Deshielo a ciegas
~10 min · 2056 palabras
No aparto la vista de la juntura. El trozo de marfil de morsa —amarillento, estriado como el mango de un cuchillo de trinchar mal lavado— late entre nuestras muñecas con un temblor ridículo, un hipo flojo que me sube por el antebrazo. Es la sangre de Nicolai que viene a buscar la mía, o al revés. Ya ni sé de quién es el pulso. Su muñeca está hinchada, amoratada en los bordes donde el hilo de cáñamo se hunde en la carne; la mía parece un pedazo de tocino rancio olvidado sobre una repisa fría. Alargo el pulgar izquierdo para tocar la piel alrededor de la cánula y la noto pastosa, sin ese rebote elástico que tienen los cuerpos vivos cuando los aprietas. Dios, está helada. Se enfría desde adentro, como una sopa espesa que vas dejando en la ventana y que cría una nata gris antes de que te des cuenta de que ya nadie se la va a tragar.
El búnker apesta. Huele a queroseno quemado con mechas sucias, a grasa de fusil rancia y a esa humedad pesada de la lana empapada en salitre que nunca llega a secarse del todo. A pus viejo también. Henrik está sentado sobre una caja de municiones vacía, con las rodillas pegadas al pecho y las manos metidas debajo de los sobacos para no perder los dedos. No hace nada. Respira con un silbido húmedo en los pulmones, un gorgoteo que conozco bien: el pecho lleno de flema congelada. Cada dos o tres minutos carraspea, escupe una bola negruzca sobre la nieve apisonada del suelo y se limpia la comisura con la manga de su capote deshilachado.
Sé que está muerto. Lo sé desde hace dos noches, desde que se sentó en su rincón con la libreta en las rodillas y no volvió a levantarse. Pero a esta hora, con la mecha a punto de ahogarse y el aire espeso como sebo, el doctor vuelve a su caja y a su tos, y yo ya no tengo fuerzas para discutirle a la cabeza lo que ve.
—Braaten —digo, y la voz me sale rota, una lija seca contra el paladar—. Dame el trapo sucio del queroseno. Este ruso se me está quedando tieso otra vez.
—Déjalo —suelta el doctor sin mirarme, frotándose la nariz roja y pelada con el dorso de la manopla—. Si se muere, se muere. Nos ahorraremos el aire. Además, no queda petróleo ni para prender un fósforo.
—No he dicho que lo prendas. He dicho que me des el trapo para frotarle los dedos. Tiene las uñas negras, Henrik. Negras como carbón.
—A mí se me cayó una uña ayer por la tarde —dice Henrik, y me enseña el pulgar derecho cubierto de una costra sucia, totalmente indiferente a la guerra, al frío y a nosotros—. Se despegó sola mientras me rascaba la espinilla. Ni sangró. Un pellejo seco y ya está.
Miro al suelo. Hay una lata ovalada de sardinas King Oscar sobre el cajón; la hojalata doblada por una esquina sirve para sostener una tira de lino que arde con una llama enana, azulada, ahogándose en su propio sebo derretido. La mecha chisporrotea. Hace ese ruido pequeño y mezquino que hacen las sartenes viejas cuando les echas un ajo sin secar.
Hambre.
Tengo nueve años y mi tía Solveig está cortando manteca de cerdo en la mesa larga de la cocina. Siempre en presente, porque cuando cierro los ojos sigo allí, oliendo el eneldo seco colgado de las vigas y el calor pastoso del horno de leña que entibia los ladrillos del suelo. Ella no usa tabla; apoya el tocino blanco sobre el pulgar izquierdo y el cuchillo baja rápido, toc, toc, toc, rozando la piel sin cortarla jamás. El vapor de la olla sube en volutas gordas y le empaña los cristales de las gafas, pero ella no se las quita; se ríe, me tira un trozo de corteza frita que todavía quema y me dice que mastique despacio, que si trago con prisa se me va a hacer un nudo en la tripa. Come, Einar, come, que fuera llueve.
Abro los ojos. No hay manteca. No hay lluvia.
Solo está la cara cenicienta de Nicolai Voronin a medio metro de la mía, con los ojos vidriosos clavados en una grieta del techo de tablones. El bigote le cuelga lleno de escarcha amarillenta de sus propios mocos. De pronto mueve los labios, pero no le sale ruso ni le sale nada; solo un chasquido de saliva espesa, como dos botas despegándose del barro.
—Cállate la boca, animal —le murmuro, pero le paso los nudillos helados por la mejilla para quitarle un poco de nieve—. Guarda el fuelle.
—No te entiende, Einar —Henrik apenas mueve la mandíbula; le castañetean los dientes con un tableteo seco, rígido—. Y da igual. Déjalo que se apague. —El viejo tose doblándose hacia las rodillas, con las manos aún encajadas en los sobacos, y echa un gargajo espeso que queda temblando en el suelo—. Huele a carroña ya. Te está pasando su podredumbre al brazo, muchacho. Te va a pudrir a ti también.
Miro su cogote mugriento.
Tengo el Mauser sobre la manta, al alcance de la mano. Pienso en levantarlo, en partirle la boca con la culata para que se calle de una vez, pero mover los dedos me cuesta una eternidad y me duelen las ingles de no cambiar de postura. Un asco espeso me sube por la garganta. A él, al ruso, a todo.
El estruendo no avisa.
No es un crujido fino ni el gemido que hacen los árboles cuando los dobla la ventisca en el bosque; es un golpe sordo, brutal, un trueno subterráneo que me sacude los dientes dentro de las encías. Arriba, el travesaño maestro de pino —un tronco de treinta centímetros de grosor que sostenía todo el tejadillo norte— revienta por la mitad con un chasquido seco de artillería. El peso de miles de toneladas de permafrost y nieve fósil se nos viene encima como una masa de plomo derretido. El techo cede cuarenta centímetros de golpe. Una lluvia de tierra negra congelada, astillas afiladas como bayonetas y bloques de hielo compactado se desploma sobre la tronera, machacando el marco de zinc y tapiando el único agujero por donde entraba el silbido del viento exterior.
Silencio.
La lata de sardinas se apaga aplastada bajo un pedazo de viga. Quedamos a oscuras; no una penumbra, sino la nada negra y ciega que te aplasta los párpados. En menos de cinco segundos, el aire cambia: la poca corriente se corta de golpe, sustituida por un polvillo amargo que se pega a los labios y un vaho tibio que apesta a encierro, a sudor rancio y a tierra removida.
—¡Henrik! —grito, pero la tierra en suspensión me llena la boca de arenilla amarga y me hace doblarme en dos con una arcada violenta.
Nadie contesta. Solo escucho el crujido continuo de los maderos que siguen astillándose milímetro a milímetro bajo la presión monstruosa del hielo exterior. Donde estaba la caja de municiones ya no hay caja ni rincón: medio metro de escombros sobre el cuerpo que llevaba dos noches helándose ahí. Si alguna vez me habló, ya no va a hacerlo.
La oscuridad te quita la vergüenza y te quita la cabeza. Busco a tientas la pared de troncos con la mano izquierda, arañando la corteza rugosa hasta que una astilla se me clava debajo de la uña del anular. Ni me duele. Tengo los dedos tan entumecidos que el dolor tarda medio minuto en subirme por la muñeca, pero el tirón que siento en el brazo derecho me devuelve a la realidad de golpe: Nicolai está convulsionando en el suelo.
El ruso se ha despertado del golpe o del ahogo. Se retuerce como una anguila en el fondo de una barca, pataleando a ciegas contra los tablones caídos. Su peso muerto me arrastra hacia el suelo helado.
—¡Quieto! —bramo en la negrura, tratando de apoyar las rodillas en el piso inestable—. ¡Nicolai, quieto, maldita sea, que nos vamos a romper el brazo!
No me hace caso. El pánico le ha entrado en la sangre. Me tira con una fuerza salvaje, una fuerza animal que no sé de dónde saca con ese cuerpo medio muerto de hambre. Siento sus dedos huesudos arañarme el cuello del capote, buscando apoyarse en mi hombro para incorporarse en la oscuridad. El conducto de marfil entre nuestras muñecas se tensa como la cuerda de un arco. El cáñamo que sujeta la ligadura me muerde la piel viva.
—¡Vintyr! —grita él, deformando mi apellido con una voz ronca que parece salirle del fondo de un pozo cenagoso—. ¡Дышать... no puedo... aire!
—¡La chimenea, idiota! ¡Hacia la ventilación de atrás! —le grito pegándole un tirón seco que casi nos hace rodar a los dos sobre el cascote—. ¡Sube, muévete hacia arriba!
Nos arrastramos a cuatro patas en la negrura más cerrada. La falta de oxígeno me golpea la nuca con un martilleo sordo; las sienes me laten con una violencia que me nubla el juicio. La chimenea de ventilación del fondo —el único tiro vertical de chapa que sube hacia la ladera rocosa— sigue abierta, lo sé porque siento un hilillo infinitesimal de aire cortante bajando por el tubo, fino como una aguja de coser. Pero Nicolai tropieza con el cuerpo enterrado de Henrik o con un madero partido, da un traspié agónico y cae hacia atrás con todo su tonelaje.
El tirón es seco, implacable. No hay tiempo de aflojar nada.
La cánula de marfil estriada se arranca de cuajo de mi carne y de la suya en un chasquido húmedo, espantoso, partiéndose o desgarrando las suturas de golpe. El dolor no llega de inmediato; llega primero el calor, un chorro hirviente, espeso y descarado de sangre arterial que nos salpica la cara y las manos a los dos en medio de la sombra. Huele a hierro crudo, a matadero en invierno. Siento mi propia sangre derramándose a borbotones sobre el hielo del suelo, mezclándose con la suya en un charco tibio que se congela por los bordes en cuestión de segundos.
—¡Aaaaah! —Nicolai aúlla como un lobo atrapado en un cepo de hierro, sujetándose la muñeca desgarrada contra el pecho.
Me aprieto la muñeca derecha con la mano izquierda con todas las fuerzas que me quedan, hundiendo los dedos directamente en el desgarro tibio. Si no llego al aire en dos minutos, me desangro aquí mismo o me revienta el corazón por el vacío. O las dos cosas. No me importa.
—¡Arriba! —le chillo, pegándole una patada torpe a su costado para que reaccione—. ¡Sube por la puta chapa, Nicolai! ¡Arriba!
Llegamos a gatas al umbral estrecho de la chimenea de chapa. El tubo apenas tiene sesenta centímetros de ancho; es una garganta vertical de hierro oxidado que sube tres metros hacia la superficie de la nieve. La ventisca aúlla allá arriba con un silbido agudo, pero las paredes del búnker a nuestra espalda siguen cediendo: los puntales de pino crujen con un estallido seco, continuo. El derrumbe final viene bajando, implacable, empujando toneladas de piedra y barro helado.
Alcanzo la base del tiro metálico. Mis dedos ensangrentados resbalan contra el zinc congelado, dejando una costra roja y pegajosa que el frío fija al instante como laca. Nicolai se apoya a mi lado, jadeando con la boca abierta, bañado en mi sangre y en la suya.
Nos miramos a ciegas, adivinando nuestras siluetas en el reflejo mínimo de la nieve que cae por el tubo.
El hueco es ridículamente estrecho. No caben dos hombres. No hay espacio para trepar juntos, y los apoyos de chapa cederán al primer intento doble. Para que uno salga a la ventisca y rompa la costra de hielo exterior, el otro tiene que quedarse abajo, encorvar la espalda, poner los hombros como peldaño y empujarle hacia la luz antes de que el techo colapse definitivamente y sepulte este agujero para siempre.
Uno solo.
Miro la sangre que se me escapa a borbotones entre los nudillos. Miro al ruso, que intenta afirmarse con las rodillas temblando contra la chapa fría. No hay tiempo de pensar. O pongo los hombros y lo empujo hacia arriba, o nos morimos los dos aplastados en el fango antes de que termine el minuto.
Fin del Episodio 3 · de 3
Deshielo a ciegas
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

La asíntota de Kallio
Anclada al borde del pozo gravitatorio de Kallio-B, la estación Nadir-04 cruje cada vez que se acerca al periastro. Allí, el técnico Teodor Kask capta un paquete de telemetría perdido hace tres siglos: el registro forense de un cadáver de la primera prospección, con una arritmia idéntica a la suya y una chapa de servicio que lleva su número de serie, muesca incluida. Con la doctora Sofia Lem de su parte y el comisario Strand vigilando cada volcado, Teodor tendrá que decidir si corta el cable o lee el archivo hasta el final.