La caída de la casa Usher·Episodio 02

La caída de la casa Usher · II

~7 min · 1411 palabras

Fue así como habló del objeto de mi visita, de su ferviente deseo de verme y del consuelo que esperaba que yo le proporcionase. Se explayó largamente sobre lo que él concebía que era la naturaleza de su mal. Era, dijo, un mal constitucional y de familia, para el cual desesperaba de hallar remedio; una mera afección nerviosa, añadió de inmediato, que sin duda pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones antinaturales. Algunas de ellas, según las detallaba, me interesaron y desconcertaron; aunque, tal vez, los términos y el modo general de la narración tuvieron su peso. Sufría en gran medida de una morbosa agudeza de los sentidos; solo los alimentos más insípidos le resultaban tolerables; únicamente podía vestir ropas de cierta textura; los olores de todas las flores le eran opresivos; sus ojos se veían torturados incluso por una luz tenue; y no había más que sonidos muy peculiares, y estos de instrumentos de cuerda, que no le inspirasen horror.

Lo encontré esclavo sumiso de una anómala especie de terror. —Pereceré —dijo—; habré de perecer en esta deplorable insensatez. Así, así, y no de otro modo, he de perderme. Temo los acontecimientos del porvenir, no en sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco al pensar en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación de mi alma. En verdad, no siento horror al peligro, salvo en su efecto absoluto: en el terror. En esta condición enervada, en este estado lamentable, siento que tarde o temprano llegará el período en que deberé abandonar la vida y la razón a un tiempo, en alguna lucha con el sombrío fantasma: el MIEDO.

Supe además, a intervalos y a través de insinuaciones inconexas y equívocas, otro rasgo singular de su condición mental. Se hallaba encadenado por ciertas impresiones supersticiosas respecto a la morada que habitaba, y de donde, durante muchos años, jamás se había atrevido a salir; respecto a una influencia cuya supuesta fuerza fue expresada en términos demasiado vagos para repetirse aquí; una influencia que ciertas peculiaridades en la mera forma y sustancia de su mansión solariega habían adquirido sobre su espíritu, decía él, a fuerza de largo padecimiento; un efecto que el aspecto físico de los muros grises y las torrecillas, y del oscuro lago en el cual todos se reflejaban hacia abajo, había causado a la postre sobre la moral de su existencia.

Admitió, no obstante, aunque con vacilación, que gran parte de la peculiar melancolía que de tal modo lo afligía podía atribuirse a un origen más natural y mucho más palpable: a la grave y prolongada enfermedad —más aún, a la disolución a todas luces inminente— de una hermana entrañablemente amada, su única compañera durante largos años, su última y única pariente en la tierra. —Su fallecimiento —dijo con una amargura que jamás podré olvidar— lo dejaría (a él, al desahuciado y frágil) como el último de la antigua estirpe de los Usher. Mientras hablaba, lady Madeline (pues así se llamaba) cruzó lentamente por una zona remota del aposento y, sin haber advertido mi presencia, desapareció. La contemplé con un asombro absoluto no exento de pavor; y sin embargo me resultaba imposible explicar tales sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió mientras mis ojos seguían sus pasos que se alejaban. Cuando, por fin, una puerta se cerró tras ella, mi mirada buscó instintiva y ávidamente el semblante de su hermano; pero él había sepultado el rostro entre las manos, y solo alcancé a percibir que una palidez mucho más que ordinaria se había extendido por los demacrados dedos a través de los cuales goteaban abundantes y apasionadas lágrimas.

La enfermedad de lady Madeline había burlado durante mucho tiempo la pericia de sus médicos. Una apatía constante, un gradual agotamiento físico y frecuentes, aunque transitorios, accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el insólito diagnóstico. Hasta entonces, ella había resistido con firmeza la presión de su mal y no se había postrado definitivamente en cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como su hermano me dijo por la noche con inexpresable agitación) ante el poder anonadante del destructor; y supe que la fugaz visión que había tenido de su persona sería con toda probabilidad la última que obtendría; que la dama, al menos en vida, no volvería a ser vista por mí.

Durante varios días subsiguientes, su nombre no fue mencionado ni por Usher ni por mí; y a lo largo de este período me consagré a empeños sinceros por aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o bien escuchaba, como en un sueño, las desenfrenadas improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me franqueaba con menor reserva la entrada a los recovecos de su espíritu, con mayor amargura percibía la futilidad de todo intento de infundir alegría a una mente de la cual la oscuridad, como si fuera una cualidad positiva inherente, manaba sobre todos los objetos del universo moral y físico, en una incesante irradiación de tinieblas.

Guardaré por siempre el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé de tal suerte a solas con el amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en cualquier empeño de transmitir una idea del carácter exacto de los estudios, o de las ocupaciones, en que me involucraba o me guiaba. Una idealidad exaltada y sumamente desquiciada arrojaba un brillo sulfúreo sobre todo. Sus largos cantos fúnebres improvisados resonarán para siempre en mis oídos. Entre otras cosas, conservo dolorosamente en la memoria cierta singular perversión y amplificación del aire salvaje del último vals de Von Weber. De las pinturas sobre las cuales meditaba su elaborada fantasía, y que crecían, pincelada a pincelada, hasta alcanzar una vaguedad ante la cual me estremecía con un temblor tanto más intenso cuanto que me estremecía sin saber por qué; de estas pinturas (tan vívidas como están ahora sus imágenes ante mí), en vano intentaría extraer más que una pequeña porción que pudiera abarcarse dentro del alcance de las palabras meramente escritas. Por la absoluta sencillez, por la desnudez de sus diseños, subyugaba e intimidaba la atención. Si alguna vez un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí al menos —en las circunstancias que entonces me rodeaban—, brotaba de las puras abstracciones que el hipocondríaco lograba proyectar sobre su lienzo una intensidad de intolerable pavor, de la cual jamás sentí la menor sombra en la contemplación de las ensoñaciones ciertamente brillantes, mas demasiado concretas, de Fuseli.

Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba con tanta rigidez del espíritu de la abstracción, puede esbozarse, si bien débilmente, con palabras. Un pequeño cuadro presentaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo y rectangular, con muros bajos, lisos, blancos y sin interrupción ni adorno alguno. Ciertos puntos accesorios del diseño servían adecuadamente para transmitir la idea de que esta excavación yacía a una profundidad extremada por debajo de la superficie de la tierra. No se observaba salida alguna en ninguna parte de su vasta extensión, y no se divisaba antorcha ni otra fuente artificial de luz; y sin embargo, una inundación de rayos intensos se extendía por doquier, bañándolo todo con un resplandor fantasmal e impropio.

Acabo de hablar de esa condición mórbida del nervio auditivo que volvía intolerable toda música para el enfermo, a excepción de ciertos efectos de los instrumentos de cuerda. Fueron tal vez los estrechos límites a los que de ese modo se confinaba con la guitarra los que originaron, en gran medida, el carácter fantástico de sus interpretaciones. Pero la ferviente facilidad de sus improvisaciones no podía explicarse de tal suerte. Debían de ser, y lo eran, tanto en las notas como en las palabras de sus extravagantes fantasías (pues con no poca frecuencia se acompañaba de improvisaciones verbales rimadas), el resultado de ese intenso recogimiento y concentración mental al que he aludido antes como observable únicamente en momentos particulares de la más alta excitación artificial. Las palabras de una de estas rapsodias las he recordado con facilidad. Quizá me impresionó con mayor fuerza, según él la interpretaba, porque en la corriente profunda o mística de su significado creí percibir, y por vez primera, una plena conciencia por parte de Usher del tambaleo de su excelsa razón sobre su trono. Los versos, que se titulaban «El palacio encantado», rezaban de un modo muy cercano, si no exacto, a esto:

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