La cánula de marfil·Episodio 01

El peso del mercurio

~7 min · 1445 palabras

No te despierta el frío. El frío estaba antes, estaba anoche y va a seguir estando cuando no quede nadie para contar cuántos éramos; lo que te despierta es la falta de espacio en los pulmones, esa sensación pastosa de estar tragando harina de caliza que se te pega a la campanilla. Abro los párpados y la penumbra del búnker no se mueve. Huele a queroseno quemado hace tres días, a lino tieso de pus que el aire bajo cero ha endurecido hasta volverlo quebradizo, y a esa grasa espesa que le echan a los cerrojos de las Maxim para que no se suelden los pernos cuando el termómetro cae a treinta bajo cero. Sobre nuestras cabezas, los troncos de abeto que sostienen el techo no descansan: crujen con un chasquido seco, minúsculo, una muela masticando grava. Es el permafrost. Cuatro metros de tierra y nieve prensada que van empujando hacia abajo, milímetro a milímetro, buscando la manera de aplastar la madera y llenar los huecos que dejaron los vivos.

Tengo diecinueve años y es la víspera de Todos los Santos en la fonda de mi tío en Hamar. La cocina está llena de vapor blanco que huele a cebolla dulce, a laurel roto con los dedos y al caldo gordo de las cabezas de carnero que hierve en la olla de hierro esmaltada. Mi madre me aparta el flequillo con el dorso de la mano mojada de agua fría y no me dice «cuidado con el cuchillo, Einar»; no me lo dice porque ya sé que el acero corta cuando uno piensa en otra cosa. Hay aceite de nabina brillando sobre la tabla de cortar, una capa finísima que refleja la luz amarilla de la lámpara como si fuera un charco en la plaza del muelle.

Fuego.

No hay fuego. Solo queda una mecha mugrienta de hilachas de uniforme que chisporrotea dentro de una lata aplastada de sardinas en aceite, donde un resto de sebo de foca rancio se niega a morir. La llama es pequeña como la uña del meñique y tiñe la escarcha de las vigas de un amarillo verdoso, casi bilioso. Intento llevarme la mano derecha a la garganta para rascarme la costra de salitre que me tira de la piel del cuello, pero el brazo no sube. Pesa una tonelada. No, no pesa una tonelada: está amarrado.

Un tirón elástico y punzante me muerde la carne tierna de la muñeca. Al bajar los ojos veo la pieza. Es una cánula de marfil viejo, estriada a lima para que el hilo de cáñamo no resbale, un tubo amarillento no más largo que el dedo índice de una mujer que atraviesa la piel abierta de mi brazo y se pierde bajo los vendajes sucios del hombre que está tumbado en el camastro de tablas contiguo. La pieza vibra. Tiene un latido propio, o más bien dos: un golpe sordo que viene de mi pecho y, una fracción de segundo después, una réplica más rápida, atropellada, como el paso de una rata sobre un suelo de zinc. La sangre va y viene por el canal pulido. Se siente tibia por fuera, casi grasienta contra la piel que ya no tiene tacto.

Al lado del brasero apagado, sentado sobre un taburete de campaña que cojea porque le falta una contera de goma, está Henrik Braaten. El doctor no se mueve. Tiene la espalda apoyada contra el muro de piedra seca y la cabeza ladeada sobre la clavícula con un ángulo que ningún hombre vivo puede sostener sin dolor. La barba rala está cubierta de una costra blanca de saliva y vaho congelado; las manos, metidas dentro de las mangas de su capote reglamentario, parecen dos raíces secas arrancadas de un pantano. Sobre sus rodillas rígidas descansa una libreta de partes médicos sin tapas, sujetada por un lápiz de carpintero de mina violeta.

Toso; la saliva me sabe a herrumbre vieja, a moneda de cobre chupada durante horas. Me incorporo unos centímetros sobre los codos y el hombro me cruje con un sonido húmedo, desordenado, un amasijo de tendones que no quieren saber nada del aire helado. La lana de la manta de campaña me raspa los nudillos como si fuera papel de lija. Es una manta gris, remendada en el dobladillo con cordel de empacar, que apesta al sudor agrio de tres hombres que no se quitan las botas desde noviembre.

—Braaten —digo. Mi propia voz me parece ajena, un ruido seco que no rebota en ninguna parte porque la nieve que cubre la tronera se traga cualquier intento de eco—. Braaten, despierte. Se le ha caído el lápiz.

El doctor no parpadea. Tiene los ojos entornados, dos rendijas de un gris opaco, idénticas a las ventanas de las casas abandonadas cuando el sol les da de plano en el cristal sucio. En el regazo, bajo el lápiz que no ha caído porque los dedos yertos lo tienen soldado al papel por una costra de escarcha, se lee una sola línea escrita con trazo torpe, como si la mano hubiera corrido contra la pérdida de calor:

Compartir la sangre no es un pacto de compasión; es obligar a dos cuerpos a turnarse la agonía para no volverse piedra.

Y lo odio. Así. Con una rabia limpia que no sirve para calentarme las manos.

◇

El hombre que duerme al otro extremo del marfil tiene la mandíbula destrozada por una esquirla de mortero que le arrancó media mejilla antes de que el frío sellara los bordes con una costra morada. Es Nicolai Voronin. Conozco ese abrigo de paño pardo y botones planos de latón porque los artilleros de la brigada de Voronin estuvieron martilleando la cota 114 durante siete noches consecutivas, sin descanso, con una cadencia tan regular que parecía el trabajo de un herrero loco doblando chapas en el fondo del valle. Ahora el artillero respira con un fuelle corto, roto, que le silba entre los labios partidos.

Me rasco la cicatriz blanca que me cruza el antebrazo izquierdo —una quemadura vieja de cuando se me volcó encima un cazo de manteca hirviendo en el muelle de Tromsø— y miro el tubo de hueso. La cánula está sujeta con ocho puntos de sutura de hilo de tripas; algunos se han desgarrado y la piel alrededor de las incisiones tiene el tono cerúleo de la carne de cerdo que se ha quedado demasiado tiempo al fondo de la fresquera.

—¿Tiene cerillas? —murmuro hacia el rincón del muerto, aunque sé que no hay respuesta posible—. Braaten. Dejó las suecas en el bolsillo del chaleco, seguro. Las amarillas. Las que prenden aunque haya humedad.

Silencio.

El aire entra en agujas finísimas a través de una raja en el mortero de la tronera, silbando con ese sonido agudo que hacen las teteras viejas antes de romper a hervir. Estiro los dedos entumecidos de la mano derecha, uno por uno. El anular no responde del todo; se queda a medio camino, curvado como un anzuelo. Con la uña del pulgar rasco una mota de hollín adherida a la mesa de pino donde descansa una cuchara de estaño con el mango doblado. La limpio despacio. No hay nada más que hacer mientras el latido ajeno siga empujando mercurio caliente dentro de mis venas para impedir que el corazón se me pare.

Voronin se mueve. Es un espasmo mínimo, apenas un encogimiento de los hombros bajo la manta empapada de orina y salitre, pero la cánula de marfil se tensa con un chasquido que tira del punto de inserción en mi carne. Un chorro fino de dolor, agudo como un alfiler caliente, me sube por el tendón hasta el hueco de la axila.

El artillero expulsa una bocanada de vaho fétido, cargada de ese olor a estómago vacío y gangrena incipiente que reconocería en cualquier sótano de Europa, y abre el único párpado que la metralla le dejó entero. Es un ojo amarillo, inyectado en sangre, que tarda varios segundos en fijar la luz moribunda de la lata de sardinas antes de descender, despacio, hacia mi manga deshilachada.

Allí, cosido con hilo negro sobre el paño verde botella que la escarcha no ha logrado desteñir del todo, está el reno rampante del 3.º de Cazadores de Montaña. La misma diana que Voronin estuvo metiendo dentro de la retícula de su pieza de setenta y seis milímetros durante toda la semana, hasta que la montaña entera se nos vino encima.

Algo se enciende en ese ojo. Como cuando dejas un leño verde sobre las brasas y parece apagado durante media hora, hasta que de pronto suelta un chasquido seco y escupe una gota de resina hirviendo que mancha la ceniza.

Fin del Episodio 1 · de 3

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