Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 04

Carta 3 · II

~6 min · 1271 palabras

Se encuentra ya muy restablecido de su dolencia y sube sin cesar a cubierta, al parecer atento a divisar el trineo que precedió al suyo. Con todo, aun siendo desdichado, no está tan absorbido por su propia aflicción que no se interese vivamente por los proyectos ajenos. Ha conversado a menudo conmigo sobre los míos, que le he confiado sin reserva alguna. Escuchó con detenimiento todas mis razones en favor de mi futuro éxito y cada pormenor de las disposiciones que he adoptado para asegurarlo. Movido por la franca simpatía que me demostraba, me vi impulsado a emplear el lenguaje del corazón, a dar rienda suelta al ardor ardiente de mi alma y a manifestar, con todo el fervor que me inflamaba, cuán de buen grado sacrificaría mi hacienda, mi existencia y cada una de mis esperanzas en pos del cumplimiento de mi empresa. La vida o muerte de un solo hombre me parecía un precio irrisorio a cambio del saber que perseguía, a cambio del dominio que conquistaría y legaría a la posteridad sobre los enemigos elementales de nuestra especie. Al pronunciar estas palabras, una sombría pesadumbre ensombreció el semblante de mi oyente. Al principio advertí que pugnaba por sofocar su emoción; se llevó las manos a los ojos, y mi voz flaqueó y se apagó al ver las lágrimas brotar copiosas entre sus dedos, mientras un gemido desgarrador escapaba de su agitado pecho. Guardé silencio; al fin habló, con voz entrecortada: «¡Desdichado! ¿Compartís acaso mi demencia? ¿Habéis bebido vos también de esa ponzoña embriagadora? ¡Escuchadme! Dejad que os revele mi historia, ¡y arrojaréis la copa lejos de vuestros labios!».

Semejantes palabras, como bien podrás concebir, avivaron con fuerza mi curiosidad; mas el paroxismo de aflicción que se adueñó del forastero doblegó sus menguadas fuerzas, y fueron menester largas horas de sosiego y plática apacible para devolverle la serenidad.

Una vez domeñada la vehemencia de su emoción, pareció despreciarse a sí mismo por ser esclavo de las pasiones; y sojuzgando la negra tiranía del desespero, me invitó de nuevo a hablar de mis propios asuntos. Me preguntó por los años de mi mocedad. La relación fue breve, mas despertó variadas reflexiones. Le hablé de mi anhelo de hallar un amigo, de mi sed de una comunión más íntima con un alma afín a la mía de cuantas el destino me había deparado, y le expresé mi convicción de que poco puede jactarse de ser feliz quien no disfruta de semejante bendición.

«Concuerdo con vos —repuso el forastero—; somos criaturas toscas, a medio labrar, a menos que alguien más sabio, más noble y más entrañable que nosotros mismos —pues tal debe ser un amigo— nos preste su auxilio para perfeccionar nuestra flaca y defectuosa naturaleza. Yo tuve en otro tiempo un amigo, la más excelsa de las criaturas humanas, y me asiste, por ende, el derecho de juzgar en materia de amistad. Vos abrigáis esperanza y tenéis el mundo ante vuestros ojos; no os asiste motivo alguno para desesperar. Pero yo... yo lo he perdido todo y me es vedado comenzar de nuevo la vida».

Al decir esto, su rostro cobró una expresión de aflicción serena y profunda que me llegó al corazón. Pero guardó silencio y al punto se retiró a su camarote.

Aun quebrantado en espíritu como se halla, nadie puede experimentar con mayor hondura que él las bellezas de la naturaleza. El firmamento estrellado, el mar y cuantos espectáculos deparan estas comarcas prodigiosas parecen conservar todavía el poder de elevar su alma por encima de la tierra. Un hombre tal posee una doble existencia: puede padecer la desdicha y verse abrumado por los reveses, mas cuando se repliega sobre su fuero interno, semeja un espíritu celestial nimbado por una aureola en cuyo círculo no osa penetrar pesadumbre ni locura alguna.

¿Sonreirás ante el entusiasmo que manifiesto hacia este divino caminante? No lo harías si pudieses contemplarlo. Has sido educada y pulida por los libros y el apartamiento del mundo, y eres por ende algo exigente; mas esto solo te vuelve más apta para aquilatar los méritos extraordinarios de este hombre portentoso. A veces he procurado discernir qué virtud posee que lo sitúa tan inconmensurablemente por encima de cualquier otra persona que haya conocido. Juzgo que se trata de un discernimiento intuitivo, una capacidad de juicio rápida y certera, una clarividencia en desentrañar las causas de las cosas sin parangón en nitidez y precisión; agréguese a ello una facilidad de dicción y una voz cuyas variadas modulaciones son música que sojuzga el espíritu.

19 de agosto de 17—.

Ayer me dijo el forastero: «Bien podéis colegir, capitán Walton, que he padecido infortunios inauditos y sin parangón. En un tiempo resolví que la memoria de tales males muriese conmigo, mas me habéis persuadido de mudar de parecer. Buscáis el conocimiento y la sabiduría, tal como yo los busqué en otro tiempo; y ardientemente ansío que el colmo de vuestros deseos no resulte ser una víbora que os emponzoñe, cual lo fue para mí. No sé si el relato de mis desventuras os será de provecho; mas al reflexionar que seguís la misma senda y os exponéis a idénticos peligros a los que me han convertido en lo que soy, imagino que podréis deducir de mi historia una oportuna moraleja, que os guíe si alcanzáis el éxito en vuestro empeño y os conforte en caso de fracaso. Disponeos a escuchar sucesos que de ordinario se reputan por fabulosos. Si nos halláramos entre los parajes más apacibles de la naturaleza, temería topar con vuestra incredulidad o tal vez con vuestra mofa; mas muchas cosas parecerán verosímiles en estas comarcas bravías y misteriosas que provocarían la risa de quienes ignoran los infinitos poderes de la naturaleza; y no albergo duda de que mi narración entraña en su propio encadenamiento pruebas íntimas de la veracidad de los hechos que la componen».

Bien podrás imaginar cuán agradecido me sentí por el ofrecimiento, y sin embargo no podía consentir que renovara su tormento con el recuento de sus pesares. Sentía el más vivo afán por escuchar la narración prometida, en parte por curiosidad y en parte por el vehemente deseo de aliviar su destino si en mi mano estuviese. Tales sentimientos manifesté en mi réplica.

«Os agradezco vuestra compasión —respondió—, mas resulta inútil; mi destino está casi consumado. Solo aguardo un acontecimiento, y después reposaré en paz. Comprendo lo que sentís —prosiguió, al advertir que deseaba interrumpirlo—, pero os equivocáis, amigo mío, si así me permitís llamaros; nada puede mudar mi hado; escuchad mi historia y colegiréis cuán irrevocablemente está sellado».

Me anunció entonces que daría comienzo a su relato al día siguiente, cuando mis quehaceres me permitiesen el ocio. Esta promesa me arrancó el más ferviente agradecimiento. He resuelto consignar cada noche, cuando mis obligaciones no me reclamen de modo inaplazable, y con la mayor fidelidad a sus propias palabras, cuanto haya narrado a lo largo de la jornada. Si estuviese ocupado, tomaré al menos notas. Este manuscrito te deparará sin duda el mayor deleite; mas para mí, que lo conozco y lo escucho de sus propios labios, ¡con qué emoción y simpatía lo releeré en días venideros! Aun ahora, mientras inicio mi cometido, su voz sonora resuena en mis oídos; sus ojos brillantes se posan en mí con toda su melancólica dulzura; contemplo su enflaquecida mano alzada en la vehemencia del relato, mientras los rasgos de su semblante se iluminan con la llama de su alma. ¡Extraña y estremecedora habrá de ser su historia, pavorosa la tormenta que envolvió a la valerosa nave en su derrota y la arrojó al naufragio de este modo!

Fin del Episodio 4 · de 45

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