Jane Eyre·Episodio 09

Capítulo IV · III

~8 min · 1501 palabras

—¿Que cómo me atrevo, señora Reed? ¿Cómo me atrevo? ¡Porque es la verdad! Cree usted que no tengo sentimientos y que puedo pasarme sin un ápice de cariño ni de afecto; pero no puedo vivir así: y usted no tiene compasión. Me acordaré de cómo me empujó de vuelta —con violencia y brusquedad— a la habitación roja y me encerró allí con llave, hasta el día de mi muerte; aunque yo agonizaba de terror; aunque gritaba sofocada de angustia: «¡Tenga piedad! ¡Tenga piedad, tía Reed!». Y ese castigo me lo infligió porque su perverso hijo me golpeó y me tiró al suelo sin motivo alguno. Contaré esta misma historia a todo aquel que me pregunte. La gente la cree una buena mujer, pero usted es mala, despiadada. ¡La embustera es usted!

¿Que cómo me atrevo, señora Reed? ¿Cómo me atrevo? ¡Porque es la verdad!

Antes de que hubiese concluido esta réplica, mi alma comenzó a ensancharse, a exultar con la más extraña sensación de libertad y de triunfo que jamás hubiese experimentado. Parecía como si un lazo invisible se hubiese quebrado y yo hubiese escapado hacia una libertad insospechada. No sin motivo nacía aquel sentimiento: la señora Reed parecía espantada; su labor se le había caído de las rodillas; alzaba las manos, se mecía hacia delante y hacia atrás e incluso contraía el rostro como si fuese a romper a llorar.

—Jane, estás en un error: ¿qué te sucede? ¿Por qué tiemblas tan violentamente? ¿Te gustaría beber un poco de agua?

—No, señora Reed.

—¿Deseas alguna otra cosa, Jane? Te aseguro que mi deseo es ser tu amiga.

—Usted no. Le dijo al señor Brocklehurst que yo tenía un mal carácter y un genio embustero; y me encargaré de que todos en Lowood sepan qué clase de persona es usted y lo que ha hecho.

—Jane, no comprendes estas cosas: hay que corregir a los niños de sus faltas.

—¡El engaño no es una falta mía! —exclamé con voz aguda e implacable.

—Pero eres colérica, Jane, eso debes admitirlo; y ahora vuelve al cuarto de los niños, sé buena, y descansa un rato.

—No soy su niña buena; no puedo acostarme: mándeme pronto a la escuela, señora Reed, pues aborrezco vivir aquí.

—En verdad que la mandaré a la escuela muy pronto —murmuró la señora Reed por lo bajo; y recogiendo su labor, abandonó precipitadamente la estancia.

Me quedé allí sola, dueña del campo de batalla. Había sido la lid más recia que jamás hubiese librado y la primera victoria que alcanzaba: permanecí un rato sobre la alfombra donde antes había estado el señor Brocklehurst, saboreando mi soledad de vencedora. Al principio me sonreí para mis adentros y me sentí exultante; pero aquel feroz deleite decayó en mí tan velozmente como se apaciguó el acelerado palpitar de mis sienes. Un niño no puede reñir con sus mayores como yo lo había hecho, no puede dar rienda suelta a sus sentimientos furiosos como yo había dado a los míos, sin experimentar luego la punzada del remordimiento y el frío de la reacción. Una franja de brezal incendiado, viva, resplandeciente, voraz, habría sido un fiel emblema de mi espíritu cuando acusaba y amenazaba a la señora Reed: esa misma franja, negra y arrasada tras extinguirse las llamas, habría representado con igual acierto mi estado subsiguiente, cuando media hora de silencio y reflexión me mostraron la locura de mi conducta y la desolación de mi aborrecida y aborrecedora condición.

Había probado por vez primera algo de la venganza; semejaba un vino aromático al tragarlo, cálido y estimulante; pero su regusto, metálico y corrosivo, me provocó la sensación de haber sido envenenada. Con gusto habría ido ahora a pedir perdón a la señora Reed; pero sabía, en parte por experiencia y en parte por instinto, que ése era el camino seguro para que me rechazase con doble desprecio, avivando de nuevo cada impulso turbulento de mi naturaleza.

Habría deseado ejercitar alguna facultad más noble que la de expresarme con fiereza; habría querido hallar alimento para algún sentimiento menos satánico que el de una sombría indignación. Tomé un libro —unos cuentos orientales—; me senté y procuré leer. No pude sacar sentido alguno de la lectura: mis propios pensamientos flotaban de continuo entre mis ojos y la página que de ordinario me parecía fascinante. Abrí la puerta acristalada del comedor de diario: la arboleda se hallaba inmóvil; una helada glacial reinaba por el parque, inalterada por el sol o por la brisa. Me cubrí la cabeza y los brazos con la falda de mi vestido y salí a caminar por un sector de la plantación que se encontraba muy apartado; pero no hallé deleite en los árboles silenciosos, ni en las piñas de abeto caídas, ni en los marchitos vestigios del otoño, hojas rojizas arrastradas por vientos pasados en montones y ahora ateridas por el hielo. Me apoyé en una cancela y miré hacia un prado yermo donde no pastaban ovejas y donde la hierba corta yacía marchita y descolorida. Era un día sumamente gris; un cielo densísimo y preñado de nieve lo cubría todo; de él caían copos a intervalos, posándose sobre el duro sendero y sobre el escarchado prado sin derretirse. Me quedé allí, una chiquilla bien desdichada, susurrándome una y otra vez: «¿Qué haré? ¿Qué voy a hacer?».

De pronto escuché una voz clara que llamaba: «¡Señorita Jane! ¿Dónde está? ¡Venga a almorzar!».

Era Bessie, lo sabía de sobra; pero no me moví: su paso ligero bajaba saltarín por el sendero.

—¡Pequeña pícara! —dijo ella—. ¿Por qué no vienes cuando se te llama?

La presencia de Bessie, comparada con los sombríos pensamientos que me reconcomían, parecía alegre; aun cuando, como de costumbre, se mostrase un tanto desabrida. La verdad es que, tras mi combate y mi victoria sobre la señora Reed, no estaba dispuesta a preocuparme mucho por el pasajero enfado de la doncella; y en cambio sí anhelaba acogerme a la juvenil ligereza de su corazón. Me limité a rodearla con mis dos brazos y decirle: «¡Vamos, Bessie, no me riñas!».

El ademán resultó más franco y desprovisto de miedo que ninguno de los que solía permitirme: de algún modo aquello le agradó.

—Es usted una niña bien extraña, señorita Jane —dijo, mirándome de arriba abajo—; una criaturita errante y solitaria. Y va usted a la escuela, ¿supongo?

Asentí con la cabeza.

—¿Y no sentirá pena de separarse de la pobre Bessie?

—¿Qué le importa a Bessie de mí? Siempre me está riñendo.

—Porque es usted una chiquilla muy rara, asustadiza y esquiva. Debería ser más resuelta.

—¿Qué? ¿Para recibir más golpes?

—¡Pamplinas! Aunque es verdad que la tratan con dureza, de eso no cabe duda. Mi madre dijo, cuando vino a verme la semana pasada, que no le gustaría que una hija suya estuviese en su lugar... Ahora entremos, que le traigo buenas noticias.

—No creo que las tenga, Bessie.

—¡Niña! ¿Qué quiere decir? ¡Vaya ojos tan tristes que me clava! Bueno, el caso es que la señora, las señoritas y el señorito John van a merendar fuera esta tarde, y usted tomará el té conmigo. Le pediré a la cocinera que le prepare un pastelito, y luego me ayudará a revisar sus cajones, pues pronto tendré que hacerle el baúl. La señora tiene intención de que se marche de Gateshead dentro de un par de días, y podrá escoger los juguetes que desee llevar consigo.

—Bessie, debes prometerme que no volverás a reñirme hasta que me vaya.

—Bien, te lo prometo; pero procura ser muy buena y no me tengas miedo. No te asustes si alguna vez hablo con cierta brusquedad; resulta muy molesto.

—No creo que vuelva a tenerte miedo jamás, Bessie, porque ya me he acostumbrado a ti, y pronto tendré a otra clase de personas a las que temer.

—Si les temes, no les caerás en gracia.

—¿Como a ti, Bessie?

—Usted no me cae mal, señorita; creo que le tengo más cariño que a todos los demás.

—No lo demuestras.

—¡Vaya chicuela tan despierta! Ha adquirido usted una forma bien nueva de hablar. ¿Qué la vuelve tan audaz y resuelta?

—Pues que pronto estaré lejos de ti, y además... —Me disponía a decir algo acerca de lo sucedido entre la señora Reed y yo, pero, pensándolo mejor, juzgué más prudente guardar silencio sobre ese punto.

—¿De modo que te alegra dejarme?

—En absoluto, Bessie; de hecho, justo ahora lo lamento un poco.

—¡«Justo ahora»! ¡Y «un poco»! ¡Con qué frialdad lo dice mi señorita! Me atrevo a apostar que si ahora le pidiese un beso no me lo daría: diría que preferiría no hacerlo.

—Te daré un beso con mucho gusto: inclina la cabeza. Bessie se agachó; nos abrazamos cordialmente y la seguí a la casa bien consolada. Aquella tarde transcurrió en paz y armonía; y por la noche Bessie me contó algunos de sus cuentos más cautivadores y me cantó varias de sus más dulces canciones. Incluso para mí la vida tenía sus destellos de sol.

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