La botica de los tres deseos·Episodio 03

El hervor de la medianoche fluvial

~4 min · 820 palabras

La medianoche cayó sobre Puente Viejo sin más ruido que el del Oreb pasando con fuerza bajo las vigas del puente. En la trastienda de la botica, el gran alambique de cobre brillaba con un tono granate sobre las ascuas de roble y peral. Gabriel sostenía el tubo refrigerador de estaño y vigilaba, con los ojos entrecerrados, que el agua fría del río que corría por la camisa exterior no se calentara antes de condensar la esencia.

Tenía las manos salpicadas de resina y ceniza, y una tira de lienzo atada a la frente para que el sudor del vapor no le nublara la vista. A su lado, Jacinta añadía gotas de esencia de tomillo blanco —el que Beatriz Valls había mandado desde Altasierra a galope tendido, una hora antes de que cerraran los caminos— con una pipeta de cristal soplado tan precisa como cualquier aparato de la universidad.

—Gota a gota, Gabriel —susurró ella, rozando su hombro desnudo con el brazo en medio de la penumbra—. Si te apresuras con la espita, el tomillo enturbia la solución y precipita los taninos.

—Llevo cuatro horas sosteniendo este tubo sin mover un músculo, Jacinta —contestó él, con la voz cansada—. Mis distinguidos colegas del claustro se desmayarían si vieran al fiscal del tribunal de licencias oliendo a alcohol de quemar, ceniza y menta en una cabaña sobre el río.

◇

Jacinta sonrió en la penumbra tibia. Se sentó en el escalón de madera de castaño junto a la tobera del hogar y le tendió un paño de lino empapado en vinagre de manzana aromático para refrescarle la nuca ardiente.

—Destilar una infusión a fuego lento enseña a escuchar los silencios de quien sostiene el frasco —dijo ella, mirando cómo las ascuas le doraban el perfil.

Gabriel cerró los ojos un largo minuto, agradeciendo el frescor del paño. Toda su juventud en la capital había sido una sucesión de oposiciones, exámenes de latín médico, informes sellados y pasillos de mármol donde la verdad dependía del capricho de un decano o de la bolsa de un marqués. Aquí, sobre unos tablones que temblaban con el Oreb, la medicina era otra cosa: quedarse despierto hasta saber si alguien vivía.

—En la capital nunca vi a un catedrático de medicina quedarse en vela toda la noche para ver si un niño de carpintero sudaba la fiebre —confesó él en voz muy baja, casi inaudible—. Firmaban la receta con pluma de oro, cobraban sus diez reales de plata y se marchaban en su calesín acolchado antes de que amaneciera, sin importarles si la botica tenía o no las plantas necesarias.

—Por eso tus libros estaban tan limpios y tus ojos tan cansados cuando cruzaste mi puerta esta mañana, Gabriel. Porque sabías en el fondo que a tu ciencia le faltaba alma.

—Le faltaba esto —dijo él, volviendo la cabeza hacia ella. Sus miradas se cruzaron a pocas pulgadas—. Le faltaba ver a alguien que pelea por su gente sin pedirle permiso a ningún tribunal.

La condensación empañaba los cristales y convertía el taller en un invernadero suspendido entre el río y las estrellas. Cada quince minutos, Gabriel vaciaba el agua tibia del serpentín y la reponía con agua helada que Jacinta subía del cauce con un cubo atado a una polea. Aquel trabajo de manos, sin prisa pero sin tregua, fue tejiendo entre los dos una intimidad callada, mientras las brasas se comían las últimas astillas de leña. Cuando se acabaron, Gabriel arrancó sin pedir permiso dos tablas del cajón de sus expedientes y las echó al fuego. Jacinta lo miró y no dijo nada; él tampoco.

En un rincón de la mesa, sobre un paño verde, esperaban doce frascos de cristal ámbar que Gabriel esterilizó al vapor uno por uno, con una pulcritud de notario. Cada vez que sus miradas se cruzaban a través de la neblina, a los dos se les escapaba la misma sonrisa cansada.

El serpentín dejó caer la última gota en la gran damajuana de cristal verde. El jarabe estaba listo: ambarino, transparente, con olor a prado mojado. Gabriel lo miró a contraluz como quien examina un documento sospechoso, y no le encontró ni una falta.

Jacinta apoyó la palma sobre los dedos de Gabriel, que aún sostenían la espita. Ninguno de los dos la retiró. Afuera, la campana de Altasierra dio las tres; la noche más corta del año empezaba a clarear.

—Ahora descanse un poco, inspector —dijo ella, sin disimular ya la ternura—. Échese en ese banco, que yo vigilo la espita. Mañana el valle entero nos va a pedir cuentas de este milagro, y no quiero que lo vean con esa cara.

No le dio tiempo. Antes de que Gabriel encontrara postura en el banco, la puerta se abrió de golpe y Tomás asomó sin resuello, con la cara blanca.

—Señorita Jacinta, el pequeño de los Ferrer no suda —dijo—. Y ya no tiembla. Está frío.

Fin del Episodio 3 · de 4

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