La botica de los tres deseos·Episodio 04

El jarabe del solsticio

~4 min · 828 palabras

El amanecer del solsticio de verano tiñó el Oreb de un oro rosado. A las ocho, el párroco don Anselmo bajó desde la colina con la noticia que el vecindario esperaba: la fiebre había remitido en las Tenerías, también en el pequeño de los Ferrer, al que Jacinta y Gabriel habían velado desde las tres hasta que rompió a sudar, y no quedaba un solo vecino encamado en todo el término.

En el mostrador de nogal de la botica, Gabriel terminaba de redactar su pliego oficial con su mejor pluma de ganso cortada en bisel fino. Ya no utilizaba la tinta negra y fúnebre de las actas de decomiso y los embargos fiscales, sino la tinta carmesí brillante reservada a los decretos extraordinarios de salvaguarda del patrimonio comunal.

—«Certifico en mi calidad de auditor mayor que la Botica de los Tres Deseos de Puente Viejo constituye una estación médica de primera necesidad pública, amparada por los fueros comunales del Oreb y exenta de toda intervención fiscal o precinto metropolitano» —leyó Gabriel en voz alta, y aplicó el gran sello de cera encarnada.

◇

Jacinta salió de la trastienda trayendo una canasta de mimbre colmada de pan de centeno recién horneado —un envío fraterno que Elena Morán y Mateo Ruesta habían remitido esa misma alborada desde Molino Claro a bordo de la gabarra fluvial de Lucía Ribes— y dos tazones humeantes de té blanco con azahar.

—Ha redactado usted una herejía jurídica de proporciones imperiales, señor inspector —dijo ella, dejando la canasta sobre los pliegos ya secos.

—He redactado la única verdad que no me avergonzará firmar cuando mire hacia atrás dentro de veinte años, Jacinta —contestó Gabriel, dejando la pluma sobre el secante y alzando la vista con una serenidad que jamás había conocido en las salas del tribunal.

Gabriel recogió sus botes de tinta y guardó su sello de armas en el estuche forrado de terciopelo. Dejó fuera, sin embargo, el acta de precinto que había traído de la capital, con su firma y el sello ya puestos, y la echó al hogar sin volver a leerla. Luego caminó despacio hacia la puerta abierta, donde la brisa del río mecía las ramas de los sauces que bordeaban el canal.

—La diligencia de la capital sale dentro de dos horas de la posada alta del camino real —dijo él, deteniéndose junto al umbral de piedra gastada.

Jacinta se acercó despacio, colocándole en la solapa de su levita negra un ramillete diminuto de hojas de menta fresca y una flor de manzanilla silvestre que desprendía un perfume dulce.

—La diligencia lleva a hombres que tienen prisa por encerrarse entre legajos polvorientos y ambiciones secas, Gabriel. Pero en esta botica hay un alambique de cobre que necesita un perito meticuloso que sepa medir los silencios de la noche, y una casa sobre el río que tiene espacio de sobra para dos.

Gabriel la miró a los ojos y tomó la mano de Jacinta entre las suyas.

—No hay medicina más certera que la certeza de que alguien cuidará de tu vigilia cuando caiga la noche.

—Entonces quédese a cenar, señor auditor. Que el pan de Elena todavía está caliente, el río tiene historias que aún no le he contado y la cama de encima de la caldera, ya lo sabe, sigue siendo la única libre en dos leguas a la redonda.

Hacia el mediodía, los vecinos de Puente Viejo empezaron a desfilar por la botica con canastas de huevos, truchas ahumadas en leña de aliso y tarros de manteca de cabra. La madre del pequeño Ferrer no trajo nada: se quedó en la puerta con el niño en brazos, ya sonrosado, sin atreverse a entrar, hasta que Jacinta salió a buscarla. El alcalde de la villa, que dos días antes había firmado la orden de desahucio a instancias de los procuradores reales, se presentó en el mostrador con el sombrero en la mano para pedir perdón y entregar a Jacinta la cédula que declaraba la botica libre de todo impuesto municipal durante siete años.

Antes de que cayera la tarde, Gabriel acompañó a Jacinta al huerto colgante del puente a cortar las primeras hojas de menta de la temporada. Se arrodilló entre las matas sin importarle mancharse de tierra negra los pantalones de paño fino y aprendió a cortar los tallos como ella le enseñaba, a dos dedos del nudo. Se cortó una vez con la hoz pequeña, y Jacinta le vendó el dedo con una tira de lino y le dijo que ya tenía su primera herida de oficio.

Al anochecer pidió una escalera, un bote de pintura y el pincel más fino de la botica, y repasó letra a letra la inscripción que la lluvia había borrado sobre la puerta, la que daba nombre a la casa. Jacinta se la dictó de memoria desde abajo: Agua limpia para el que tiene sed. Alguien que vele al que tiene fiebre. Y que nadie, nunca, se cure solo.

Fin del Episodio 4 · de 4

El jarabe del solsticio

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