La botica de los tres deseos·Episodio 02

Polvo de manzanilla y pliegos sellados

~4 min · 861 palabras

A las tres de la tarde, la gran mesa de nogal de la botica parecía un campo de batalla entre dos concepciones irreconciliables del mundo. Gabriel había desplegado sobre el tapete veintiséis pliegos de papel timbrado de la corona, tres tinteros de cuerno con tintas de distintos colores y una regla de latón graduada con la que comprobaba que las notas manuscritas de Jacinta estuvieran tabuladas según el sistema métrico decimal de la cancillería.

Jacinta, por su parte, tenía esparcidas tres docenas de manojos de corteza de sauce blanco recién pelada, frascos de vinagre de manzana añejo y una montaña aromática de manzanilla seca cuya flor amarilla desprendía un polvillo dorado que flotaba en el aire y caía sin piedad sobre las pulcras actas notariales del auditor.

—Esta anotación del quince de mayo es jurídicamente inadmisible —señaló Gabriel con la punta metálica de su pluma de ganso—. Dice textualmente: «Tres puñados de raíz de valeriana hervidos hasta que el agua cante como un grillo al sereno». ¿Qué clase de parámetro científico cuantificable es «hasta que el agua cante como un grillo»?

—Es el parámetro exacto en que el vapor no quema los aceites volátiles de la raíz, señor Noguera —contestó Jacinta sin pestañear, machacando bayas negras de saúco en un mortero de jaspe verde con golpes regulares—. Si la hierves a borbotones acelerados como mandan sus manuales de la corte, la medicina huele a podrido, irrita el estómago y duerme al paciente tres días seguidos sin bajarle una sola línea de fiebre.

◇

Gabriel frunció los labios con severidad, pero no pudo evitar deslizar la vista hacia la columna derecha del cuaderno forrado en piel de becerro. En ella figuraban anotados con letra clara los nombres de los vecinos tratados durante los últimos cinco años: pescadores de anguilas, labradores de centeno, tejedoras de lino, niños de la escuela parroquial. Ni una sola defunción registrada por fiebres estivales. Ni una sola complicación de gangrena en las heridas de siega que en los hospitales de la capital acababan invariablemente bajo la sierra del cirujano.

—El orden de sus expedientes es admirable, señor auditor, pero la vida del valle no cabe entre dos carpetas de cartón —dijo Jacinta, acercándose con una jícara de barro y ofreciéndole una cuchara de madera de boj para que probara el concentrado tibio de menta y miel.

Gabriel aceptó la cuchara casi sin pensarlo. El sabor, fresco y muy herbáceo, le estalló en el paladar con una limpieza que nunca había encontrado en los frascos importados de Francia que el rectorado de medicina guardaba bajo llave. Miró a Jacinta; ella sonreía con la seguridad de quien sabe que las plantas tienen leyes que ningún leguleyo de despacho va a entender nunca.

En ese preciso instante, la puerta de la botica se abrió de par en par con un golpe seco. Tomás, el muchacho de los recados del molino de Elena Morán, entró tambaleándose, con la camisa de lienzo empapada en sudor frío y la respiración rota por la carrera.

—¡Señorita Jacinta! —gritó el chiquillo, agarrándose con manos temblorosas al borde del mostrador—. En el barrio de las Tenerías hay seis familias ardiendo con la fiebre del pantano. Mi madre dice que el pozo bajo se ha corrompido con el calor del mediodía y dos niños están delirando en las camas.

Jacinta no hizo preguntas vanas. Dejó caer el mortero de jaspe sobre la mesa, se anudó un pañuelo de lino a la cabeza y miró fijamente a Gabriel a los ojos.

—Señor auditor, puede usted quedarse aquí vigilando que sus sellos de cera no cojan polvo, o puede quitarse la levita de paño fino y ayudarme a cargar cuarenta libras de corteza de sauce y flor de árnica hasta el gran caldero de cobre. Usted decide de qué lado de la historia quiere estar esta tarde.

Gabriel se quedó inmóvil tres segundos. Luego, con una calma metódica que sorprendió a la propia Jacinta, desabrochó los botones de hueso de la levita, la dobló con esmero sobre el respaldo de la silla y se arremangó la camisa hasta los codos.

Mientras Jacinta preparaba las sacas de cáñamo con las hojas de salvia y las flores de saúco, Gabriel se acercó al gran herbario encuadernado en vitela que descansaba sobre el facistol. Pasó las hojas con cuidado: cada planta estaba dibujada a pluma con tintas de corteza y pigmentos de arcilla, y llevaba anotada la hora de recolección según la luna y el suelo donde crecía con más fuerza. Por primera vez en diez años de carrera, el inspector sospechó que en aquel herbario había más ciencia que en toda la biblioteca de su colegio.

—Dígame qué mazo tengo que usar para triturar la corteza, señorita Durán. Y no vuelva a llamarme auditor mientras haya pacientes esperando un remedio en este río.

Jacinta le tendió el mazo de boj. Luego garabateó una nota y se la dio a Tomás con una moneda: «A Beatriz Valls, en Altasierra. Tomillo blanco, todo el que tengas». Eran cuatro horas de camino de ida, y sin esa esencia el jarabe que iban a destilar esa noche no le bajaría la fiebre a nadie.

Fin del Episodio 2 · de 4

Polvo de manzanilla y pliegos sellados

Siguiente Episodio 3~4 minEl hervor de la medianoche fluvial“Destilar una infusión a fuego lento enseña a escuchar los silencios de quien sostiene el frasco.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.