La caída de la casa Usher·Episodio 03

La caída de la casa Usher · III

~10 min · 2012 palabras

Y los viajeros en aquel valle, a través de las ventanas de roja lumbre, ven vastas formas que se mueven fantásticamente al compás de una discordante melodía; mientras, cual raudo y fantasmal río, por la pálida puerta, una horrenda multitud se precipita para siempre, y ríe... mas ya no sonríe.

Recuerdo bien que las sugerencias surgidas de esta balada nos condujeron a un curso de pensamientos en el que se hizo manifiesta una opinión de Usher que menciono no tanto por su novedad (pues otros hombres* han pensado así), cuanto por la pertinacia con que la sostenía. Dicha opinión, en su forma general, era la de la sensibilidad de todos los seres vegetales. Mas, en su desordenada fantasía, la idea había adquirido un carácter más audaz y usurpaba, bajo ciertas condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance o el fervoroso abandono de su convicción. La creencia, con todo, se hallaba vinculada (como ya he insinuado) a las piedras grises de la morada de sus antepasados. Las condiciones de dicha sensibilidad se habían cumplido aquí, según se imaginaba, en el método de colocación de estas piedras: en el orden de su disposición, así como en el de los muchos hongos que las cubrían y en el de los árboles carcomidos que se alzaban alrededor; por encima de todo, en la prolongada e inalterada permanencia de esta disposición y en su duplicación en las aguas inmóviles de la laguna. Su prueba —la prueba de esa sensibilidad— se advertía, decía él (y aquí me sobresalté al oírle hablar), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia alrededor de las aguas y de los muros. El resultado se descubría, añadió, en esa silenciosa, pero importuna y terrible influencia que durante siglos había moldeado los destinos de su familia, y que lo había convertido en lo que yo ahora veía... en lo que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no haré ninguno.

Nuestros libros —los libros que durante años habían constituido no escasa parte de la existencia mental del enfermo— estaban, como era de suponer, en rigurosa consonancia con este carácter de fantasmagoría. Estudiábamos juntos obras tales como el Vert-Vert et Chartreuse de Gresset; el Belfegor de Maquiavelo; El cielo y el infierno de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Niels Klim de Holberg; la quiromancia de Robert Fludd, de Jean D’Indagine y de De la Chambre; el Viaje a la lejanía azul de Tieck; y La ciudad del Sol de Campanella. Uno de sus volúmenes predilectos era una pequeña edición en octavo del Directorium Inquisitorum, del dominico Eymerich de Gerona; y había pasajes en Pomponio Mela sobre los antiguos sátiros y egipanes africanos ante los cuales Usher se quedaba soñando durante horas. Su mayor deleite, no obstante, lo hallaba en la lectura de un libro en cuarto gótico sumamente raro y curioso —el manual de una iglesia olvidada—: las Vigiliae Mortuorum secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae.

No pude dejar de pensar en el extraño ritual de esta obra y en su probable influencia sobre el hipocondríaco cuando, una noche, tras haberme informado bruscamente de que lady Madeline ya no existía, manifestó su intención de conservar el cadáver durante quince días (antes de su definitivo entierro) en una de las numerosas bóvedas situadas entre los muros principales del edificio. La razón mundana, empero, asignada a tan singular proceder era de tal índole que no me creí con derecho a discutirla. El hermano había adoptado esta resolución (según me dijo) en consideración al carácter insólito de la dolencia de la difunta, a ciertas indiscretas y apremiantes pesquisas por parte de sus médicos, y a la situación remota y expuesta del cementerio de la familia. No negaré que, al recordar el siniestro semblante de la persona con quien me crucé en la escalera el día de mi llegada a la casa, no experimenté deseo alguno de oponerme a lo que juzgué, a lo sumo, una precaución inofensiva y en modo alguno antinatural.

A petición de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos del sepelio temporal. Una vez colocado el cuerpo en el féretro, nosotros dos solos lo llevamos a su lugar de descanso. La cripta en que lo depositamos (y que llevaba tanto tiempo cerrada que nuestras antorchas, medio asfixiadas en su atmósfera opresiva, apenas nos daban ocasión de examinarla) era pequeña, húmeda y carecía por completo de aberturas que permitiesen la entrada de luz; se hallaba situada a gran profundidad, inmediatamente debajo de aquella parte del edificio donde se encontraba mi propio aposento. Había servido, al parecer, en remotos tiempos feudales, para los peores propósitos de una mazmorra y, en días posteriores, como polvorín o depósito de alguna otra sustancia altamente combustible, pues una parte de su suelo y todo el interior de una larga galería abovedada por la que llegamos a ella estaban cuidadosamente recubiertos de cobre. La puerta, de hierro macizo, había sido protegida de igual modo. Su inmenso peso produjo un chirrido insólitamente agudo al girar sobre sus goznes.

Tras depositar nuestra fúnebre carga sobre unos caballetes en aquella región de horror, apartamos a un lado la tapa aún desatornillada del ataúd y contemplamos el rostro de su ocupante. Un asombroso parecido entre el hermano y la hermana llamó entonces por vez primera mi atención; y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos, murmuró unas pocas palabras de las que supe que la difunta y él habían sido gemelos, y que entre ambos siempre habían existido simpatías de una naturaleza apenas inteligible. Nuestras miradas, con todo, no se detuvieron mucho tiempo en la muerta, pues no podíamos mirarla sin sobrecogimiento. La enfermedad que había sepultado a la dama en la lozanía de su juventud había dejado, como es habitual en todas las afecciones de carácter estrictamente cataléptico, la burla de un débil rubor en el seno y en el rostro, y en los labios esa sonrisa sospechosamente persistente que resulta tan terrible en la muerte. Volvimos a colocar y atornillar la tapa y, tras asegurar la puerta de hierro, regresamos con fatiga a las habitaciones, apenas menos lúgubres, de la parte superior de la casa.

Y entonces, transcurridos unos días de amargo duelo, sobrevino un cambio visible en los rasgos del trastorno mental de mi amigo. Sus modales acostumbrados se habían desvanecido. Sus ocupaciones ordinarias fueron desatendidas u olvidadas. Vagaba de estancia en estancia con paso apresurado, desigual y sin rumbo. La palidez de su semblante había adquirido, de ser posible, un matiz más cadavérico... pero la luminosidad de sus ojos se había apagado por completo. La ronquera que antes empañaba a veces su voz no volvió a oírse, y un temblor vacilante, como de extremo terror, caracterizaba habitualmente sus palabras. En ocasiones, a la verdad, creí que su mente, sin tregua agitada, forcejeaba con algún secreto opresivo para cuya divulgación luchaba por reunir el valor necesario. Otras veces, en cambio, me veía obligado a atribuirlo todo a los meros e inexplicables desvaríos de la locura, pues lo contemplaba absorto en el vacío durante largas horas, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No era de extrañar que su estado me aterrorizara... que me contagiara. Sentía que se deslizaban sobre mí, con paso lento pero seguro, las desatinadas influencias de sus fantásticas, aunque sobrecogedoras, supersticiones.

Fue, en especial, al retirarme a la cama muy entrada la noche del séptimo u octavo día posterior al depósito de lady Madeline en la cripta, cuando experimenté toda la fuerza de tales sentimientos. El sueño no se acercó a mi lecho, mientras las horas menguaban y se consumían. Me esforcé por disipar con la razón el nerviosismo que se había adueñado de mí. Procuré convencerme de que gran parte, si no todo lo que sentía, se debía a la perturbadora influencia del lúgubre mobiliario de la estancia: de los tapices oscuros y desgarrados que, atormentados por el soplo de una tempestad en aumento, oscilaban a intervalos de un lado a otro contra las paredes y crujían con inquietud en torno a los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos fueron vanos. Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo; y al fin se asentó en mi propio corazón el íncubo de una alarma del todo infundada. Sacudiéndomela con un jadeo y una lucha, me incorporé sobre las almohadas y, escudriñando con afán la densa oscuridad de la cámara, escuché —no sé por qué razón, salvo que me impulsaba un espíritu instintivo— ciertos ruidos sordos e indeterminados que llegaban, a través de las pausas de la tormenta, con largos intervalos, sin que supiera de dónde venían. Dominado por un intenso sentimiento de horror, inexplicable mas insufrible, me vestí a toda prisa (pues sentía que ya no dormiría en toda la noche) y traté de salir del lamentable estado en que había caído paseando con presteza de un lado a otro por el aposento.

Apenas había dado unas pocas vueltas de esta suerte cuando un paso ligero en una escalera contigua atrajo mi atención. Enseguida lo reconocí como el de Usher. Un instante después llamó con un suave toque a mi puerta y entró llevando una lámpara. Su semblante estaba, como de costumbre, cadavéricamente pálido; pero había además una especie de hilaridad demencial en sus ojos, una histeria evidentemente contenida en todo su porte. Su aire me espantó, pero cualquier cosa era preferible a la soledad que durante tanto tiempo había soportado, y aun acogí su presencia como un alivio.

—¿Y no lo has visto? —dijo bruscamente, tras haber mirado en torno a sí durante unos momentos en silencio—. ¿No lo has visto, entonces?... ¡Pero espera! Ya lo verás. —Dicho esto, y habiendo protegido con cuidado su lámpara, corrió hacia uno de los ventanales y lo abrió de par en par a la tormenta.

La furia impetuosa de la ráfaga que penetró estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa pero severamente hermosa, y singularmente salvaje en su terror y en su belleza. Al parecer, un torbellino había concentrado su fuerza en nuestra vecindad, pues se producían frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la extrema densidad de las nubes (que colgaban tan bajas que parecían oprimir las torrecillas de la mansión) no nos impedía percibir la vívida velocidad con que corrían en todas direcciones estrellándose unas contra otras, sin perderse en la lejanía. Digo que ni siquiera su extrema densidad nos impedía percibirlo, y sin embargo no vislumbrábamos la luna ni las estrellas, ni brillaba relámpago alguno. Mas las superficies inferiores de aquellas enormes masas de vapor agitado, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban de inmediato, resplandecían a la luz antinatural de una emanación gaseosa, débilmente luminosa y claramente visible, que flotaba sobre la mansión y la amortajaba.

—¡No debes... no has de contemplar esto! —le dije a Usher, estremeciéndome, mientras lo conducía con suave violencia desde la ventana hasta un asiento—. Esas apariciones que te desconciertan son meros fenómenos eléctricos nada infrecuentes... o tal vez tengan su espantoso origen en los fétidos miasmas del estanque. Cerremos esta ventana; el aire es gélido y peligroso para tu complexión. Aquí tienes una de tus novelas predilectas. Yo leeré y tú escucharás; y así pasaremos juntos esta noche terrible.

El antiguo volumen que había tomado era el «Mad Trist» de sir Launcelot Canning; pero lo había llamado uno de los predilectos de Usher más bien por triste chanza que en serio, pues a decir verdad había poco en su tosca y poco imaginativa prolijidad que pudiera despertar el interés de la elevada y espiritual idealidad de mi amigo. Era, no obstante, el único libro a mano de inmediato; y yo abrigaba la vaga esperanza de que la excitación que en esos instantes agitaba al hipocondríaco encontrara alivio (pues la historia de los desórdenes mentales abunda en semejantes anomalías) incluso en el extremo disparate de lo que iba a leerle. A juzgar, en verdad, por el aire de extraviada y tensa vivacidad con que escuchaba, o fingía escuchar, las palabras del relato, bien hubiera podido congratularme del éxito de mi designio.

Fin del Episodio 3 · de 4

La caída de la casa Usher · III

Siguiente Episodio 4~7 minLa caída de la casa Usher · IV“Y sin embargo, no me atrevía... ¡oh, apiádate de mí, mísero y desventurado de mí!... ¡no me atrevía... no me atrevía a hablar!”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.