Capítulo XXVIII · II
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Sí.
—¿Estaba el clérigo en casa?
—No.
—¿Volvería pronto?
—No, había salido del pueblo.
—¿A gran distancia?
—No muy lejos... acaso tres millas. Había sido llamado por la repentina muerte de su padre: se hallaba en Marsh End ahora, y muy probablemente permanecería allí una quincena más.
—¿Había alguna señora en la casa?
—No, no había nadie salvo ella, y ella era el ama de llaves —y a ella, lector, no pude inducirme a pedirle el socorro por falta del cual me desvanecía; no podía mendigar todavía; y de nuevo me alejé arrastrándome.
Una vez más me quité el pañuelo... una vez más pensé en los bollos de pan de la tiendecita. ¡Oh, con solo un mendrugo... con un solo bocado para aplacar la punzada del hambre! Instintivamente volví el rostro de nuevo hacia la aldea; encontré la tienda otra vez y entré; y aunque había otras personas allí además de la mujer, me atreví a formular la petición: «¿Me daríais un bollo por este pañuelo?».
Me miró con manifiesta sospecha: «No, ella jamás vendía género de esa manera».
Casi desesperada, pedí medio bollo; se negó de nuevo. «¿Cómo podía saber ella de dónde había sacado yo el pañuelo?», dijo.
—¿Aceptaríais mis guantes?
—¡No! ¿Qué podría hacer yo con ellos?
Lector, no resulta grato detenerse en estos detalles. Algunos dicen que hay goce en evocar experiencias dolorosas pasadas; pero al día de hoy apenas soporto rememorar los momentos a que aludo: la degradación moral, unida al sufrimiento físico, forma un recuerdo demasiado angustioso para ser voluntariamente revivido. A ninguno culpé de cuantos me rechazaron. Sentí que era lo que cabía esperar y lo que no podía evitarse: un mendigo ordinario es con frecuencia objeto de sospecha; un mendigo bien vestido, inevitablemente. A decir verdad, lo que pedía era empleo; pero ¿a quién le correspondía proveerme de trabajo? No, ciertamente, a personas que me veían entonces por primera vez y que nada sabían de mi carácter. Y en cuanto a la mujer que no quiso aceptar mi pañuelo a cambio de su pan, pues bien, tenía razón si la oferta le parecía siniestra o el trueque desventajoso. Déjeseme condensar ahora. Estoy harta del asunto.
Poco antes de anochecer pasé ante una alquería, a cuya puerta abierta estaba sentado el labrador, tomando su cena de pan y queso. Me detuve y dije:
—¿Queréis darme un pedazo de pan?, pues estoy muy hambrienta. Me dirigió una mirada de sorpresa; pero sin responder, cortó una rebanada gruesa de su hogaza y me la dio. Imagino que no pensó que fuese una mendiga, sino tan solo una dama extravagante a quien se le había antojado su pan moreno. En cuanto estuve fuera de la vista de su casa, me senté y lo comí.
No podía esperar conseguir cobijo bajo techo y lo busqué en el bosque al que antes he aludido. Pero mi noche fue desdichada, mi reposo quebrantado: el suelo estaba húmedo, el aire frío; además, algunos intrusos pasaron cerca de mí más de una vez, y tuve que mudar de sitio repetidamente: ninguna sensación de seguridad o tranquilidad me asistió. Hacia la mañana llovió; todo el día siguiente fue húmedo. No me pidáis, lector, una relación minuciosa de aquella jornada; como antes, busqué trabajo; como antes, fui rechazada; como antes, pasé hambre; una sola vez el alimento pasó por mis labios. A la puerta de una choza vi a una chiquilla a punto de arrojar unas gachas frías al comedero de los cerdos. «¿Me darías eso?», le pregunté.
—¿Me darías eso? —le pregunté.
Me miró fijamente. «¡Madre! —exclamó—, hay una mujer que quiere que le dé estas gachas».
—Bueno, muchacha —respondió una voz desde dentro—, dáselas si es una mendiga. El cerdo no las necesita.
La niña vació la masa endurecida en mi mano, y la devoré con avidez.
Al cerrarse el húmedo crepúsculo, me detuve en un sendero de herradura solitario, por el que había avanzado durante una hora o más.
—Mis fuerzas me abandonan por entero —dije en un soliloquio—. Siento que no puedo avanzar mucho más. ¿Seré una proscrita de nuevo esta noche? Mientras la lluvia cae de este modo, ¿he de reclinar mi cabeza en el suelo frío y anegado? Temo no poder hacer otra cosa, pues ¿quién me acogerá? Pero será muy espantoso, con esta sensación de hambre, debilidad, frío y este sentimiento de desolación... este total abatimiento de la esperanza. Con toda probabilidad, no obstante, moriré antes de la mañana. Y ¿por qué no puedo resignarme ante la perspectiva de la muerte? ¿Por qué lucho por conservar una vida sin valor? Porque sé, o creo, que el señor Rochester vive: y además, morir de necesidad y frío es un destino al que la naturaleza no puede someterse pasivamente. ¡Oh, Providencia! ¡Sostenme un poco más! ¡Ayúdame!... ¡guíame!
Mi mirada turbia vagó por el paisaje brumoso y oscuro. Vi que me había alejado mucho de la aldea: estaba enteramente fuera de vista. El cultivo mismo que la rodeaba había desaparecido. Había vuelto a acercarme, por atajos y veredas, a la extensión de los páramos; y ahora, solo unos pocos campos, casi tan bravíos e improductivos como el brezal del que apenas habían sido rescatados, mediaban entre la oscura colina y yo.
—Bien, preferiría morir allí que en una calle o en un camino frecuentado —reflexioné—. Y mucho mejor que los cuervos y las cornejas —si es que hay cornejas en estas comarcas— me arranquen la carne de los huesos a que sean sepultados en el ataúd de un hospicio y se pudran en la fosa de un mendigo.
Hacia la colina, pues, me dirigí. La alcancé. Solo restaba ahora hallar una hondonada donde pudiera acostarme y sentirme al menos oculta, si no segura. Pero toda la superficie del yermo parecía llana. No mostraba variación sino de tinte: verde, donde los juncos y el musgo cubrían las ciénagas; negro, donde el suelo seco solo daba brezo. Oscureciendo como estaba, podía aún ver estas mudanzas, si bien como meras alternancias de luz y sombra; pues el color se había desvanecido con la luz del día.
Mis ojos aún recorrían la sombría elevación y el borde del páramo, perdiéndose entre el paisaje más agreste, cuando en un punto oscuro, muy adentro entre las marismas y los riscos, una luz brotó. «Es un fuego fatuo», fue mi primer pensamiento; y esperé que pronto se desvaneciera. Ardió, sin embargo, con fijeza constante, sin retroceder ni avanzar. «¿Es, entonces, una hoguera recién encendida?», me pregunté. Observé para ver si se propagaba: pero no; como no menguaba, tampoco crecía. «Acaso sea una vela en una casa —conjeturé entonces—; pero si es así, jamás podré alcanzarla. Está demasiado lejos; y aunque estuviese a una yarda de mí, ¿de qué serviría? No haría más que llamar a la puerta para que me la cerrasen en las narices».
Y me desplomé donde me hallaba y oculté el rostro contra el suelo. Permanecí quieta un rato: el viento nocturno barrió la colina y pasó sobre mí, y murió gimiendo en la distancia; la lluvia caía recia, empapándome de nuevo hasta los huesos. Si tan solo me hubiese quedado rígida en la helada quieta... el entumecimiento bienhechor de la muerte... la tormenta habría podido arreciar; no la habría sentido; pero mi carne aún viva se estremecía ante su influjo helador. Me levanté al poco rato.
La luz estaba allí todavía, brillando tenue pero constante a través de la lluvia. Intenté caminar de nuevo: arrastré mis miembros exhaustos lentamente hacia ella. Me guio en diagonal sobre la colina, a través de un ancho cenagal que habría sido intransitable en invierno, y que estaba fangoso y vacilante aun ahora, en pleno verano. Aquí caí dos veces; pero otras tantas me levanté y recobré mis facultades. Aquella luz era mi última esperanza: debía alcanzarla.
Habiendo cruzado la marisma, vi un rastro blancuzco sobre el páramo. Me aproximé; era un camino o sendero: conducía directamente hacia la luz, que ahora brillaba desde una suerte de loma, entre un grupo de árboles... abetos, al parecer, por lo que podía distinguir de la forma y follaje en la penumbra. Mi estrella se desvaneció al aproximarme: algún obstáculo se había interpuesto entre ella y yo. Extendí la mano para palpar la masa oscura que tenía delante: distinguí las piedras ásperas de un muro bajo... sobre él, algo semejante a una empalizada, y dentro, un seto alto y espinoso. Seguí a tientas. De nuevo un objeto blancuzco relució ante mí: era una portilla... un postigo; se movió sobre sus goznes al tocarlo. A cada lado se alzaba un arbusto oscuro... acebo o tejo.
Cruzando la cancela y pasando los arbustos, la silueta de una casa se alzó a la vista, negra, baja y más bien alargada; pero la luz guiadora no brillaba en ninguna parte. Todo era oscuridad. ¿Se habrían retirado a descansar los moradores? Temí que así fuese. Al buscar la puerta doblé una esquina: allí brotó de nuevo el resplandor amigo, de los cristales en rombo de una pequeñísima ventana enrejada, a un pie del suelo, reducida aún más por el crecimiento de la hiedra u otra planta trepadora, cuyas hojas se apiñaban espesas sobre la parte del muro donde estaba empotrada. La abertura era tan resguardada y estrecha que cortina o contraventana se habían juzgado innecesarias; y cuando me incliné y aparté las ramas de follaje que crecían sobre ella, pude ver todo el interior. Pude distinguir con claridad una habitación con suelo de arena, limpiamente fregado; un aparador de nogal con platos de peltre alineados en hileras, que reflejaban la rojez y el resplandor de un ardiente fuego de turba. Pude ver un reloj, una mesa de madera blanca y algunas sillas. La vela, cuyo rayo había sido mi faro, ardía sobre la mesa; y a su luz una anciana, de aspecto algo rústico pero escrupulosamente limpia como todo a su alrededor, tejía una media.
Reparé en estos objetos de pasada únicamente... en ellos nada había de extraordinario. Un grupo de mayor interés apareció cerca del hogar, sentado en quietud en medio de la rosada paz y el calor que lo envolvían. Dos mujeres jóvenes y gráciles —damas en todos los sentidos— permanecían sentadas, una en una mecedora baja y la otra en un taburete aún más bajo; ambas vestían riguroso luto de crespón y bombesí, atuendo sombrío que realzaba singularmente cuellos y rostros blanquísimos: un viejo perro perdiguero apoyaba su cabeza maciza en la rodilla de una de las jóvenes; en el regazo de la otra descansaba un gato negro.
¡Extraño lugar era esta humilde cocina para semejantes moradoras! ¿Quiénes eran? No podían ser las hijas de la anciana señora sentada a la mesa; pues esta parecía una campesina, y ellas eran todo delicadeza y distinción. En ninguna parte había visto rostros como los suyos: y sin embargo, al contemplarlas, me parecía íntimamente familiar cada una de sus facciones. No puedo llamarlas hermosas... eran demasiado pálidas y graves para el vocablo: al inclinarse cada una sobre un libro, parecían meditabundas casi hasta la severidad. Un atril entre ambas sostenía una segunda vela y dos grandes tomos a los que recurrían con frecuencia, cotejándolos, al parecer, con los libros más pequeños que sostenían en las manos, como personas que consultan un diccionario para ayudarse en la tarea de la traducción. Aquella escena era tan silenciosa como si todas las figuras hubiesen sido sombras y la estancia iluminada por el fuego un cuadro: tan sosegada era que podía oír las ascuas caer de la rejilla, el tictac del reloj en su rincón oscuro; y aun me figuraba distinguir el chasquido rítmico de las agujas de calcetar de la mujer. Cuando, por consiguiente, una voz rompió al fin la extraña quietud, me resultó bastante audible.
—Escucha, Diana —dijo una de las absortas estudiantes—: Franz y el viejo Daniel están juntos en la noche, y Franz está contando un sueño del que ha despertado aterrado... ¡escucha! Y en voz baja leyó algo de lo cual ni una sola palabra me resultó inteligible; pues estaba en una lengua desconocida... ni francés ni latín. Si era griego o alemán no sabría decirlo.
—Eso es recio —dijo cuando hubo concluido—: me deleita. La otra joven, que había alzado la cabeza para escuchar a su hermana, repitió, mientras contemplaba el fuego, una línea de lo que había sido leído. Tiempo después conocí la lengua y el libro; por consiguiente, citaré aquí el verso: aunque, cuando lo oí por primera vez, no fue sino como un golpe sobre bronce resonante para mí... sin encerrar sentido alguno:
—«’Da trat hervor Einer, anzusehen wie die Sternen Nacht.’ ¡Bien! ¡Bien! —exclamó, mientras su ojo oscuro y profundo centelleaba—. ¡Ahí tienes a un arcángel sombrío y poderoso dignamente puesto ante ti! La línea vale por cien páginas de hojarasca. ’Ich wäge die Gedanken in der Schale meines Zornes und die Werke mit dem Gewichte meines Grimms.’ ¡Me gusta!».
Ambas volvieron a guardar silencio.
—¿Hay alguna tierra donde hablen de esa manera? —preguntó la anciana, levantando la vista de su labor.
—Sí, Hannah... una tierra mucho más grande que Inglaterra, donde no hablan de ninguna otra forma.
—Pues a decir verdad, no sé cómo pueden entenderse unos a otros; y si alguna de vosotras fuese allí, ¿podríais entender lo que decían, me parece?
—Probablemente podríamos entender algo de lo que decían, pero no todo... pues no somos tan listas como crees, Hannah. No hablamos alemán y no podemos leerlo sin un diccionario que nos ayude.
—¿Y de qué os sirve?
—Pensamos enseñarlo algún día... o al menos los rudimentos, como dicen; y entonces ganaremos más dinero del que ganamos ahora.
—Muy probable; pero dejad de estudiar: habéis hecho bastante por esta noche.
—Creo que sí; al menos yo estoy cansada. Mary, ¿lo estás tú?
—Mortalmente: después de todo, es dura faena bregar con una lengua sin más maestro que un léxico.
—Lo es, en especial con una lengua tan enrevesada pero gloriosa como este alemán. Me pregunto cuándo regresará St. John a casa.
—A buen seguro no tardará ya: son justo las diez —mirando un pequeño reloj de oro que sacó de su cinturón—. Llueve recio, Hannah: ¿tendrás la bondad de mirar el fuego del salón?
La mujer se levantó: abrió una puerta a través de la cual divisé oscuramente un pasillo; pronto la oí atizar el fuego en una habitación interior; regresó al momento.
—¡Ah, criaturas! —dijo—; me apena de veras entrar en esa habitación ahora: parece tan solitaria con el sillón vacío y arrinconado.
Se enjugó los ojos con el delantal: las dos jóvenes, graves antes, parecían tristes ahora.
—Pero está en un lugar mejor —prosiguió Hannah—: no deberíamos desearle aquí de nuevo. Y además, nadie pudo tener una muerte más tranquila que la suya.
—¿Dices que jamás nos mencionó? —inquirió una de las damas.
—No tuvo tiempo, criatura: se fue en un minuto vuestro padre. Había estado un poco indispuesto el día antes, pero nada de cuidado; y cuando el señor St. John le preguntó si quería que os mandase llamar a alguna de vosotras, se rio abiertamente de él. Empezó de nuevo con una pesadez en la cabeza al día siguiente... esto es, hace quince días... y se quedó dormido y jamás despertó: estaba casi rígido cuando vuestro hermano entró en la alcoba y lo encontró. ¡Ah, criaturas! Ese es el último del viejo linaje... pues vosotras y el señor St. John sois de distinta estirpe a los que se han ido; aunque vuestra madre era muy de vuestro modo de ser, y casi tan leída. Era vuestro vivo retrato, Mary: Diana se parece más a vuestro padre.
Fin del Episodio 68 · de 91
Capítulo XXVIII · II
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