el cobertizo

~5 min · 900 palabras

El estruendo partió la calma del atardecer como si un rayo hubiera caído en seco sobre el huerto de manzanos. Alba soltó la cesta de mimbre donde guardaba raíces de consuelda lavadas, y un haz de ramitas tiernas rodó por la nieve recién caída. Desde el cobertizo trasero se elevó una columna delgada de humo azulado con olor a resina de pino quemada y azufre dulce.

Alba corrió con las botas desatadas sobre la escarcha. Al empujar el portón desvencijado de tablas de abeto, se quedó quieta: el tejadillo de pizarra había cedido en el centro, y entre un montón de leña rota yacía una criatura del tamaño de un perro perdigón, cubierta de escamas cobrizas que brillaban con un resplandor mortecino. El ala izquierda le colgaba torcida en un ángulo imposible, con el hueso de la tercera falange roto y sangrando una linfa dorada que siseaba al tocar las astillas húmedas.

La bestezuela emitió un quejido agudo, lastimero, parecido al lamento de una gaviota herida. Al ver a Alba, abrió las fauces mostrando dos hileras de dientes finos como agujas y soltó una llamarada del tamaño de una vela que se apagó enseguida en una bocanada de tos.

—Tranquilo, pequeño —susurró Alba, arrodillándose en la paja limpia a dos varas de distancia—. Nadie te va a hacer daño. Eres un dragón de brasas de los picos altos, ¿verdad? Te debió atrapar el viento del norte sobre la garganta de roca.

Con movimientos lentos y pausados, se despojó de su chal de lana gruesa y lo deslizó sobre el lomo escamoso de la criatura. El animal temblaba violentamente por el choque y el frío. Al sentir el calor del tejido, dejó caer la cabeza cornuda sobre las rodillas de la joven, cerrando los párpados dorados con un suspiro que olía a rescoldo de manzano.

Alba palpó la juntura del ala con dos dedos. La fractura era limpia pero delicada: si el hueso soldaba desviado, el animal no volvería a volar. Necesitaba tablillas finas de alerce curado al humo, una madera elástica e incombustible que aguantara el calor del cuerpo del dragón sin prenderse ni pudrirse. Y en cinco leguas a la redonda, el único hombre que tenía tablazón de alerce era Dorian, el carpintero que vivía al otro lado del arroyo.

◇

La casa de Dorian no tenía flores en las ventanas ni farol en la entrada. Era una construcción baja de sillares de granito gris, rodeada por una empalizada de estacas afiladas y montones ordenados de troncos que olían a serrín fresco y humedad de río. La rueda hidráulica de su taller giraba despacio bajo el hielo, levantando un murmullo sordo y acompasado.

Alba golpeó el llamador de hierro con fuerza tres veces. Nadie respondió, pero por debajo de la puerta escapaba un hilillo de luz ámbar. Golpeó de nuevo, esta vez con la suela de la bota.

—¡Dorian! ¡Sé que estás despierto porque la chimenea está echando humo! ¡Abre antes de que se me congelen los dedos!

El cerrojo de tres barras chasqueó con un rechinar metálico. La puerta se abrió despacio, revelando la silueta imponente de un hombre de más de seis pies de estatura, hombros anchos como batientes de molino y una barba recortada con descuido. Vestía un delantal de cuero crudo sobre una camisa de lana gris, y en la mano derecha sostenía un mazo de madera con mango de fresno. Una cicatriz pálida le cruzaba el labio inferior, dándole un aire severo que mantenía a raya a los curiosos del pueblo.

—No vendo muebles a estas horas —dijo él con una voz profunda, áspera como lija gruesa—. Vuelve el lunes por la mañana con el encargo por escrito.

—No quiero muebles, Dorian —respondió Alba, plantándose en el umbral sin retroceder un milímetro frente a su corpulencia—. Se me acaba de caer una cría de dragón por el tejado del cobertizo. Tiene el ala izquierda rota y se está enfriando. Necesito cuatro tablillas de alerce curado y tu ayuda para entablillarla.

Dorian frunció el ceño con una incredulidad que rozaba el enfado.

—Los dragones de brasas no anidan en este valle desde las guerras del sur. Habrá sido un tejón o un perro asilvestrado. Ve a buscar al herrero.

—Los tejones no echan humo por la nariz ni tienen escamas de bronce, pedazo de alcornoque —espetó ella, tomándolo de la manga del delantal con una fuerza que lo sorprendió—. Si no vienes ahora mismo a traer la madera, esa criatura morirá antes del amanecer. Los animales heridos no juzgan tus errores del pasado; solo buscan una mano que no tiemble al tocarlos. Y tú tienes las mejores manos de Montecanela para la madera, aunque lleves tres inviernos empeñado en fingir que estás muerto.

Dorian la miró fijamente. Sus pupilas oscuras vacilaron ante la vehemencia ardiente de la joven herborista. Bajó la vista hacia el mazo que sostenía en la mano, miró la nieve que caía sobre los hombros desabrigados de Alba, y soltó una maldición seca entre dientes.

—Espera aquí —dijo él, volviendo al taller—. Voy a buscar las tablillas y el cepillo curvo.

Volvió con las tablillas bajo el brazo y algo más: unos guantes de cuero curtido que le llegaban hasta el codo, chamuscados en las yemas, de los que solo usaban los mozos de dragones del ejército. Alba los miró y no preguntó. Él se los puso sin explicar nada.

Fin del Episodio 1 · de 4

Un rescoldo en el cobertizo

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