La ruta del norte helado
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El viaje en las bodegas del ballenero zelandés Vrouw Maria duró tres semanas de oscuridad salada y crujido de cuadernas.
Los marineros holandeses evitaban bajar a la escotilla de popa; decían que los dos pasajeros sin equipaje no comían pan ni se quejaban del escorbuto, y que los ojos del gigante brillaban en la bodega como dos brasas de turba apagada.
Desembarcaron en Arjánguelsk bajo una ventisca que borraba las cúpulas de cebolla del puerto fluvial. Allí no hicieron preguntas con palabras: el rastro de Victor Frankenstein era una cicatriz que cualquier persona del norte reconocía a leguas.
Un caballero inglés pálido como un cadáver, con la mirada extraviada de los condenados, que compraba perros de trineo a precios desorbitados y pagaba con guineas de oro británicas mientras miraba constantemente sobre su hombro hacia la estepa blanca.
Grizel y el Primogénito consiguieron un trineo tosco de madera de abedul y seis perros esquimales de pelo espeso. Se internaron en la inmensidad del mar de Barents congelado, donde el horizonte era una sábana interminable de hielo azul que crujía bajo el peso del invierno boreal.
A doscientas leguas de la costa, el frío alcanzaba los cuarenta grados bajo cero.
A los hombres normales se les congelaban los párpados y la saliva se les convertía en agujas de vidrio antes de tocar la nieve; pero en el cuerpo de Grizel, la carne recompuesta por Frankenstein no sentía dolor. El frío se limitaba a volverla más sólida, más lúcida, como si la escarcha purificara las suturas de cáñamo que unían su piel.
Al quinto día de persecución encontraron el primer indicio del creador: un trineo volcado en una grieta de compresión, dos perros muertos congelados en sus arneses y una caja vacía de conservas de carne británicas aplastada en la nieve.
—Está perdiendo fuerzas —dijo el Primogénito, arrodillándose sobre la huella para examinar el rastro de los patines—. Avanza a pie arrastrando un trineo ligero. No durará tres jornadas más sin fuego ni provisiones.
—No quiero que muera en la nieve antes de vernos —dijo Grizel, ajustándose el capote de piel de foca—. No quiero que su último pensamiento sea la ilusión de haber escapado.
Continuaron la marcha hacia el norte mientras las auroras boreales comenzaban a teñir el cielo de verdes fosforescentes y púrpuras profundos. En la línea lejana del horizonte blanco, los mástiles de un gran navío atrapado en la banquisa surgieron como costillas de ballena clavadas en el hielo polar.
Fin del Episodio 4 · de 5
La ruta del norte helado
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