La caldera de té
~4 min · 858 palabras
El primer campamento del tutorial era una burla a la lógica arquitectónica y un insulto a cualquier persona que hubiera cursado dibujo técnico en la secundaria. Había tres tiendas de campaña roídas por polillas, una fogata comunal que ardía sin leña gracias a un bucle infinito de partículas mal renderizadas y una empalizada de madera verde que los jabalíes de nivel dos derribaban cada media hora solo para fastidiar a los aldeanos de relleno.
Alrededor del brocal de piedra del pozo nos reunimos los rechazados del salón 302: Mateo, que había invocado a un bardo esquelético que solo sabía tocar la maraca con la clavícula derecha y vestía una capa de harapos amarillentos; y Sofía, cuya invocación era un caracol gigante con caparazón de hojalata oxidada que tardaba cuarenta minutos en cruzar diez metros y se alimentaba exclusivamente de clavos viejos.
—Sebastián y su gremio ya entraron a las minas de cobalto del norte —dijo Mateo, suspirando mientras su bardo esquelético hacía chocar sus costillas con un ritmo desganado de bolero triste—. Dicen por el chat global que los monstruos de piedra sueltan monedas de plata relucientes y pociones rojas embotelladas. Nosotros no tenemos ni para comprar una hogaza de pan duro en la aldea de inicio. El panadero nos miró el uniforme del colegio y nos cobró tres monedas de cobre por una corteza llena de hormigas.
Don Tiburcio estaba sentado sobre un tocón de roble cubierto de musgo, limpiando la boquilla de su tetera de hierro con un paño de lino blanco que doblaba con exactitud milimétrica. Cuando Mateo terminó de quejarse, el gato carraspeó con suavidad, se acomodó los anteojos redondos sobre la nariz y apoyó una patita delantera sobre el mapa topográfico que flotaba frente a nosotros en una ventana semitransparente.
—La noción de riqueza en estos mundos prediseñados siempre es lamentablemente primitiva —observó Don Tiburcio con voz solemne, balanceando la cola con ritmo metronómico—. Asumen que el valor reside en matar ciervos con colmillos para vender sus pellejos por tres monedas de cobre a un herrero programado para estafar adolescentes. Olvidan la primera ley del comercio: la escasez artificial creada por fallos de memoria volátil y desbordamientos aritméticos.
—Explícate en cristiano, Don Tiburcio —pidió Sofía, acariciando con paciencia el caparazón oxidado de su caracol gigante—. Porque si el plan es ponernos a pedir limosna tocando la maraca con el esqueleto de Mateo, prefiero acostarme a dormir en la hierba lila hasta que el servidor colapse.
—Con mucho gusto, señorita Sofía. El sistema clasifica mi habilidad 'Servir té caliente' como un consumible perecedero de costo cero, pensado como un adorno cosmético para partidas de té de salón. Sin embargo, en el código fuente de este parche beta, la temperatura del líquido vertido no está acotada por un valor máximo de seguridad. Si vierto el té en un recipiente cerrado de hierro colado y aplico la habilidad de manera recursiva antes de que el servidor actualice el estado del objeto en el siguiente pulso de reloj, la presión interna aumenta a razón de doscientas atmósferas por segundo sin requerir carbón, madera ni combustible alguno.
Mateo y yo nos quedamos parpadeando en silencio durante diez segundos enteros. El viento de la tarde mecía las ramas de los robles y el esqueleto de Mateo soltó una vértebra que cayó sobre el pasto.
—¿Estás diciendo que tu té caliente es una caldera de vapor industrial de potencia ilimitada? —pregunté, sintiendo un cosquilleo helado en la nuca.
—Estoy diciendo, señorita Andrea, que podemos construir una prensa hidráulica rudimentaria con la chatarra que los paladines de cinco estrellas dejan tirada en el camino, y generar lingotes de acero refinado antes del mediodía. Mientras el señor Sebastián gasta sus pociones caras en vencer a un jabalí con rabia, nosotros controlaremos el suministro de metalurgia de todo el valle.
Durante las siguientes tres horas, Mateo y su esqueleto desmantelaron una carreta abandonada de transporte de grano para obtener pernos, ruedas dentadas y barras de torsión macizas. Sofía colocó a su caracol de hojalata como ancla de contrapeso estructural: tres toneladas de pura inercia biológica que ni un terremoto de grado ocho hubiera podido desplazar un milímetro. Don Tiburcio se colocó un gorro de ingeniero doblado con una hoja de helecho seco y dirigió la operación con maullidos autoritarios y gestos de pata implacables.
Cuando la primera barra de hierro bruto fue sometida a la presión del cilindro de té sobrecalentado, el metal no se dobló: se comprimió en una placa densa, homogénea y con un brillo especular que no existía en ningún taller artesanal del reino.
—La física de este juego no tolera la termodinámica real —murmuró Mateo con los ojos muy abiertos, sosteniendo la plancha de acero templado con unas tenazas de madera—. El tendero de la aldea va a enloquecer cuando vea esto.
—El tendero no —corrigió Don Tiburcio, sirviendo una ronda de infusión tibia de manzanilla en nuestras tres tazas melladas—. Al tendero le cobraremos en lingotes de oro puro o en derechos sobre los silos de grano. Recuerden: en un mundo donde todos aspiran a ser héroes con espadas mágicas, el verdadero emperador es quien vende los remaches.
Fin del Episodio 2 · de 5
La caldera de té
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