El puerto de la ventisca
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El calor de los tres sobres se disipaba despacio contra la mesa de trabajo de Teo, dejando un rastro sutil a resina de pino y lana recalentada. Junto al tornillo de banco, una vieja lata de conserva llena de radios partidos servía de improvisado cenicero y vertedero de arandelas.
—Si te empeñas en subir al barranco del Lobo con este vendaval, te vas a quedar pegada a los pedales antes de la herradura vieja —dijo Teo, sin levantar la vista del eje trasero que sostenía entre las rodillas. Llevaba las mangas de la camisa de franela remangadas hasta los codos, manchadas de una mezcla negruzca de sebo de oveja y grasa de cadena.
—Las bordas altas no tienen carbón desde el jueves, Teo. Si Adela recogió la suya, estos tres no van a esperar a que el valle se deshiele en abril.
—Adela no abrió la boca, Jimena. Alguien tiró del sobre desde la oscuridad y echó el cerrojo.
Jimena se frotó el dorso de la mano con la manga. El roce de la lana áspera le devolvió algo de tacto a los nudillos entumecidos.
—Pero lo cogió —murmuró ella.
El taller olía a parafina quemada, a ese tufo penetrante de estufa de chapa que peleaba contra las rendijas de las ventanas, donde la cellisca ya formaba una costra lechosa. Una pava de peltre abollada humeaba sobre la plancha superior de la estufa, zumbando con un silbido bajo y constante que llenaba los silencios.
—Toma —dijo Teo, ofreciéndole una llave fija del diez sin mirarla, tanteando la herramienta con la yema del pulgar—. Sujeta la contratuerca mientras aprieto el cono. Si no dejamos la rueda centrada, la zapata izquierda te va a morder la llanta cada media vuelta.
Jimena encajó la boca de la llave de acero en la tuerca desgastada. Los dedos de Teo, tiznados y ásperos como lija fina, rozaron los suyos durante un segundo de más al acomodar la herramienta en el ángulo correcto.
—No deberías haber vuelto a pasar por el callejón del Martillo —dijo él, bajando la voz mientras aplicaba fuerza a la palanca—. Maza tiene el colmillo torcido desde que la cuenca le prometió el control del almacén de salazón si liquida la estafeta.
—Beltrán habla mucho y no sube cuestas.
—Hoy sí ha subido. Dicen en la taberna que ha mandado apostar el camión de la salmuera junto a la báscula de mineral.
La llave se zafó con un chasquido seco. Ninguno de los dos maldijo; simplemente volvieron a encajarla, el hombro de Teo rozando el de Jimena mientras él tiraba de la rosca con un gruñido seco.
—¿Queda achicoria en el pote? —preguntó ella de pronto, mirando la repisa de latón donde reposaban tres tarros sin etiqueta.
—Se terminó ayer. Solo hay agua de nieve hervida y un puñado de manzanilla silvestre que sabe a polvo de paja.
—Pues ponme una taza de polvo.
Teo soltó una carcajada breve que se convirtió en una nube de vaho grisáceo. Se apartó de la bicicleta, se limpió las palmas en el mandil de cuero basto y le sirvió el agua en un jarro de barro con el labio desportillado.
—Estás loca, Albiol.
—Puede ser.
Bebió un sorbo. Quemaba, pero no sabía a nada; solo era vapor caliente ensanchándole el pecho y recordándole que las piernas todavía le pertenecían.
El ascenso comenzó bajo una luz de plomo que devoraba el perfil de los tejados de pizarra. El pueblo se ahogaba abajo, reducido a chimeneas que escupían humo blanco y denso contra la ladera.
El aire gélido entraba en la garganta con la dureza de un trago de limaduras de hierro. Cada bocanada agrietaba las comisuras de los labios, dejando en la lengua un regusto metálico, terco y mineral que Jimena conocía desde la infancia.
La saca colgada en bandolera pesaba el triple que de costumbre. No era una suposición: la correa de cuero crudo se le clavaba en la clavícula como una cuerda de cáñamo mojada, tirando de su torso hacia el cuadro de tubos pesados.
Al llegar a la curva del cargadero, el viento del norte barrió el camino con una cortina de nieve granulada.
Allí estaba la báscula de mineral.
La caseta de pesaje, una mole de tablones podridos y zinc oxidado levantada en los tiempos del plomo, cortaba la entrada al desfiladero. Apoyado contra el poste de la barrera de peaje, envuelto en un capote militar con cuello de cordero sintético, aguardaba Beltrán Maza. Una mula torda permanecía amarrada a la viga de descarga, piafando con resignación y exhalando chorros gemelos de vapor.
Jimena apretó los frenos. Las zapatas de goma endurecida por la escarcha chillaron contra la llanta en un lamento metálico y agudo que rebotó entre los taludes de roca caliza.
Teo llegó dos brazadas de pedal detrás de ella, bajando el pie derecho a la nieve con un crujido sordo.
—Hasta aquí la ronda, cartera —dijo Beltrán. Llevaba el libro de actas municipal encajado bajo el sobaco, las esquinas de tafilete negro protegidas por un hule transparente atado con una goma elástica.
Jimena no soltó el manillar. Sus guantes de lana sin dedos dejaban ver las articulaciones amoratadas.
—El camino de herradura es de paso vecinal, Beltrán. No hay nieve suficiente para cerrar la cota.
—No hablo de la cota, Jimena. Hablo de contrabando administrativo —Maza dio dos pasos lentos, plantando sus botas de cuero engrasado en medio de las rodadas—. El pliego de la cuenca me autoriza a retener cualquier bulto sin franqueo oficial emitido después de las doce del mediodía. Y esa bolsa vieja que llevas al hombro ya no pertenece a ningún servicio público.
—Pertenece a mi abuelo.
—Tu abuelo está criando malvas en el camposanto bajo un palmo de barro congelado —escupió Beltrán hacia la cuneta. El salivazo se congeló casi antes de tocar la costra blanca—. Dame el zurrón. Si lo abro y solo hay pan duro y una muda limpia, os dejo pasar hasta el barranco. Si hay una sola cuartilla dirigida a los esquiroles de las bordas, bajo ahora mismo a poner la cadena y el candado de precinto en la cancela de tu madre.
Teo dio un paso al frente, interponiendo su bicicleta entre Maza y la de Jimena.
—No tienes autoridad para registrar efectos personales fuera del casco urbano, Maza. Sabes de sobra que el secretario no firma eso ni borracho de orujo.
—El secretario está en la capital comiendo faisán con el delegado de obras, Vidal. Aquí arriba el papel timbrado soy yo.
Un remolino de ventisca sacudió las planchas de la caseta de la báscula, arrancando un gemido de tornillería floja.
Jimena miró la pendiente que nacía a espaldas de Beltrán: un sendero angosto que serpenteaba pegado a la pared cortada a pico, sembrado de lajas de pizarra sueltas y cubierto por una capa traicionera de hielo tierno. Empujar la bicicleta cargada por allí era un disparate.
La correa del zurrón le quemaba el hombro con un peso absurdo, implacable, como si arrastrara un ancla de forja.
«Pedalear contra el viento blanco no es una cuestión de fuerza, sino de admitir cuánto peso estás dispuesto a soltar en la cuneta».
La voz del abuelo cruzó su memoria con la nitidez de una campana de bronce en la niebla matinal.
Jimena metió la mano en la saca. Los dedos le temblaban tanto que apenas logró distinguir la textura quebradiza del papel de estraza artesanal. Tocó los tres sobres del forro: tibios, ásperos, con los grumos del lacre negro arañándole las yemas.
—¿Vas a dármela por las buenas o tengo que quitártela del cuello? —insistió Beltrán, extendiendo una mano enfundada en cuero negro rígido.
Jimena respiró hondo. El aire le quemó la garganta hasta el pecho.
—Teo —dijo en un susurro.
—¿Qué?
—El tensor del cambio. Patéalo.
—¿Cómo que—?
—¡Ahora!
Teo, con un reflejo forjado en años de lidiar con cadenas trabadas y barras de torsión, soltó una patada seca al tensor de su propia rueda delantera, empujando la bicicleta contra la mula de Beltrán. El animal reculó con un relincho bronco, sacudiendo la cabeza y barriendo a Maza contra la plataforma de la báscula.
El libro de actas resbaló del brazo del alguacil y cayó de plano sobre el lodazal helado, con las hojas salpicadas de barro grisáceo.
—¡Maldita sea tu estirpe, Vidal! —rugió Beltrán, trastabillando entre las varas de pesaje.
—¡Pasa, Jimena! —gritó Teo, agarrando la rueda trasera de su vehículo mientras retrocedía hacia el talud para cubrirle el hueco—. ¡Tira para arriba, no te quedes mirando!
Jimena no lo pensó. Clavó las suelas en los pedales de hierro, levantó el cuerpo del sillín y empujó con los cuádriceps ardiendo. La llanta trasera derrapó sobre la costra de hielo antes de morder la grava y lanzarla hacia el corte de la roca.
Atrás quedó el eco de los insultos de Beltrán y el choque metálico de la barrera al caer desgobernada.
Cien metros más arriba, el sendero se convirtió en un túnel de silencio blanco.
La ventisca aquí era más fina, una neblina de agujas de hielo que se colaba por los puños del chaquetón y borraba el camino a tres pasos de la rueda delantera. Jimena desmontó, jadeando, con los gemelos agarrotados en un nudo ciego. Apoyó la bicicleta contra una roca con forma de yunque y se dobló sobre sus rodillas para recuperar el aire.
Silencio.
Ni un pájaro, ni el rumor de las chimeneas bajas. Solo el zumbido del viento rasgando las aristas de pizarra y el chasquido del metal de la bicicleta enfriándose a la intemperie.
Se llevó la mano al hombro entumecido para aflojar la bandolera.
Al tirar de la loneta encerada, notó una resistencia anómala en la parte baja, donde el cuero hacía doblez contra la hebilla de hierro oxidado.
Metió los dedos con cuidado, apartando el dobladillo descosido.
Había otro sobre.
No estaba entre los tres paquetes con el sello de la aguja partida atados con bramante. Estaba metido hasta el fondo del forro, doblado por la mitad y encajado detrás de la chapa de refuerzo del fondo, allí donde su abuelo solía guardar los parches de caucho y el pedernal de emergencia.
El papel era idéntico al de los otros: estraza gruesa, amarilleada por los años en las esquinas, pero tibia al tacto, despidiendo ese inconfundible olor doméstico a ceniza de roble y cera virgen.
Jimena lo sacó despacio, con el pulso desbocado martilleándole las sienes.
En el anverso no había ningún sello de aguja ni lacre negro de luto.
Solo dos líneas trazadas con tinta ferrogálica, con ese trazo tembloroso, ancho y familiar que recordaba de las libretas de cuentas guardadas en la alacena de la cocina:
Para Jimena Albiol.
De quien te dejó la rueda girando.
Fin del Episodio 3 · de 4
El puerto de la ventisca
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