La compañera que Victor destruyó·Episodio 03

El cuaderno del anatomista

~3 min · 513 palabras

El cruce en barca hacia el islote de la choza fue silencioso y pesado como una marcha fúnebre.

El cobertizo de piedra volcánica donde Victor Frankenstein había instalado su mesa de trabajo estaba semiderruido: el techo de paja podrida se había desplomado sobre las vigas de alerce y el suelo de tierra apisonada estaba cubierto de vidrios rotos de retortas químicas, alambre de cobre sulfatado y manchas oscuras de reactivos que la lluvia no había logrado lavar.

Grizel caminó entre los cascotes con la atención de un juez registrando la escena de un crimen premeditado.

Bajo una losa del hogar de turba, envuelto en una tela encerada que olía a alcanfor y grasa de ballena, el Primogénito desenterró un libro encuadernado en becerro marrón: el cuaderno de campo de Ginebra, con el nombre de Victor Frankenstein grabado en letras doradas desvaídas sobre el lomo.

Grizel lo abrió sobre el tocón de madera que había servido de banco de disección. La caligrafía de Frankenstein era apretada, nerviosa, con tachaduras violentas y notas marginales trazadas con tinta ferrogalato:

—'20 de agosto: El principio motriz en el sujeto femenino presenta una reactividad electroquímica superior a la del primer espécimen. La estructura pélvica de la ahogada de Sandwick ofrece una cavidad idónea para la preservación de los órganos generativos...'

Grizel sintió que el aire se le helaba en la garganta. La letra se volvía espasmódica en las páginas finales, fechadas a comienzos de otoño:

—'Me detuve con la mano alzada sobre el corazón. Una pesadilla moral me sobrevino al contemplarla: este ser no ha jurado nada. No ha prometido huir a los desiertos de América. Podría tener pasiones propias, una voluntad indómita que rechace al monstruo varón... y concebir una raza de demonios que dispute el dominio de la tierra a los hijos de Adán. Por el bien de la humanidad, he despedazado la obra de mis manos.'

Grizel pasó la yema de los dedos por la palabra despedazado. El papel estaba rasgado por la presión del plumín.

—No temía que fuéramos demonios —dijo ella, levantando los ojos hacia el gigante que aguardaba junto a la puerta sin postigo—. Temía que fuéramos libres. Temía que yo abriera los ojos y lo mirara a él como a un aprendiz mediocre que huye de su propia sombra.

—Él cree que la vida le pertenece —dijo el Primogénito—. Cree que porque encendió una chispa en la carne inerte tiene derecho a apagarla cuando le asusta el fuego.

—La chispa no es suya —respondió Grizel, cerrando el cuaderno con un golpe seco que levantó una nube de polvo de ceniza—. La chispa la puso el rayo y la sostuvo el mar. Él solo puso el cuchillo y el miedo.

Guardó el cuaderno bajo los pliegues de su saya de lana gris.

—¿Hacia dónde huyó? —preguntó ella.

—Hacia el este —respondió el Primogénito, con la mirada clavada en la niebla del canal—. Tomó un bergantín hacia los puertos del Báltico. Sabe que voy tras sus pasos, y el pánico lo empuja hacia los hielos donde nadie pueda ser testigo de su ruina.

Fin del Episodio 3 · de 5

El cuaderno del anatomista

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