La costura de salmuera
~8 min · 1580 palabras
El sabor a aceite de hígado de bacalao llegó antes que la vista: espeso, amarillo y pegado a las encías como una película que se negaba a disolverse con la saliva tibia. Después vino el crujido. El roce seco y quebradizo de las algas de vara deshidratadas bajo el peso de sus omóplatos.
Grizel abrió los ojos a un techo de losas de arenisca tan bajas que el humo de la turba húmeda no encontraba salida; flotaba a media altura, una franja grisácea y densa que dividía la estancia en dos mitades térmicas: abajo, el frío salino que subía de las piedras; arriba, un calor agrio que picaba en los lagrimales.
Intentó incorporarse. El cuerpo —o lo que quedaba de la máquina muscular que antes respondía a su voluntad— se negó en redondo con un tirón seco en el bajo vientre.
No dolió de inmediato.
Esa fue la primera irregularidad anatómica. El dolor verdadero tiene temperatura y pulso; esto era una tirantez sorda, un peso muerto, como si le hubieran cosido un trozo de cuero mojado sobre la pelvis mientras dormía. Grizel bajó la mano derecha. Las yemas de los dedos, todavía sucias de la arena negra de las rompientes, palparon el tejido basto de una camisa de estopa que no reconoció. Por debajo de la tela, la superficie no cedía con la elasticidad tibia de su propio cuerpo. La piel estaba fría, estirada hasta el límite de su resistencia elástica, surcada por una hilera de nudos duros y viscosos al tacto.
Hilo de cáñamo impregnado en brea de pino.
El hilo tiraba de unos bordes que supuraban un líquido seroso, tibio pero sin vida, manchando la estopa con círculos amarillentos que olían a vinagre de salmuera y a sebo de buey. Quienquiera que hubiese cerrado la incisión lo había hecho con la prisa metódica de un carnicero de muelle apurado por la marea alta.
Esto es lo que había en la penumbra al pie del jergón:
Un taburete de pino de tres patas con una escudilla de peltre abollada; una hilera de botas de pescador puestas a secar boca abajo sobre estacas; y, en el rincón donde la pared de piedra seca se curvaba para sostener el peso de la ladera, una figura sentada sobre un fardo de cabos viejos.
La figura no respiraba con el ritmo de los vivos. Había una pausa excesiva entre cada bajada de su pecho, un intervalo de cinco o seis segundos que Grizel contó mentalmente —uno, dos, tres, cuatro, cinco— antes de que los pulmones de aquel hombre volvieran a hincharse con un silbido húmedo y metálico, semejante al roce del hielo de banquisa cuando se fractura a lo lejos en las corrientes del estrecho.
El Primogénito no levantó la cabeza. Sus manos, desproporcionadamente anchas respecto a sus muñecas, descansaban sobre las rodillas cubiertas por un pantalón de paño burdo. Los nudillos tenían el color gris pizarra de los acantilados de Yesnaby después de tres días de lluvia ininterrumpida.
—No toques los cabos —dijo una voz desde la penumbra de la puerta.
Mariota Linklater entró cargando un cubo de madera de alerce con aros de hierro corroído. Llevaba el pelo canoso recogido en una cofia de lino que olía a humo viejo y a lejía de ceniza. Se detuvo junto al hogar bajo, dejó el cubo en el suelo con un golpe amortiguado y sacó del delantal un trapo oscuro con el que se limpió las manos, dedo por dedo, con una lentitud que nada tenía que ver con la compasión.
—Si los tocas con los dedos sucios, la carne se pudre antes de que agarre —continuó la vieja, sin mirarla a la cara—. Y ya costó bastante trabajo evitar que los cangrejos se dieran un festín con lo que quedó en la orilla.
—¿Dónde... está el patrón? —preguntó Grizel. Su propia voz le sonó extraña, como si el conducto de la laringe hubiera sido raspado con arena de concha.
Mariota se inclinó sobre el fuego, apartó un terrón de turba apagada con la punta de una pala de hierro oxidada y sopló hasta que una chispa anaranjada revivió en la ceniza.
—En Kirkwall. O camino de Leith. Los hombres que tienen prisa no esperan a que la carne cicatrice.
—El viento roló al amanecer —dijo el Primogénito desde el rincón.
Fue la primera vez que hablaba. Su voz no tenía la cadencia de las islas; sonaba plana, desprovista del canto nasal de la gente de Stromness, como si hubiera aprendido las palabras leyéndolas en un papel y no escuchándolas de una madre.
—Roló, sí —respondió Mariota, concentrada en acomodar tres trozos de turba seca sobre la brasa—. Trae aguanieve del norte. Habrá que atrancar el postigo del cobertizo antes de que suba la pleamar.
—El batiente de abajo está suelto —añadió él.
—Le meteré una cuña de madera luego.
Grizel cerró los ojos un instante. El diálogo mundano, plano, casi doméstico entre la vieja y aquella mole remendada resultaba más aterrador que cualquier grito. Hablaban del viento y de un postigo roto mientras a ella le latía una costura ajena en el bajo vientre.
Mariota se acercó al jergón con un cuenco de barro cocido que humeaba ligeramente. Era una infusión turbia de menta silvestre y corteza de sauce que apenas lograba tapar el trasfondo acre del bacalao que aún le barnizaba el paladar.
—Bebe.
Grizel intentó apoyarse sobre los codos, pero el esfuerzo hizo que el borde inferior de la herida tirara con una violencia sorda. Un hilillo tibio resbaló hacia su ingle derecha. Con la mano libre, se rascó mecánicamente la comisura de la mandíbula, donde la sal seca le tiraba de la piel, y luego tomó el cuenco. La arcilla estaba áspera, sin vidriar, y conservaba el calor del hogar.
Bebió dos sorbos amargos. El líquido le quemó el esófago, pero asentó el temblor que le sacudía los hombros.
—Él dijo que me salvaría si el barco zozobraba —susurró Grizel, mirando fijamente la superficie oscura de la infusión—. Dijo que tenía los instrumentos. Que en Edimburgo había aprendido a retener el principio vital antes de que la sangre se enfriara por completo.
Mariota soltó una risa seca, un chasquido breve que murió en su garganta sin moverle las mejillas.
—El señorito aprende lo que le conviene en los libros de los anatomistas. Y luego viene a estas islas porque aquí los ahogados no tienen parientes con abogados en Londres para reclamar los despojos.
La anciana se agachó con un crujido de rodillas que resonó contra las losas. Con dedos deformados por el reuma y duros como corteza de abedul, levantó el borde de la camisa de estopa.
Grizel miró.
La piel de su vientre no era suya. Habría sido un alivio monstruoso pensar que se trataba de una alucinación provocada por la fiebre del agua salada, pero la evidencia estaba allí, iluminada por el resplandor anaranjado de la turba: la piel de su torso original era pálida, salpicada por las pecas rojizas que siempre había tenido desde niña en Sandwick; pero la franja inferior, la que cubría desde el ombligo hasta el pubis, era cetrina, más gruesa, con los poros dilatados y una textura cerosa que recordaba a la carne de ballena lavada por semanas de salmuera en las cubas de despiece.
Las puntadas de cáñamo unían dos mundos distintos con la precisión implacable de quien cierra un saco de grano.
Pero no era la costura lo que detuvo el aire en sus pulmones.
Grizel apoyó la palma de la mano sobre el centro exacto de la sutura y presionó hacia dentro. No encontró la resistencia blanda, elástica y familiar de sus propios órganos. Debajo de la pared muscular ajena había un vacío cóncavo, un espacio hueco que sus costillas inferiores bordeaban como el arco desolado de un muelle abandonado.
La cavidad estaba desierta.
Las incisiones no habían sido trazadas para devolverle el aliento en la arena, ni para suturar las vísceras desgarradas por el choque contra los escollos. Habían sido hechas con el bisturí fino de mango de ébano, el que él guardaba en la caja de terciopelo verde junto a los frascos de alcohol puro.
Le había arrancado el vientre por cobardía.
La frase no surgió como un llanto, sino como una anotación al margen de un cuaderno de disección, fría y definitiva. Se le formó en la garganta con la certeza matemática de un peso que falta en la balanza. Había tomado lo único de ella que le servía para sus experimentos en el norte antes de dejar que la marea la arrastrara hacia las rompientes, seguro de que el mar de las Orcadas se tragaría la mutilación bajo diez brazas de kelp renegrido.
Mariota dejó el trapo sobre el taburete y se levantó despacio, sacudiéndose las briznas de alga seca de la falda.
—Mañana entrará la marea viva —dijo la anciana mientras caminaba hacia la puerta—. Si vas a ponerte en pie, será mejor que aprendas a sostenerte antes de que el suelo empiece a balancearse.
La puerta de tablas mal unidas se cerró tras ella con un golpe seco. En la penumbra, el Primogénito continuó respirando con su ritmo dilatado, una marea mecánica de cinco segundos que llenaba la habitación con el olor a óxido y a carne preservada.
Grizel hundió los dedos un poco más en el hueco frío bajo sus costillas.
¿Qué criatura pretendía él alimentar con lo que le había arrancado a su cuerpo antes de dejarla morir?
Fin del Episodio 1 · de 5
La costura de salmuera
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