La caída de la casa Usher·Episodio 01

La caída de la casa Usher · I

~10 min · 2001 palabras

La caída de la Casa Usher

Son coeur est un luth suspendu; Sitot qu’on le touche il resonne. DE BÉRANGER.

Durante todo un día de otoño, apagado, oscuro y silencioso, en que las nubes colgaban opresivamente bajas en el cielo, crucé a caballo y en solitario una comarca singularmente lúgubre, y al fin me encontré, al aproximarse las sombras del atardecer, ante la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero, al primer vistazo del edificio, invadió mi espíritu una sensación de pesar insoportable. Digo insoportable, pues ningún sentimiento semipleacentero, por lo poético, atemperaba aquella emoción, con la que suele recibir el ánimo aun las más crudas imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Contemplé el cuadro que tenía ante mí —la casa misma y los simples rasgos paisajísticos de la heredad, los muros adustos, las ventanas semejantes a ojos ciegos, algunos juncos marchitos y unos cuantos troncos blancos de árboles decrépitos— con una desolación del alma que no acierto a comparar con ninguna sensación terrenal con mayor justicia que con el despertar de un devoto del opio: la amarga recaída en la vida cotidiana, el atroz descorrerse del velo. Sentí una frialdad, un desfallecimiento, una angustia en el corazón; una desconsolada pesadumbre de pensamiento que ningún acicate de la imaginación conseguía exaltar hasta nada parecido a lo sublime. «¿Qué era —me detuve a cavilar—, qué era lo que tanto me desazonaba al contemplar la Casa Usher?». Era un misterio del todo insoluble, y me resultaba imposible lidiar con las sombrías quimeras que se agolpaban en mí mientras meditaba. Me vi forzado a recurrir a la conclusión poco satisfactoria de que, si bien existen sin duda combinaciones de objetos naturales muy simples dotadas del poder de conmovernos así, el análisis de semejante influjo atañe a consideraciones que escapan a nuestra profundidad. Cabía pensar, reflexioné, que una mera disposición distinta de los pormenores del escenario, de los detalles del cuadro, bastaría para modificar o tal vez aniquilar su capacidad para causar tan aflictiva impresión; y, guiado por esta idea, conduje mi caballo al borde escarpado de una charca negra y tétrica que yacía con brillo inmóvil junto a la mansión, y miré hacia abajo —con un estremecimiento aún más estremecedor que antes— a las reflejadas e invertidas imágenes de los junquillos grises, los espectrales troncos de árboles y las ventanas semejantes a cuencas vacías.

Sin embargo, me proponía permanecer algunas semanas en aquella mansión de zozobra. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis entrañables camaradas de infancia; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Con todo, me había llegado hacía poco, a un remoto confín del país, una carta suya que, por su tono vehementemente apremiante, no consentía otra respuesta que la presencia personal. La caligrafía daba muestras de nerviosa agitación. El remitente hablaba de una aguda dolencia física, de un trastorno mental que lo abrumaba y de un ferviente deseo de verme, como a su mejor y a decir verdad único amigo personal, con miras a procurar, mediante el consuelo de mi compañía, algún alivio a su mal. La manera en que todo esto, y mucho más, estaba expresado —la sincera congoja que parecía acompañar su súplica— no me dejó margen para la vacilación; por ende, acaté sin tardanza lo que no dejaba de considerar un requerimiento harto singular.

Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en verdad poco sabía yo de mi amigo. Su reserva había sido siempre excesiva y habitual. Sabía, empero, que su antiquísima estirpe se había distinguido, desde tiempo inmemorial, por una peculiar sensibilidad de temperamento, desplegada a lo largo de las edades en múltiples obras de arte exaltado y manifestada, en tiempos recientes, en repetidos actos de munífica pero recóndita caridad, así como en una apasionada devoción a las complejidades, acaso más aún que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles, de la ciencia musical. Había sabido también del hecho singularísimo de que el tronco de la estirpe de los Usher, con ser tan venerable, jamás había echado en ningún período una rama duradera; en otras palabras, que la familia entera se perpetuaba en línea recta de descendencia y que siempre, con levísimas y muy transitorias excepciones, así se había mantenido. Fue esta carencia, pensé, mientras cotejaba mentalmente la perfecta avenencia entre el carácter de la propiedad y el renombrado carácter de sus dueños, y mientras especulaba sobre la posible influencia que la una, en el dilatado curso de los siglos, hubiera podido ejercer sobre los otros; fue esta carencia, acaso, de descendencia colateral y la consiguiente e invariable transmisión, de padres a hijos, del patrimonio junto con el nombre, lo que al cabo había identificado tanto a ambos hasta fundir el título original de la posesión en la extraña y equívoca denominación de «Casa Usher», apelativo que parecía abarcar, en la mente de los campesinos que lo usaban, tanto a la familia como a la mansión solariega.

He dicho que el único efecto de mi experimento harto infantil —el de mirar en el fondo de la charca— había sido el de profundizar la primera y singular impresión. No cabe duda de que la certidumbre del rápido aumento de mi superstición —¿pues por qué no llamarla así?— sirvió principalmente para acelerar dicho aumento. Tal es, de antiguo lo sé, la paradójica ley de todos los sentimientos que se fundan en el terror. Y tal vez por esta sola razón, cuando volví a levantar los ojos hacia la casa misma, apartándolos de su reflejo en el agua, brotó en mi mente una extraña fantasía; una fantasía tan ridícula, a decir verdad, que solo la menciono para mostrar la viva fuerza de las sensaciones que me oprimían. De tal modo había excitado mi imaginación que llegué a creer que en torno a toda la mansión y sus tierras flotaba una atmósfera que les era propia y privativa de sus inmediaciones: una atmósfera sin afinidad alguna con el aire del cielo, exhalada de los árboles podridos, del muro gris y de la laguna silenciosa; un vapor pestilente y místico, pesado, perezoso, apenas perceptible y de tonalidad plomiza.

Sacudiéndome del espíritu lo que no podía ser sino una ensoñación, escudriñé con mayor detenimiento el aspecto real del edificio. Su rasgo primordial parecía ser el de una extremada antigüedad. Grande había sido la decoloración provocada por los siglos. Diminutos hongos cubrían por entero el exterior, suspendidos de los aleros en una fina y enmarañada telaraña. Mas todo ello distaba de constituir un deterioro extraordinario. Ninguna parte de la fábrica de mampostería se había desmoronado, y se advertía una extraña incongruencia entre la compostura intacta de sus partes y el estado ruinoso de cada una de las piedras. Había en esto mucho que me recordaba la engañosa integridad de las maderas añosas que se pudren durante luengos años en alguna cripta olvidada, al abrigo del soplo del aire exterior. Salvo por este indicio de vasta decadencia, empero, el edificio apenas daba muestras de inestabilidad. Acaso el ojo de un observador minucioso habría descubierto una fisura apenas perceptible que, partiendo del tejado de la fachada, descendía por el muro en zigzag hasta perderse en las aguas tétricas de la charca.

Observando estas cosas, cabalgué por una corta calzada hacia la casa. Un criado que aguardaba tomó mi caballo, y entré bajo la arcada gótica del vestíbulo. Un lacayo de pasos sigilosos me condujo desde allí, en silencio, a través de muchos corredores oscuros e intrincados, en mi trayecto hacia el estudio de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé de qué modo, a avivar los vagos sentimientos de que ya he hablado. Mientras que los objetos a mi alrededor —los artesonados de los techos, los sombríos tapices de los muros, la negrura de ébano de los suelos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que resonaban a mi paso— no eran más que cosas a las que, o a semejantes a las cuales, me había acostumbrado desde la infancia; mientras que no vacilaba en reconocer cuán familiar me resultaba todo aquello, aún me asombraba comprobar cuán insólitas eran las fantasías que imágenes tan ordinarias suscitaban en mí. En una de las escaleras me encontré con el médico de la familia. Su semblante, según creí, mostraba una mezcla de baja astucia y perplejidad. Me saludó con turbación y siguió adelante. El lacayo abrió entonces una puerta y me introdujo en presencia de su amo.

La estancia en que me hallaba era muy amplia y alta. Las ventanas eran largas, estrechas y ojivales, y se abrían a una distancia tan enorme del negro suelo de roble que resultaban del todo inaccesibles desde el interior. Débiles reflejos de luz encarnada se abrían paso a través de los cristales enrejados y bastaban para hacer suficientemente reconocibles los objetos más prominentes en derredor; la vista, sin embargo, pugnaba en vano por alcanzar los ángulos más remotos del aposento o los recovecos del techo abovedado y artesonado. Oscuros cortinajes colgaban de las paredes. El mobiliario general era profuso, incómodo, antiguo y desvencijado. Muchos libros e instrumentos musicales yacían dispersos por doquier, pero sin lograr conferir la menor vitalidad a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de desolación austera, profunda e irremediable lo envolvía e impregnaba todo.

A mi entrada, Usher se levantó de un sofá en el que yacía cuan largo era y me saludó con una vivaz efusión que tenía mucho, pensé en un principio, de cordialidad exagerada, del esfuerzo forzado del hombre de mundo ennuyé. No obstante, una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos; y durante unos momentos, mientras él guardaba silencio, lo contemplé con un sentimiento a medias de piedad y a medias de sobrecogimiento. ¡A buen seguro nadie había cambiado jamás de manera tan terrible, en un periodo tan breve, como Roderick Usher! Me costaba trabajo admitir la identidad del ser que tenía ante mí con el compañero de mi temprana niñez. Con todo, el carácter de su rostro había sido en todo tiempo notable. Una tez de cadavérica palidez; unos ojos grandes, líquidos y luminosos sin comparación; unos labios un tanto delgados y muy pálidos, pero de una curva incomparablemente bella; una nariz de delicado molde hebraico, pero con una anchura de aletas poco común en tales formas; una barbilla finamente modelada cuya falta de relieve delataba una falta de energía moral; cabellos de una suavidad y tenuidad superiores a las de la telaraña; estos rasgos, sumados a un desarrollo desmedido por encima de las sienes, componían en conjunto una fisonomía nada fácil de olvidar. Y ahora, en la mera exageración del carácter dominante de estos rasgos y de la expresión que solían reflejar, había tanto cambio que dudaba de con quién hablaba. La lividez ahora espectral de la piel y el brillo ahora milagroso de los ojos, por encima de todo, me sobresaltaban y aun me atemorizaban. Sus cabellos sedosos, además, habían crecido en total abandono, y como en su salvaje textura de telaraña flotaban más bien que caían en torno a su rostro, no lograba, ni aun esforzándome, conectar su arabesca expresión con idea alguna de simple humanidad.

En los modales de mi amigo me chocó al instante una incoherencia, una inconsistencia; y pronto descubrí que provenía de una serie de débiles y fútiles esfuerzos por sobreponerse a un habitual azoramiento, a una agitación nerviosa excesiva. En verdad me hallaba preparado para algo de esta índole, no menos por su carta que por las reminiscencias de ciertos rasgos infantiles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y temperamento. Sus acciones eran alternativamente vivaces y hoscas. Su voz variaba con rapidez de una indecisión trémula (cuando los espíritus vitales parecían sumidos en el letargo) a esa especie de enérgica concisión —a esa articulación brusca, pesada, pausada y cavernosa—, a esa emisión gutural, plúmbea, mesurada y de modulación perfecta que puede observarse en el borracho empedernido o en el irredimible comedor de opio durante los periodos de su más intensa excitación.

Fin del Episodio 1 · de 4

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