La compañera que Victor destruyó·Episodio 02

El lenguaje de las piedras frías

~3 min · 620 palabras

Aprender a caminar de nuevo sobre los cantos rodados de Sandwick fue una lección de mecánica inanimada.

El peso no se repartía con la soltura de sus diecinueve años de muchacha de costa; cada zancada exigía una deliberación consciente, un ajuste milimétrico de los tendones del muslo para compensar la rigidez cerosa del vientre cosido con cáñamo.

El Primogénito caminaba diez pasos por delante de ella. No se volvía para ofrecerle un brazo. No miraba si tropezaba con las matas de brezo enano que crecían en las grietas de la turba. Su silencio no era desdén; era el respeto absoluto de quien conoce íntimamente la vergüenza de sentirse una criatura armada con pedazos ajenos.

Llegaron a la punta del promontorio donde las olas del mar del Norte reventaban contra las paredes de basalto negro en géiseres de espuma salobre. Sobre una laja plana que servía de nido a los frailecillos, el gigante se sentó con las piernas cruzadas.

—Él prometió —dijo el Primogénito, con la voz pastosa y lenta de quien arrastra piedras bajo el agua—. En las laderas de Chamonix, junto al glaciar de Montanvert, juró por el sol y por las estrellas que crearía un ser semejante a mí. Una criatura con quien compartir el destierro y el frío.

Grizel se sentó sobre una roca a tres pasos de él. El viento le azotaba la camisa de estopa contra las costillas, pero bajo la piel no sentía la mordedura del hielo. Su circulación era un río tardío y denso que apenas registraba el invierno.

—¿Y qué hizo aquí, en las islas? —preguntó ella.

El gigante levantó una mano enorme y señaló un islote solitario, poco más que una muela de piedra roída por la marea, que emergía dos millas mar adentro entre la bruma gris.

—Alquiló una choza de pastores abandonada. Durante dos meses acarreó cajones con botellas de ácido, pilas galvánicas y cestas que llegaban en los botes de los pescadores por la noche. Yo lo observaba desde las matas de aulaga. Vi cómo disponía las vértebras, cómo hilvanaba las arterias y cómo preparaba la máquina de una mujer.

El hombre hizo una pausa de varios segundos, dejando que el rumor sordo de la rompiente llenara el espacio entre sus palabras.

—Una noche de luna llena —continuó el Primogénito—, me acerqué a la ventana de su laboratorio. Él levantó los ojos de la mesa y me vio en la penumbra. Vio mi rostro... y vio en ti la posibilidad de una estirpe. El terror de que dos seres como nosotros poblaran la tierra le heló la sangre. Tomó el escalpelo grande, desató las correas y destrozó con furia ciega lo que había tardado semanas en armar. Arrojó los restos a una cesta de mimbre lastrada con piedras y la hundió en el canal.

Grizel bajó la vista hacia su propio regazo. La costura de cáñamo latía bajo la tela áspera, no con dolor, sino con una memoria oscura que no pertenecía a su mente.

—Él no mató a un monstruo —susurró Grizel—. Me mató a mí para no tener que mirarse al espejo.

El Primogénito asintió lentamente, inclinando la frente hacia el oleaje.

—Él huyó hacia el sur en un bote de pesca al amanecer. Pero la marea de las Orcadas es vieja y terca: devolvió la cesta a las redes de Mariota antes de que los cangrejos vaciaran el corazón.

Grizel se puso de pie con un movimiento limpio y firme. El viento ya no la desequilibraba. Sus pies descalzos se aferraron a la piedra viva de las islas con una fuerza que jamás había poseído en su primera vida.

—Entonces no buscaremos un creador —dijo ella, mirando hacia el horizonte del norte—. Buscaremos al deudor.

Fin del Episodio 2 · de 5

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