Frankenstein o el moderno Prometeo·Episodio 03

Carta 3 · I

~9 min · 1723 palabras

A la señora Saville, Inglaterra.

7 de julio de 17—.

Mi querida hermana:

Escribo estas breves líneas a toda prisa para hacerte saber que me encuentro a salvo y muy avanzado en mi travesía. Esta carta llegará a Inglaterra por mediación de un mercante que emprende ahora el viaje de regreso desde Arcángel; más afortunado que yo, pues acaso pasen muchos años antes de que vuelva a ver mi tierra natal. Con todo, mantengo el ánimo elevado: mis hombres son resueltos y firmes en su propósito, y las placas de hielo que flotan a nuestro paso continuo, anunciando los peligros de la comarca hacia la que avanzamos, no parecen amedrentarlos. Nos hallamos ya en una latitud muy septentrional; mas estamos en el corazón del estío y, aunque el aire no es tan templado como en Inglaterra, las brisas del sur, que nos impelen con rapidez hacia aquellas costas que tan ardientemente ansío alcanzar, traen consigo una calidez vivificante que no esperaba.

Ningún suceso nos ha acaecido hasta el momento digno de mención en una carta. Una o dos ventiscas recias y la rotura de una vía de agua son accidentes que los marinos experimentados apenas se dignan registrar, y me daré por satisfecho si nada peor nos acontece a lo largo de nuestra navegación.

Adiós, mi querida Margaret. Ten la certeza de que, tanto por mi propio bien como por el tuyo, no me arrojaré temerariamente al peligro. Me mostraré sereno, perseverante y prudente.

Mas el éxito coronará mis desvelos. ¿Por qué no habría de serlo? Hasta aquí he llegado, abriendo una ruta segura sobre mares sin senda, con las estrellas mismas por testigos y heraldos de mi triunfo. ¿Por qué no seguir avanzando sobre este elemento indómito mas obediente? ¿Qué puede detener el corazón decidido y la resuelta voluntad del hombre?

Mi conmovido pecho se desborda así involuntariamente. Mas debo concluir. ¡Que el cielo colme de bendiciones a mi amada hermana!

R. W.

◇

A la señora Saville, Inglaterra.

5 de agosto de 17—.

Nos ha sobrevenido un accidente tan singular que no puedo resistirme a consignarlo, aun cuando es muy probable que me veas antes de que estos papeles lleguen a tus manos.

El pasado lunes (31 de julio) estuvimos a punto de vernos cercados por el hielo, que atenazó el barco por todos los costados, dejándole apenas margen de agua para mantenerse a flote. Nuestra situación resultaba un tanto peligrosa, en particular porque nos envolvía una niebla densísima. Nos pusimos, por tanto, al pairo, aguardando que sobreviniera algún cambio en la atmósfera y el tiempo.

Hacia las dos de la tarde se disipó la bruma y contemplamos, extendidas en todas direcciones, llanuras de hielo inmensas e irregulares que parecían no tener fin. Algunos de mis camaradas gimieron con desconsuelo y mi propio espíritu comenzó a turbarse con zozobras, cuando un espectáculo insólito atrajo de pronto nuestra atención y apartó nuestra inquietud de nuestro trance. Divisamos un trineo bajo, tirado por perros, que avanzaba hacia el norte a una distancia de media milla; una criatura con figura humana, pero al parecer de estatura gigantesca, iba sentada en el carromato y guiaba la jauría. Seguimos el veloz avance de aquel viajero con los anteojos hasta que se perdió entre los lejanos desniveles del hielo.

Esta visión nos causó un asombro sin límites. Nos encontrábamos, según creíamos, a cientos de millas de cualquier tierra; mas aquella aparición parecía insinuar que en realidad no estábamos tan apartados de ella como suponíamos. Sin embargo, atrapados por los témpanos, resultaba imposible seguir su rastro, que habíamos observado con la mayor atención.

Unas dos horas después de este acontecimiento oímos el rugido de la resaca de fondo, y antes del anochecer el hielo se quebró y liberó nuestro buque. Permanecimos, con todo, al pairo hasta la mañana, temerosos de topar en la oscuridad con aquellas enormes moles a la deriva que flotan tras la ruptura del hielo. Aproveché aquel intervalo para descansar algunas horas.

Por la mañana, no bien despuntó la claridad, subí a cubierta y encontré a los marineros congregados en una de las bandas, conversando aparentemente con alguien que se hallaba en el mar. Era, en efecto, un trineo semejante al que habíamos divisado antes, arrastrado hacia nosotros durante la noche sobre un gran bloque de hielo flotante. Solo un perro permanecía con vida; mas en su interior yacía un ser humano a quien los marineros trataban de convencer para que subiera a bordo. No era, como el viajero anterior parecía ser, el salvaje morador de alguna isla ignota, sino un europeo. Al asomarme a cubierta, el piloto exclamó: «He aquí a nuestro capitán, que no consentirá que perezcáis en medio de la mar abierta».

Al verme, el desconocido se dirigió a mí en inglés, aunque con acento extranjero. «Antes de subir a bordo de vuestra nave —dijo—, ¿tendríais la gentileza de informarme hacia dónde navegáis?».

Imaginarás mi estupefacción al oír semejante pregunta formulada por un hombre al borde del perecimiento, para quien yo habría supuesto que mi buque constituía un refugio que no cambiaría por las riquezas más colosales del orbe. Le repliqué, no obstante, que nos hallábamos en una expedición de descubrimiento rumbo al polo norte.

Al oír esto pareció satisfecho y accedió a subir a bordo. ¡Santo Dios, Margaret! Si hubieses visto al hombre que así capitulaba por su salvación, tu sorpresa no habría conocido límites. Tenía los miembros casi congelados y el cuerpo horriblemente demacrado por la extenuación y el sufrimiento. Jamás contemplé a un ser en condición tan miserable. Intentamos trasladarlo al camarote, mas no bien abandonó el aire puro se desmayó. Lo devolvimos de inmediato a cubierta y logramos reanimarlo frotándolo con aguardiente y forzándolo a ingerir una pequeña porción. En cuanto dio señales de vida lo envolvimos en mantas y lo acomodamos junto al tiro de la estufa de la cocina. Poco a poco recobró las fuerzas y tomó un poco de caldo, lo cual lo reanimó prodigiosamente.

Pasaron dos días en este trance antes de que pudiera articular palabra, y a menudo temí que los rigores padecidos lo hubiesen privado del juicio. Cuando estuvo algo más restablecido, lo trasladé a mi propio camarote y cuidé de él tanto como me lo permitían mis quehaceres. Jamás he conocido criatura más cautivadora: sus ojos tienen por lo general una expresión de extravío e incluso de demencia, mas hay momentos en que, si alguien tiene una deferencia hacia él o le presta el más nimio servicio, su semblante entero se ilumina con un destello de dulzura y benevolencia que jamás he visto igualado. Pero casi siempre se halla presa de la melancolía y el desespero, y a veces rechina los dientes, como impaciente ante el peso de desventuras que lo abruma.

Cuando mi huésped estuvo algo recuperado, me costó no poco esfuerzo contener a la marinería, que deseaba coserlo a preguntas; mas no consentí que lo atormentaran con su ociosa curiosidad, hallándose en un estado de cuerpo y mente cuyo restablecimiento dependía por entero del reposo absoluto. Una vez, empero, el teniente le preguntó por qué se había adentrado tanto en el hielo en un vehículo tan extraño.

Su semblante mudó al punto a una expresión del más hondo desconsuelo y respondió: «Para dar alcance a alguien que huyó de mí».

—¿Y el hombre a quien perseguíais viajaba del mismo modo?

—Sí.

—Entonces me figuro que lo hemos visto, pues la víspera de recogeros avistamos unos perros que arrastraban un trineo con un hombre sobre el hielo.

Esto despertó al instante la atención del forastero, que formuló un sinfín de preguntas sobre el rumbo que había seguido el demonio, como él lo llamaba. Poco después, al quedarse a solas conmigo, me dijo: «Sin duda he excitado vuestra curiosidad, así como la de estas buenas gentes; mas sois demasiado comedido para importunarme con pesquisas».

—Ciertamente; sería en verdad muy impertinente e inhumano de mi parte afligiros con indiscreciones mías.

—Y sin embargo me rescatasteis de un trance insólito y pavoroso; con generosidad me devolvisteis a la vida.

Poco después me preguntó si creía que la ruptura del hielo habría destruido el otro trineo. Respondí que no podía afirmarlo con certeza, pues la fractura no se había producido hasta cerca de medianoche y el viajero bien pudo alcanzar un refugio seguro antes de esa hora; mas de ello no me era posible juzgar.

Desde aquel instante un nuevo hálito de vida animó el extenuado cuerpo del forastero. Manifestó el más vivo afán por subir a cubierta para vigilar la aparición del trineo visto anteriormente; mas logré persuadirlo de que permaneciera en el camarote, pues se halla aún demasiado débil para soportar la crudeza de la intemperie. Le prometí apostar a un vigía que lo alertase al instante si algún nuevo objeto asomaba en el horizonte.

Tal es mi diario de cuanto atañe a este insólito suceso hasta el día de hoy. El forastero ha mejorado gradualmente de salud, pero se muestra sumamente taciturno y parece inquietarse cuando alguien que no sea yo entra en su estancia. Con todo, sus modales son tan afables y suaves que todos los marineros se interesan por él, a pesar de haber tenido escaso trato con su persona. Por mi parte, comienzo a quererlo como a un hermano, y su constante y hondo pesar me llena de compasión y ternura. Debió de ser un ser noble en sus mejores días, pues aun en su ruina resulta tan atrayente y amable.

Decía en una de mis cartas, mi querida Margaret, que no hallaría ningún amigo en el ancho océano; y sin embargo he encontrado a un hombre a quien, antes de que su espíritu fuese quebrantado por la desdicha, habría sido dichoso de contar como al hermano de mi corazón.

Proseguiré mi diario acerca del forastero a intervalos, en caso de tener nuevos incidentes que consignar.

13 de agosto de 17—.

Mi afecto por mi huésped crece de día en día. Excita a un tiempo mi admiración y mi piedad en un grado asombroso. ¿Cómo contemplar a un ser tan noble abatido por la miseria sin experimentar el dolor más lacerante? Es tan dulce y a la vez tan sabio; su inteligencia es tan cultivada y, cuando habla, aunque sus palabras están escogidas con el arte más exquisito, fluyen con presteza y una elocuencia sin par.

Fin del Episodio 3 · de 45

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