La compañera que Victor destruyó·Episodio 05

La elección que él no pudo tomar

~3 min · 612 palabras

El silencio a bordo del navío de exploración polar del capitán Walton olía a brea fría, té rancio y el vaho sofocado de cincuenta marineros aterrados.

Grizel subió por la escala de cuerda del costado de babor sin hacer ruido. Sus pies calzados con mocasines de foca no dejaron rastro sobre la cubierta congelada. A través de la claraboya de la cabina del capitán, iluminada por una sola lámpara de esperma de ballena, se escuchaba un sollozo seco, desgarrado, que sonaba como el lamento de una bestia herida en una trampa de hierro.

Entró en la cabina.

Sobre la litera de madera reposaba el cadáver demacrado de Victor Frankenstein: el rostro hundido, la piel pegada a los pómulos como pergamino amarillo y las manos crispadas sobre la manta de lana con la rigidez definitiva de la muerte.

Al pie del lecho, el Primogénito lloraba de rodillas. Sus manos enormes cubrían la frente del hombre que lo había creado y odiado con la misma vehemencia demoníaca.

—Oh, Frankenstein... generoso y devoto de tus propios miedos —murmuraba el gigante con lágrimas negras rodando por sus cicatrices—. ¿De qué te sirvió destruirme si el final de tu camino es este lecho prestado en el fin del mundo?

El capitán Walton permanecía arrinconado contra el mamparo con una pistola de chispa descargada en la mano temblorosa, mudo ante la presencia del coloso.

El Primogénito se incorporó lentamente, dándole la espalda al lecho.

—Iré al témpano más lejano —dijo el gigante al oficial inglés—. Encenderé una pira con los restos de mi trineo y me arrojaré a las llamas para que nadie conserve un solo hueso que recuerde que una criatura como yo caminó sobre la tierra.

—No harás eso —dijo una voz desde la sombra del umbral.

Grizel dio un paso al frente bajo el círculo de luz de la lámpara colgada del techo.

Walton soltó un grito ahogado y se persignó contra la pared. El Primogénito levantó la vista, sorprendido de verla allí, serena y entera sobre las tablas de cubierta.

—Él escribió en su diario que debías quemarte —dijo Grizel con una voz firme y clara que resonó en el silencio del camarote—. Escribió que nuestro destino era morir para que el mundo de los hombres quedara en paz con sus iglesias y sus universidades. Si te arrojas a la hoguera, Primogénito, estás cumpliendo la última orden de su libreto.

Se acercó al lecho mortuorio. Miró el rostro sin vida de Victor Frankenstein sin odio ni piedad. Sacó de su pecho el cuaderno encuadernado en becerro y lo arrojó sobre el cadáver del científico ginebrino.

—Quédate con tus nombres y tus títulos, Victor —dijo ella en voz baja—. Quédate con tu tragedia de estudiante mimado. Nosotros no somos el castigo de Dios; somos los que sobrevivimos a tus tijeras.

Grizel se volvió hacia el Primogénito. Extendió su mano derecha y la apoyó con firmeza sobre la muñeca ancha y nudosa del gigante.

El contacto fue un pacto silencioso: dos seres creados sin consentimiento, remendados por la fuerza, pero dueños absolutos de su respiración en el territorio blanco donde ningún hombre impone leyes.

—Ven —dijo ella—. El norte es inmenso. Y no le debe nada a nadie.

El Primogénito miró la mano de Grizel sobre su muñeca. Por primera vez, el temblor de sus hombros cesó. Asintió con una reverencia lenta y solemne.

Bajaron juntos por la escala de cuerda hacia el témpano de hielo. Walton observó desde la borda cómo las dos figuras solitarias se alejaban hacia el infinito de la banquisa ártica, caminando hombro con hombro bajo el resplandor verde de la aurora boreal, hasta desvanecerse para siempre en el silencio del polo.

Fin del Episodio 5 · de 5

La elección que él no pudo tomar

¡Has completado toda la obra!
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.

Para seguir leyendo

El peso de la caliza
Novela Corta
El peso de la caliza

En el Colegio de San Lázaro, un viejo lazareto a orillas de una ría gallega que huele a cal viva y a vinagre de cuatro ladrones, el anatomista Brais Mújica de Lema abre un cadáver y encuentra su propio corte de firma y, junto a la columna, una astilla de caliza con la letra de Julián Caunedo, el rival que llevaba siete años lejos de Galicia. Al día siguiente Caunedo vuelve para disputarle la única cátedra. Los dos esconden experimentos galvánicos que la Iglesia mandaría a la hoguera, y Sor Benigna de la Maza, la monja que les suministra los muertos, guarda los cuadernos de ambos.