El precinto sobre el alambique
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El agua del río Oreb rompía en espuma clara contra los tres tajamares de Puente Viejo y hacía vibrar los pilares de roble negro sobre los que se asentaba el taller volante de la Botica de los Tres Deseos, llamada así por los tres que la abuela de Jacinta había pintado sobre la puerta y que ya nadie en el puente sabía leer, porque la lluvia se había llevado la pintura. En el obrador suspendido sobre la corriente, donde las rendijas del suelo dejaban ver pasar el agua, el aire olía a menta recién segada, a flores de saúco secándose sobre bastidores de caña y al vapor del gran alambique de cobre que Jacinta Durán alimentaba con astillas de peral.
Jacinta retiró el vaso de destilación con una pinza de madera de olivo torneada, comprobando la transparencia del licor de manzanilla silvestre a contraluz frente al sol de la mañana. A través de la vidriera emplomada de tonos verdosos, vio descender por la calzada empedrada de la ribera al carruaje negro de la cancillería médica provincial. Del pescante descendió un hombre joven con levita de paño negro abotonada con rigor militar hasta la nuez, guantes de cabritilla gris perla y una carpeta de cuero repujado bajo el brazo que sostenía como si fuera un escudo de armas contra el mundo campesino.
—Gabriel Noguera, inspector de primera clase del Real Colegio de Fisiología —murmuró Jacinta para sí, reconociendo el gran sello de cera encarnada grabado en la piel de la carpeta—. Vienen puntuales como los gusanos a la fruta madura cuando el verano calienta los caminos.
Cuando el inspector empujó la campanilla de latón de la entrada haciéndola tintinear con un repique insistente, Jacinta ni siquiera se giró en su taburete. Siguió vertiendo el jarabe caliente en pequeños frascos de vidrio verde soplado a mano, dejando que el aroma espeso a miel silvestre, azahar y corteza de sauce inundara el recibidor de la botica.
—Señorita Jacinta Durán —dijo Gabriel, quitándose el sombrero de ala corta con un movimiento seco y ensayado y posando la pesada carpeta sobre el mostrador de nogal aceitado—. Traigo la provisión decimocuarta de la Cancillería de Sanidad del Virreinato. Esta botica de ribera carece de licencia metropolitana de farmacia y utiliza un alambique fluvial de tiro continuo no homologado por los peritos del gremio de la corte. Tengo orden judicial de precintar la tobera del serpentín y levantar acta de decomiso de las materias primas.
Jacinta dejó el frasco sobre la balanza de cruz y se dio la vuelta con deliberada lentitud. Llevaba una falda de lino teñida con flores de caléndula, un chaleco de terciopelo bordado con hojas de gordolobo y las mangas arremangadas por encima de los codos, y unos brazos pecosos que no temían a las salpicaduras de aceite hirviendo.
—Tome asiento en ese taburete de anea, señor inspector —dijo ella, señalando el rincón junto a la ventana—. Y beba este sorbo de infusión de raíz de genciana y menta antes de gastar más saliva en artículos y decretos que nadie en este puente ha necesitado leer jamás para no morirse.
Gabriel miró el cuenco de barro cocido con evidente desconfianza metropolitana, pero el viaje de tres jornadas en diligencia por caminos de polvo y calor le había dejado la garganta tan seca y áspera como un hueso de carnero al sol. Dio un sorbo precavido; el amargor penetrante y salvaje le arrancó una mueca involuntaria de desagrado, seguida casi de inmediato por un frescor balsámico y limpio que le despejó la pesadez de las sienes y el cansancio de los ojos de golpe.
—Es una preparación completamente irregular —dijo él, carraspeando para recuperar su compostura académica de letrado—. No figura en la farmacopea oficial ni guarda las proporciones de los códices de la universidad.
—Una ley escrita en la capital nunca ha curado una tos de invierno ni ha entendido el milagro de una hoja macerada en rocío, señor Noguera. Si precinta ese alambique de cobre, cuarenta niños de la ribera pasarán las fiebres de verano con trapos húmedos en la frente porque los médicos ilustres de su colegio no se dignan a cruzar los pasos de montaña hasta que pasa la vendimia de octubre.
Gabriel sostuvo la mirada de la boticaria. Estaba acostumbrado a boticarios ancianos de ciudad que hacían reverencias ante sus sellos de lacre, no a una mujer joven que le servía tisanas amargas mientras defendía sus calderas de cobre como quien defiende un pozo en tiempo de sequía.
—La ley civil no admite excepciones sentimentales, señorita Durán. El orden público descansa en la regularidad de los títulos.
—Pues entonces prepárese para pasar la noche aquí, señor auditor. Porque este alambique no se apaga mientras haya fiebre en el valle, y la única cama disponible en dos leguas a la redonda está justo encima de esta caldera humeante.
Gabriel no llegó a contestar. Bajo el puente, la corriente arrastraba algo que no debía estar ahí en pleno verano: espuma parda, espesa, con un olor dulzón a agua estancada. Jacinta la miró pasar por las rendijas del suelo y se le quitaron las ganas de discutir. La última vez que el Oreb había bajado así, el barrio de las Tenerías había enterrado a cuatro niños.
Fin del Episodio 1 · de 4
El precinto sobre el alambique
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