La cánula de marfil·Episodio 02

La sal en el marfil

~8 min · 1597 palabras

Ese chasquido de la resina contra la ceniza es lo único vivo que queda en este agujero de mierda. La mecha improvisada flota en un charco de grasa rancia dentro de la lata abollada de sardinas King Oscar, temblando como el párpado de un borracho a punto de caerse sobre el mostrador. Apenas da para verle las rodillas a Nicolai, dos bultos cubiertos por una tela de saco que huele a almacén inundado y a orina vieja. Entre los dos, sobre la caja de munición sueca que usamos de mesa, el colmillo estriado no brilla; está mate, lechoso, con esa textura que coge la grasa de cerdo cuando se enfría en el borde del plato. Pero lo peor no es la luz. Lo peor es que el marfil ha dejado de templar. Hace diez minutos todavía transmitía ese latido sordo, una vibración espesa que te recordaba que al otro lado había una caldera funcionando, mal y a trompicones, pero funcionando. Ahora es una estaca de hielo clavada directa en mi muñeca derecha. El frío no viene de fuera, de las rendijas de la tronera por donde la ventisca silba como una tetera vieja; viene de él. Me está chupando la sangre tibia como un ternero hambriento que mama en seco, tirando de mi propio pecho con un hambre ciega que me deja los dedos tiesos, duros como sarmientos.

Tengo dieciocho años y estoy en la cocina del albergue de Bodø en pleno mes de agosto, con las ventanas abiertas de par en par al fiordo y el sol de medianoche pegado al cristal como una yema de huevo que no termina de romperse. El vapor de la cazuela de bacalao me empaña las gafas cada vez que levanto la tapa de zinc, un vaho denso con aroma a laurel seco, manteca derretida y cebolla pochada muy despacio, tan despacio que parece un rezo. Mi tío Olav corta el pan negro sobre la mesa de pino con un cuchillo de sierra que hace chac-chac-chac contra la madera nudosa, un ritmo que no cambia nunca, ni cuando llegan las noticias de la huelga ni cuando se muere la yegua vieja en el establo. «Paciencia, chico», dice siempre el viejo, con ese acento de pescador de las Lofoten que no perdió nunca. Me paso el pulgar por la quemadura del antebrazo izquierdo, la del cazo de manteca del muelle de Tromsø. Está caliente. Siempre está caliente, como un carbón enterrado bajo la piel que no se apaga con nada.

Manos.

Esa quemadura ahora ni la siento. Tengo la piel del brazo derecho tan tirante por el injerto que cualquier roce contra la manga de lana se me clava como virutas de cristal. Nicolai suelta un estertor entrecortado, un silbido que le hace castañetear los dientes con un repiqueteo sucio de porcelana cascada.

—¿Voronin? —le digo. El cabrón no se mueve. Tiene la barba llena de escarcha grisácea por el propio aliento que se le congela al salir de la nariz—. Voronin, despierte, pedazo de animal.

—Huele a manteca —dice de pronto, sin abrir los ojos, con una voz que parece arrastrarse por un lecho de grava.

—Es el sebo de carnero de la lata, imbécil. Cállate la boca.

—En Múrmansk... mi tía cocinaba nabos con grasa de foca los domingos. Olía igual. Una porquería que te pegaba la lengua al paladar.

—Pues no te comas la lengua todavía —le gruño, y muevo los dedos del pie derecho dentro de la bota, buscando el calor que ya no existe, hasta que el clavo flojo del talón se me entierra un milímetro en la carne blanda y me saca un juramento entre dientes—. Nos quedan diez minutos de mecha. Como te me mueras ahora, me vas a congelar el brazo antes de que pueda desatar la correa.

◇

El cuerpo del Doktor Henrik Braaten sigue doblado en la esquina oscura, sentado contra los tablones de pino que crujen bajo las toneladas de permafrost con un chasquido sordo, espaciado, como las muelas de un gigante mascando astillas en la oscuridad. Está duro como un fardo de bacalao seco. La escarcha le ha tomado el bigote ralo y las pestañas, dándole un aire de muñeco de escaparate olvidado en una trastienda sin barrer. Todavía me acuerdo de su voz pastosa hace dos noches, cuando el búnker se nos vino abajo y el hombre ya tenía una pupila del tamaño de una moneda de diez øre y la otra reducida a una cabeza de alfiler por el golpe de la viga. Se había sentado en el suelo con esa tranquilidad pesada de los cirujanos que han visto demasiados vientres abiertos como para asustarse de su propia sangre, limpiándose las manos manchadas de yodo en el delantal como quien se sacude la ceniza de un cigarro.

—El frío... cabo —balbuceó el viejo con la mandíbula trabada, arrastrando las sílabas como si masticara piedras—. No perdona... si afloja... apriete la mano, muchacho... apriete...

Luego se metió la petaca vacía en el bolsillo del capote y cerró los ojos para no abrirlos más.

Ni siquiera terminó la frase. Una estupidez rota de borracho moribundo. Pero ahora, con el conducto de morsa chupándome el calor de la clavícula hacia el brazo inmóvil de Voronin, ese murmullo tonto se me clava en las costillas con la insistencia de un dolor de muelas. Nicolai pesa como un saco de arena empapada. Su respiración se ha vuelto un hilo delgado, casi imperceptible, de esos que no mueven ni la pelusa de la manta. Si su pulso cae otro poco, la sangre compartida va a cuajarse dentro del marfil como una papilla de grosellas agriadas, y entonces no habrá Dios que me libre de la gangrena o de un coágulo reventándome el pulmón en seco.

Tengo que moverme. No quiero moverme, pero tengo que hacerlo.

Arrastro el culo por el entarimado podrido, tirando de Nicolai con un quejido sordo. El ruso ni pestañea; es un pedazo de carne que pesa una barbaridad y que se deja llevar, resbalando sobre las mantas pringadas de salitre seco. Llego hasta el rincón donde duerme Braaten. El hedor a tela empapada, a orina y a cuero podrido se me mete por la boca como una cucharada de barro agrio. Le meto la mano izquierda —la única que todavía me responde, aunque tengo las uñas moradas por la falta de circulación— bajo la solapa del capote reglamentario del médico. El paño militar está rígido como cartón piedra. Rompo dos costuras heladas con un chasquido que suena a leña seca para poder alcanzar el bolsillo interior.

Primero toco un lápiz de grafito mordido por los dos extremos. Luego, una cajita de latón abollada con pastillas de mentol que huelen a nada, puro yeso. Y al fondo, envuelto en un trapo impregnado en aceite de máquina para que no lo muerda el óxido, algo plano y frío.

Un bisturí.

El mango es de acero niquelado, estriado con líneas diagonales para que no resbale cuando los dedos están pringados de manteca o de sangre. La hoja es corta, fina como una hoja de afeitar nueva, intacta bajo su película de grasa densa. Una herramienta limpia. Hermosa en su simpleza, como un cuchillo de deshuesar truchas que nunca ha tocado una espina.

Se me cortó la saliva en la lengua.

Miro el marfil que une mi carne a la suya. Si corto la sutura de lino, si rajo la piel viva sobre el injerto arteriovenoso y pinzo la canulación con el alambre de campaña que llevo en la cartuchera, pierdo el brazo. O medio brazo. Pero la sangre caliente se me queda adentro. No se la regalo a este perro moscovita que ni siquiera sabe dónde tiene los pies. Conservaría mi calor. Mi propia sopa hirviendo en el estómago durante doce horas más, las suficientes para esperar a que amaine el temporal o para reventar de una vez sin tener que cargar con un cadáver pegado a la cintura. Es tan fácil como abrir una canal de cerdo en el matadero: un tajo firme, separar el tendón del hueso y dejar que la pieza inútil caiga a la artesa.

Aprieto el lomo del bisturí contra la palma de la mano, sintiendo el filo morder la comisura endurecida de mi pulgar.

—Matias... —susurra Nicolai.

El aire se me atasca en el gaznate. Me quedo inmóvil, encogido sobre las tablas como una alimaña sorprendida por un farol.

—Matias... suelta... suelta la puta soga... —murmura el ruso con la boca torcida hacia un lado, babeando un hilo oscuro sobre el cuello de su guerrera.

No puede saberlo. Es imposible que lo sepa. Nadie estaba en la cornisa de Sørøya cuando la ventisca nos partió la cordada en tres pedazos. Nadie vio cómo los dedos de Matias resbalaban por el cáñamo helado, abriéndome surcos en las palmas hasta arrancarme las tiras de piel, ni cómo el tirón me doblaba las vértebras hacia la pizarra negra, centímetro a centímetro, hasta que los tendones ya no cerraron y abrí las manos. Abrí las manos para no irme detrás.

Miro la hoja del bisturí en mi mano izquierda. Miro el marfil que vibra, cada vez más lento, bombeando un hilo de agua tibia que se va tornando ceniza. Es exactamente igual que cuando dejas una sartén de hierro con manteca tibia a la intemperie: el aceite parece dorado y vivo durante un minuto, pero el frío del aire lo va enturbiando por los bordes, convirtiéndolo en una pasta blancuzca, inmóvil y muerta mucho antes de que te des cuenta de que ya no sirve para freír nada.

Fin del Episodio 2 · de 3

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