La carta de una estrella
~4 min · 888 palabras
La luz del portal interdimensional tenía el mismo zumbido desagradable que los balastros fluorescentes del salón 302 del colegio Santa Librada. El profesor Moncayo acababa de repartir las hojas del examen trimestral de trigonometría cuando el piso de granito pulido se disolvió en un remolino de chispas prismáticas, llevándose consigo treinta pupitres metálicos, dos ventiladores de techo que llevaban chirriando desde 1998 y la mitad de una empanada de papa que yo tenía escondida en la cartuchera para el recreo de las diez.
Aterrizamos sobre una pradera de hierba fosforescente bajo tres lunas lila. En el aire flotaba un aroma artificial a vainilla sintética y pólvora de feria de pueblo, mientras un letrero dorado en tipografía gótica flotaba a tres metros sobre nuestras cabezas: BIENVENIDOS AL REINO DE CARDONA. FASE DE INVOCACIÓN DE TUTORIAL.
Los ventiladores de techo se apagaron de golpe con un chasquido agudo, y por un instante el olor a tiza blanca y a humedad de invierno fue reemplazado por la estática eléctrica de mil televisores viejos encendidos al mismo tiempo.
Sebastián Martínez, el capitán del equipo de voleibol que solía sacarse malas notas en química y presumir zapatillas caras, fue el primero en tocar el orbe de cristal que flotaba frente a su pecho. El cielo retumbó con fanfarrias orquestales y un rayo dorado partió las nubes. De la luz emergió un paladín de dos metros con armadura de placas ornamentadas, una espada llameante del tamaño de una tabla de surf y una capa carmesí que ondeaba sin que hubiera una sola ráfaga de viento. RANGO SSR: AURION, EL CENTINELA SOLAR. NIVEL INICIAL 80. Sebastián soltó una carcajada triunfal y empezó a dar órdenes como si acabara de ser nombrado gobernador del valle del Cauca.
Luego le tocó a Mariana, que sacó a una archimaga élfica de cabello plateado con báculo de hielo, y a Juan Camilo, que invocó un golem de obsidiana con ojos de rubí. Todo el mundo aplaudía, gritaba y formaba gremios improvisados en cuestión de cinco minutos. Se dividían las futuras conquistas de castillos con la misma seriedad con la que se repartían los turnos de la cancha de fútbol en los recreos, prometiendo oro y gloria a quien tuviera las mejores estadísticas numéricas.
Yo fui la última de la fila. Mi cristal no era dorado ni plateado; tenía el tono grisáceo de un bombillo fundido y chisporroteaba con un chasquido desganado, como una tostadora vieja que no quiere tragar el pan. Cuando lo apreté con las dos manos, no hubo truenos ni coros gregorianos. Solo un 'plop' apagado, una nubecita de humo gris con olor a canela rancia y un maullido que sonó a queja laboral ante el ministerio de trabajo.
—Vaya por Dios —dijo una voz seca, pausada y con una dicción británica impecable que salía de la hierba—. Otra vez la rutina de invocación de novatos. Y encima en un pastizal húmedo. Mi lumbago no está para estas frivolidades de fantasía.
Entre el humo apareció un gato atigrado de color ceniza. Llevaba un delantal blanco impecablemente planchado con un bordado que decía 'Té y Empatía', unos anteojos redondos apoyados sobre el hocico y una bandeja de latón atada a la cintura con tres tazas de porcelana agrietada. Sobre su cabeza apareció una ventana flotante de color gris ratón:
NOMBRE: DON TIBURCIO. RANGO: COMÚN (★). CLASE: SIRVIENTE DE MESA. HABILIDAD ACTIVA: SERVIR TÉ CALIENTE (Restaura 5 puntos de maná y alivia el estrés leve).
Sebastián y los de su nuevo gremio se acercaron, miraron al gato y estallaron en risas que espantaron a una bandada de pájaros de cristal que reposaban en los abedules cercanos.
—¿Una estrella, Andrea? —se burló Sebastián, apoyando la mano en la empuñadura llameante de su centinela—. Te dije que debías haber estudiado trigonometría. Quédate cuidando el pasto mientras nosotros vamos a despejar la primera mazmorra del tutorial. No queremos que tu gato se despeine con un goblin.
Los treinta compañeros se marcharon hacia la fortaleza de piedra que coronaba la colina, dejando tras de sí un sendero de huellas pisoteadas y risotadas triunfantes. Me quedé sentada en el suelo de piedra, con la falda del uniforme escolar manchada de tierra y la sensación amarga de haber sido descartada antes de empezar.
Don Tiburcio me miró de arriba abajo, se ajustó las gafas con una patita delantera y sacó de la nada una tetera humeante de hierro forjado.
—No se angustie tanto, jovencita —dijo el gato, vertiendo un chorro ámbar en una de las tazas de porcelana—. Esos muchachos no durarán tres semanas. Tienen héroes de cinco estrellas basados en el parche 1.04, pero este servidor opera con el motor de físicas sin parchar de la versión beta de 2019. El código del juego es una vergüenza técnica sostenida por cinta aislante y orgullo de pasantes.
—¿De qué demonios estás hablando? —pregunté, tomando la taza caliente entre mis manos frías mientras el aroma a bergamota disipaba el frío de la pradera.
—Estoy hablando de que un paladín gasta trescientos puntos de energía para encender una cerilla mística —respondió Don Tiburcio con una sonrisa bigotuda y serena—, mientras que mi habilidad de té caliente genera calor infinito sin consumir maná ambiental debido a un error de cálculo en la biblioteca de termodinámica. Tómese su té, señorita Andrea. Vamos a desmantelar este reino tornillo por tornillo.
Fin del Episodio 1 · de 5
La carta de una estrella
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