La caída de la casa Usher·Episodio 04

La caída de la casa Usher · IV

~7 min · 1475 palabras

Había llegado a esa bien conocida parte de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist, habiendo solicitado en vano una entrada pacífica en la morada del ermitaño, procede a forzar el paso. Aquí, según se recordará, las palabras de la narración rezan así:

«Y Ethelred, que era por naturaleza de esforzado corazón y sentíase a la sazón muy pujante a causa de la fuerza del vino que bebiera, no aguardó más tiempo a parlamentar con el ermitaño, el cual, a decir verdad, era de condición obstinada y malévola; mas, sintiendo la lluvia sobre sus espaldas y temiendo el estallido de la tempestad, levantó resueltamente su maza y, a golpes, abrió presto espacio entre los tablones de la puerta para su mano enfundada en el guantelete; y tirando luego de allí con reciedumbre, de tal modo quebró, desgarró y hendiólo todo en pedazos, que el estrépito de la madera seca y de hueco resonar alarmó y reverberó por todo el bosque».

Al término de esta frase me estremecí y, por un instante, me detuve; pues me pareció (aunque al punto deduje que mi excitada fantasía me había engañado) —me pareció que, desde algún punto muy remoto de la mansión, llegaba confusamente a mis oídos lo que bien pudiera haber sido, en la exacta semejanza de su carácter, el eco (si bien sordo y amortiguado, por cierto) del mismísimo crujido y desgarrón que sir Launcelot había descrito de manera tan minuciosa. Fue, sin duda alguna, solo la coincidencia lo que había atraído mi atención; pues, entre el traqueteo de los bastidores de las ventanas y los habituales y confusos ruidos de la tempestad, que no cesaba de arreciar, el sonido en sí nada tenía, ciertamente, que debiera haberme interesado o turbado. Continué el relato:

«Mas el buen campeón Ethelred, entrando ya por la puerta, quedó en extremo enfurecido y atónito de no percibir señal alguna del malévolo ermitaño; antes bien, en su lugar, vio a un dragón de escamosa y portentosa catadura, y de ígnea lengua, que montaba guardia ante un palacio de oro con suelo de plata; y de la pared colgaba un escudo de resplandeciente latón, en el que estaba escrita esta leyenda:—

Quien entrare aquí, vencedor habrá sido; quien matare al dragón, ganará el escudo;

y alzó Ethelred su maza, y descargóla sobre la cabeza del dragón, que cayó ante él y exhaló su pestífero aliento con un chillido tan hórrido y bronco, y a la par tan penetrante, que Ethelred hubo de taparse los oídos con las manos contra aquel espantoso estrépito, tal como jamás antes se oyera».

Aquí volví a detenerme de golpe, y ahora con un sentimiento de salvaje asombro; pues no cabía la menor duda de que, en esta ocasión, oía en verdad (aunque de qué dirección procedía me resultaba imposible decirlo) un sonido sordo y al parecer distante, pero áspero, prolongado y de lo más insólito, semejante a un chillido o rechinar: la exacta contrapartida de lo que mi fantasía ya había conjurado para el alarido antinatural del dragón, tal como lo describiera el novelador.

Abrumado como sin duda estaba, ante la aparición de esta segunda y extraordinarísima coincidencia, por mil sensaciones encontradas en las que predominaban el asombro y un terror extremo, aún conservé la suficiente serenidad para evitar excitar, con cualquier observación, el sensible nerviosismo de mi compañero. De ningún modo estaba seguro de que hubiese notado los sonidos en cuestión, si bien, con certeza, una extraña alteración se había producido, durante los últimos minutos, en su porte. De una posición frente a la mía, había ido girando poco a poco su silla, de modo que quedaba sentado de cara a la puerta de la estancia; y así, solo en parte podía yo distinguir sus facciones, aunque vi que sus labios temblaban como si murmurase de manera inaudible. Se le había caído la cabeza sobre el pecho; no obstante, supe que no estaba dormido por la amplia y rígida apertura de su ojo, que alcancé a vislumbrar de perfil. El movimiento de su cuerpo, asimismo, contradecía tal idea, pues se mecía de lado a lado con una suave, pero constante y uniforme oscilación. Habiendo advertido todo esto con rapidez, reanudé la narración de sir Launcelot, que continuaba de este modo:

«Y ahora el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del dragón, acordándose del escudo de latón y del quebrantamiento del encantamiento que sobre él pesaba, apartó el cadáver de su camino y avanzó valerosamente por el pavimento de plata del castillo hacia donde el escudo pendía del muro; el cual, a decir verdad, no aguardó a que él llegara del todo, sino que cayó a sus pies sobre el suelo de plata con un sonido metálico formidable, grandioso y terrible».

No bien hubieron escapado estas sílabas de mis labios cuando —como si un escudo de latón hubiese caído de veras, en ese instante, pesadamente sobre un piso de plata— percibí una reverberación clara, hueca, metálica y clamorosa, si bien en apariencia amortiguada. Completamente desquiciado, me puse en pie de un salto; pero el acompasado balanceo de Usher no se alteró. Corrí hacia el sillón donde estaba sentado. Tenía los ojos clavados fijamente hacia adelante y en todo su semblante reinaba una rigidez de piedra. Mas, al posar mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió toda su persona; una sonrisa enfermiza tembló en sus labios, y vi que hablaba en un murmullo bajo, apresurado e incoherente, como si no tuviese conciencia de mi presencia. Inclinándome muy cerca de él, bebí al fin el horrendo significado de sus palabras.

—¿No oírlo?... ¡Sí, lo oigo, y lo he oído! Mucho... mucho... mucho tiempo... ¡muchos minutos, muchas horas, muchos días hace que lo oigo!... Y sin embargo, no me atrevía... ¡oh, apiádate de mí, mísero y desventurado de mí!... ¡no me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La hemos puesto viva en la tumba! ¿No te dije que mis sentidos eran agudos? Ahora te digo que oí sus primeros y débiles movimientos en el hueco ataúd. Los oí... hace muchos, muchos días... ¡y sin embargo, no me atrevía... no me atrevía a hablar! Y ahora... esta noche... ¡Ethelred... ja, ja!... ¡el forzamiento de la puerta del ermitaño, y el alarido de muerte del dragón, y el estrépito del escudo!... ¡Di más bien el desgarrarse de su ataúd, y el rechinar de los goznes de hierro de su prisión, y sus forcejeos en la arcada revestida de cobre de la cripta! ¡Oh, adónde huiré! ¿No estará aquí en un instante? ¿No se apresura a recriminarme mi premura? ¿Acaso no he oído sus pasos en la escalera? ¿No distingo el pesado y horrible latir de su corazón? ¡Insensato! —aquí se puso en pie de un salto con furia y profirió sus palabras en un alarido, como si en ese esfuerzo entregara el alma—: ¡Insensato! ¡Te digo que ahora está del otro lado de la puerta!

Como si en la energía sobrehumana de sus palabras hubiese residido la potencia de un conjuro, los enormes y antiguos paneles que el orador señalaba abrieron lentamente hacia atrás, al instante, sus pesadas mandíbulas de ébano. Era obra de la ráfaga desencadenada; pero entonces, del otro lado de aquellas puertas, se erguía EN VERDAD la alta y amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre en sus blancas vestiduras, y la evidencia de una encarnizada lucha en cada parte de su demacrado cuerpo. Durante un momento permaneció temblorosa, balanceándose de un lado a otro sobre el umbral; luego, con un débil y lastimero gemido, cayó pesadamente hacia adentro sobre la persona de su hermano, y en su violenta y ya postrera agonía, lo arrastró al suelo convertido en cadáver, y en víctima de los terrores que había anticipado.

De aquella estancia, y de aquella mansión, huí despavorido. La tormenta aún se desataba con toda su furia cuando me encontré cruzando la vieja calzada. De pronto se proyectó a lo largo del sendero una extraña luz, y me volví para ver de dónde podía provenir tan insólito resplandor, pues a mis espaldas solo quedaban la vasta casa y sus sombras. El resplandor procedía de la luna llena, poniente y de color rojo sangre, que brillaba ahora vivamente a través de aquella fisura, en otro tiempo apenas perceptible, de la que antes hablé diciendo que se extendía en zigzag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la fisura se ensanchó con rapidez—llegó un fiero soplo del torbellino—el orbe entero del satélite irrumpió de golpe ante mis ojos—mi cerebro vaciló al ver desplomarse en pedazos los imponentes muros—hubo un prolongado y tumultuoso clamor como la voz de mil aguas—y el hondo y húmedo estanque a mis pies se cerró hosca y silenciosamente sobre los fragmentos de la «Casa Usher».

* Watson, el doctor Percival, Spallanzani y especialmente el obispo de Landaff.

Fin del Episodio 4 · de 4

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