La última dirección de Ventisquero
~7 min · 1475 palabras
Teo calzó la tranca de fresno contra la hoja de la puerta con un golpe seco que desprendió una brizna de musgo reseco del dintel.
Afuera, la ventisca aullaba contra el tambor de pizarra de la torre del reloj, pero allí dentro el aire se quedó inmóvil de golpe, pesado y denso, cargado con ese olor agrio a parafina quemada, grasa vieja de piñón y lana empapada que solo tienen los refugios altos cuando alguien entra corriendo.
Jimena dejó caer la bicicleta contra una pila de leña de abedul. Los gemelos le tiraban como si alguien le hubiera cosido alambre de espino por debajo de la piel, y al respirar hondo el aire le supo a hierro y a escarcha, cortándole las comisuras de los labios ya cuarteadas por el puerto.
—Si esa mula no se rompió una pata, Beltrán va a tardar por lo menos tres horas en sacarla de la zanja —dijo Teo, quitándose la boina empapada para sacudirla contra la rodilla—. Menudo revolcón. Llevaba el libro de actas metido bajo la solapa y salió rodando como un fardo de nabos.
—No te rías, Teo. Nos vio.
—Claro que nos vio. Pero una cosa es ver y otra tener ganas de subir este pedregal a pie con las botas de badana municipal.
Se frotó la nariz enrojecida con el dorso de la manopla.
El cobertizo de la torre no era más que un cajón de mampostería adosado a la maquinaria de contrapesos, pero conservaba una estufa rechoncha de fundición con una grieta sellada con masilla refractaria. Teo se agachó frente a la portezuela, tanteó en una caja de zinc y sacó astillas de tea y tres piñas secas. En menos de un minuto, el chisporroteo de la resina trajo un alivio mínimo, una línea delgada de calor que apenas alcanzaba a entibiarles las rodillas.
Jimena no se quitó la saca del pecho. La mantenía pegada al abrigo de paño, sintiendo a través de la lona la presencia de los tres sobres de aguja partida y, más abajo, en el fondo del forro roto, el bulto plano y rectangular de la carta que llevaba su propio nombre.
El papel de estraza artesanal crujía con el frío, áspero al tacto de sus yemas entumecidas. El lacre oscuro que lo cerraba olía a pez de pino y a cera vieja, un aroma tan nítido que casi borraba la peste a hollín de la estufa.
—Pásame el tarro de grasa —pidió Teo sin volverse, arrodillado junto a la llanta trasera de su montura—. El patín izquierdo se quedó mordiendo la llanta en la bajada de las pizarreras. Como no le meta una cuña de cuero, mañana bajaremos a base de suela de bota.
Jimena buscó a tientas sobre el banco de carpintero, entre virutas y tornillos sueltos, hasta que sus dedos dieron con la lata redonda desportillada. Se la tendió.
—Toma.
—Tiene virutas dentro —rezongó él, limpiando la rosca con la uña del pulgar—. Tu abuelo usaba esto para todo. Para la cadena, para las bisagras y para untarle los cascos al mulo de Adela.
—Funcionaba.
—No he dicho que no funcionara. Solo que era un dejado con las tapas.
El silencio volvió a instalarse, roto únicamente por el crujido de la fundición al dilatarse y el frotar metódico del trapo con el que Teo embadurnaba el tensor del cable. Jimena sacó finalmente el sobre del bolsillo interior. La caligrafía inclinada de su abuelo destacaba sobre el papel basto con una firmeza que parecía ajena a la tormenta que golpeaba las tablas.
Se resistía a quebrar el sello. Había algo casi sacrílego en romper esa última frontera mientras el hierro de la estufa aún crujía por falta de tiro.
—¿No la vas a abrir? —preguntó Teo, alzando la vista con una llave de tuercas entre los dientes.
—No sé.
—Jimena.
—Dime.
—Si te la dejó en el forro no fue para que le dieses aire de paseo por la cumbre.
—Ya lo sé.
Se quedó mirando la cera oscura. Una pequeña rebaba del sello se desprendió bajo su índice, cayendo en su regazo como una escama de corteza seca.
Teo llenó un vaso de lata abollado con el agua de un caldero que acababa de poner a hervir sobre la chapa de la estufa, tirando dentro un puñado de agujas de enebro machacadas que perfumaron el aire con un vaho balsámico y áspero.
Le pasó el vaso con cuidado de sostenerlo por el borde superior para no quemarse.
—Bebe primero. Tienes los labios azules.
Jimena tomó el metal entre las dos manos. El calor le perforó la lana de los guantes gastados, devolviéndole de golpe la sensación de tener diez dedos en las extremidades.
—Adela no estaba sola en la fragua —dijo ella en voz baja, viendo subir el vapor lechoso hacia las vigas del techo—. Cuando tiraron de la carta desde el postigo, se oyó el crujido de una bota de caña alta. Una bota con herrajes, no de labranza. Como las que usan los capataces de las minas altas.
—Esas bordas llevan cerradas desde las nevadas de noviembre —respondió Teo, soplando sobre el borde de la lata antes de darle un sorbo—. O eso dice el bando que Beltrán clavó en la taberna. Según él, allí arriba ya no queda nadie a quien llevarle ni una esquela.
—Pues mintió. O le están pagando para no subir.
—Beltrán no sube a ningún sitio si tiene que empujar la mula él mismo. Es de los que prefieren esperar abajo con el sello municipal y cobrar la tasa de paso.
Teo dejó el vaso en el suelo, entre los dos, sobre una losa de pizarra limpia. El vapor ascendía en una espiral perezosa que se deshacía contra el resplandor anaranjado de las rendijas de la estufa.
—Mi tío decía que la gente del valle se vuelve loca cuando el telégrafo se corta —comentó él, frotándose los nudillos tiznados contra el mandil de lona—. Creen que el mundo se para porque no llega el cable con los precios del grano. Luego ven que la nieve sigue cayendo igual y se les pasa la prisa.
Jimena lo miró. Teo tenía una mancha de grasa negra junto al pómulo y los ojos brillantes por el humo que escapaba de la junta de la chimenea.
No dijo nada.
Bebió un sorbo largo. El enebro le raspó la garganta, amargo y reconfortante a la vez, devolviéndole el pulso a las sienes.
Afuera, el viento amainó un punto, pasando de un bramido sordo a un silbido largo que bajaba acariciando las lajas del tejado.
La madrugada trajo una claridad densa y lechosa que se filtró por las rendijas de los maderos.
El fuego se había consumido hasta quedar reducido a una costra de ascuas grises que apenas calentaban el aire a medio metro del suelo. Teo dormitaba sentado sobre un fardo de paja vieja, con el abrigo cerrado hasta las orejas y los brazos cruzados bajo el pecho, respirando con un silbido acompasado y calmo.
Jimena se levantó sin hacer ruido. El dolor de los músculos se había asentado en una rigidez sorda, pero el temblor de las manos había desaparecido.
Sostuvo el sobre de su abuelo frente a la luz cenicienta que entraba por el postigo alto.
Apretó el pulgar bajo el borde del lacre oscuro. La resina, quebradiza por la helada de la noche, cedió con un chasquido seco que olió inmediatamente a trementina y bosque cerrado.
Desdobló el papel de estraza artesanal.
No había un pliego entero. No había despedidas largas ni consejos solemnes sobre el oficio o el invierno. Solo una tira rasgada a mano, con la tinta ferrogálica aún brillante y oscura sobre las fibras del cáñamo, conteniendo dos únicas líneas apretadas:
Ventisquero nunca necesitó que lo salvaran de la nieve, sino que nadie se atreviese a apagar las ventanas de arriba. Sigue el rastro de la leña cortada.
Jimena dobló el papel despacio y lo deslizó en el bolsillo del chaleco, justo sobre el pecho.
Caminó hacia la bicicleta de piñón fijo apoyada en los leños. Tomó la saca de correos, abrió de par en par la solapa encerada y la colgó del manillar de hierro, dejando que el cuero abierto respirase la escarcha matutina.
Luego descorrió la tranca de fresno y empujó la puerta de madera apenas un palmo, dejándola entornada para que la primera luz azulada del amanecer bañara el umbral.
—Teo —dijo, sin volverse—. Arriba hay gente. Alguien está cortando leña para tres casas.
Teo abrió un ojo, la miró, miró la saca abierta colgando del manillar y empezó a anudarse las botas sin hacer una sola pregunta.
Subieron al barranco del Lobo con tres sobres de lacre negro y uno abierto. A mediodía, por primera vez en treinta años, salía humo de las tres chimeneas a la vez.
Fin del Episodio 4 · de 4
La última dirección de Ventisquero
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