El monopolio del sindicato
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Para el tercer día de nuestro encierro en el servidor de Cardona, la economía de la aldea de inicio se había transformado por completo gracias a la intervención de nuestra pequeña cooperativa industrial. Mis ojos apenas daban crédito cuando vi a Sebastián Martínez y a sus paladines de cinco estrellas volver de las cavernas profundas cubiertos de lodo morado, con las armaduras abolladas por los garrotes de los ogros y las barras de vida titilando en un rojo peligroso que presagiaba la muerte virtual. Esperaban entrar triunfantes a nuestra botica para comprar pociones de curación mayor, pero se toparon con un cartel de madera barnizada colgado en la puerta: CERRADO POR INVENTARIO. PROPIEDAD DEL SINDICATO DEL TÉ.
—¿Qué significa esta estupidez? —rugió Sebastián, pateando el escalón de piedra con su bota dorada. A su lado, su centinela solar Aurion apoyaba la espada en el suelo, con la llama de la hoja reducida a una tímida velita de cumpleaños por falta de maná—. ¡Exijo ver al alquimista! Necesito veinte pociones mayores de salud antes de que empiece el asalto al jefe del bosque, o perderemos el primer lugar en la tabla de clasificación del servidor.
A mi lado, la cortina de lino de la entrada se apartó suavemente y apareció Don Tiburcio, impecablemente peinado con raya al medio y su delantal blanco recién almidonado. Sostenía una tablilla de cera encuadernada en cuero y un estilete de plata con el que llevaba la contabilidad de entradas y salidas de nuestro almacén.
—El boticario titular ha decidido acogerse a un retiro voluntario tras transferirnos el noventa por ciento de sus activos comerciales a cambio de novecientos lingotes de acero prensado de alta densidad —explicó el gato con una cortesía glacial que destilaba superioridad contable—. En consecuencia, la distribución de brebajes curativos se encuentra temporalmente sujeta a las nuevas directrices arancelarias del sindicato.
—¡Andrea! —gritó Sebastián, divisándome detrás del mostrador mientras yo contaba frascos de vidrio con etiquetas de papel reciclado junto a Sofía y Mateo—. ¡Dile a tu bicho pulgoso que nos dé las pociones! ¡Somos los únicos que podemos matar al jefe del portal y sacarnos a todos de este examen de pesadilla!
Di un paso al frente, apoyando mis manos en la madera pulida del mostrador. Durante tres largos años en el colegio Santa Librada yo había aguantado que Sebastián se colara en la fila de la cafetería para robarse mis gaseosas favoritas, que copiara mis talleres de física sin decir gracias y que tratara a mis amigos como extras descartables de su propia película deportiva. Pero en este mundo pixelado, las reglas no las dictaban sus músculos atléticos ni su rango legendario de lotería virtual.
—Las pociones mayores cuestan cuatro mil monedas de cobre o los derechos de explotación de las canteras de salitre del este —dije con voz serena, mirándolo fijo a los ojos sin parpadear—. Y tu centinela gasta demasiado combustible místico, Sebastián. La llama de su espada está quemando el oxígeno de mi local. Apágala o te cobro recargo por ventilación.
—¡Esto es extorsión! —protestó Mariana, la archimaga de cabello plateado, con las túnicas de seda rasgadas por zarzas venenosas—. ¡Se supone que eres una carta de una estrella! ¡Un sirviente de cocina!
—Precisamente, mi estimada señorita —intervino Don Tiburcio, ajustándose los quevedos con una elegancia impecable—. Un sirviente conoce el precio exacto de cada grano de azúcar, mientras que los paladines de linaje noble nunca han tenido que lavar una cacerola en su vida. Si desean sanar las quemaduras de sus soldados antes de que los lobos de sombra los despedacen en la colina, firmen el pagaré sobre el salitre. De lo contrario, tenemos disponible una agradable infusión de tilo que no cura heridas abiertas pero calma la arrogancia juvenil de manera notable.
Sebastián apretó los dientes con tanta fuerza que temí que se le partiera una muela del juicio. Con la mano temblorosa de rabia humillante, estampó su firma en el pergamino notarial y arrojó la bolsa de monedas sobre mi mostrador antes de salir a zancadas pesadas que hicieron temblar las vigas del techo.
Cuando la campana de la puerta dejó de sonar, me giré con una sonrisa de oreja a oreja. Mateo y Sofía salieron del almacén trasero con una pila de pergaminos sellados que colocaron junto a mis libros de cuentas.
—Ya tenemos el monopolio de la sal, del hierro y de los vendajes de lino —dijo Sofía, sonriendo con malicia mientras su caracol descansaba sobre una montaña de sacos de harina blanca—. ¿Cuál es el siguiente paso, Don Tiburcio?
—El siguiente paso, distinguidos socios —anunció el gato, sirviéndose un dedal de leche fresca en una copa de cristal tallado y ofreciéndome una taza humeante a mí—, es comprar la hipoteca del castillo del rey antes de que el jefe de la mazmorra se entere de que ya no tiene inquilinos. Un reino sin capacidad crediticia siempre termina arrodillándose ante quien domina los suministros básicos de la intendencia.
Mateo anotó la cifra en la esquina de un pergamino con tinta de nuez y dejó escapar un silbido de admiración contenida. Por primera vez en sus vidas escolares, no estaban a merced de los caprichos del capitán del equipo ni de las notas del boletín; dominaban la intendencia entera de una provincia con la precisión de tres contadores públicos.
Fin del Episodio 3 · de 5
El monopolio del sindicato
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