Capítulo IV · I
~13 min · 2505 palabras
Tan pronto como su mujer se hubo marchado en el coche, Ethan descolgó su abrigo y su gorra de la percha. Mattie estaba lavando los platos, tarareando una de las melodías del baile de la noche anterior. Él dijo: —Hasta luego, Matt—, y ella respondió alegremente: —Hasta luego, Ethan—; y eso fue todo.
Hacía calor y había luz en la cocina. El sol entraba oblicuo por la ventana del sur e iluminaba la figura en movimiento de la muchacha, el gato que dormitaba en una silla y los geranios traídos desde el umbral, donde Ethan los había plantado en verano para «hacerle un jardín» a Mattie. Le habría gustado demorarse allí, contemplándola mientras recogía y luego se sentaba a coser; pero deseaba aún más despachar el acarreo de madera y estar de vuelta en la granja antes de que anocheciera.
Durante todo el camino hacia el pueblo no dejó de pensar en su regreso junto a Mattie. La cocina era un lugar destartalado, no «acicalada» y reluciente como la había tenido su madre durante su infancia; pero era asombroso el aire acogedor que el mero hecho de la ausencia de Zeena le confería. Y se imaginaba cómo sería aquella velada, cuando él y Mattie estuvieran allí después de cenar. Por primera vez se encontrarían a solas bajo techado, y se sentarían allí, uno a cada lado de la estufa, como un matrimonio, él en calcetines y fumando en pipa, ella riendo y hablando de esa manera tan graciosa que tenía, que siempre le resultaba tan nueva como si jamás la hubiese oído antes.
La dulzura de aquella estampa, unida al alivio de saber infundados sus temores a tener «problemas» con Zeena, le levantó el ánimo de golpe, y él, que de ordinario era tan callado, silbaba y cantaba a voz en cuello mientras conducía a través de los campos nevados. Había en su interior una chispa adormecida de sociabilidad que los largos inviernos de Starkfield todavía no habían extinguido. Grave y poco elocuente por naturaleza, admiraba el desenfado y la alegría en los demás, y el trato humano y cordial le templaba hasta los huesos. En Worcester, si bien tenía fama de no salir de su concha y de no ser muy dado a las diversiones, se enorgullecía en secreto de que le dieran palmadas en la espalda y lo saludaran como «el viejo Ethe» o «el viejo Tiesas»; y el cese de tales familiaridades no había hecho sino acentuar la frialdad de su regreso a Starkfield.
Allí el silencio se había vuelto más denso en torno a él año tras año. Al quedarse solo, tras el accidente de su padre, para sobrellevar la carga de la granja y del aserradero, no le había quedado tiempo para holganzas de taberna en el pueblo; y cuando su madre cayó enferma, la soledad de la casa se volvió más opresiva que la de los campos. Su madre había sido muy habladora en sus tiempos, pero tras su «trastorno» apenas se oía el sonido de su voz, aunque no había perdido la facultad de hablar. A veces, en las largas veladas de invierno, cuando, desesperado, su hijo le preguntaba por qué no «decía algo», ella levantaba un dedo y respondía: —Porque estoy escuchando—; y en las noches de tormenta, cuando el vendaval bramaba en torno a la casa, si él le dirigía la palabra, ella se quejaba: —Hablan tanto ahí fuera que no te puedo oír—.
Solo cuando ella se encaminaba hacia su última enfermedad y su prima Zenobia Pierce vino desde el valle vecino a ayudarle a cuidarla, volvieron a oírse palabras humanas en la casa. Tras el mortal silencio de su prolongado encierro, la locuacidad de Zeena fue música para sus oídos. Sintió que bien habría podido «acabar como su madre» de no haber acudido el sonido de una voz nueva a templarle el juicio. Zeena pareció comprender su caso al instante. Se rio de él por desconocer las tareas más elementales junto al lecho de un enfermo y le ordenó que «se largara fuera de una vez» y la dejara a ella ocuparse de todo. El simple hecho de obedecer sus órdenes, de sentirse libre para volver a atender sus asuntos y hablar con otros hombres, le devolvió el equilibrio quebrantado y agrandó el sentimiento de gratitud que creía deberle. La eficacia de ella lo avergonzaba y encandilaba al mismo tiempo. Parecía poseer por instinto toda la sabiduría doméstica que su prolongado aprendizaje a él no le había inculcado. Cuando llegó el desenlace, fue ella quien tuvo que decirle que enganchara el tiro y fuera a buscar al enterrador, y le pareció «raro» que él no hubiera decidido de antemano quién se quedaría con la ropa de su madre y con la máquina de coser. Tras el entierro, al verla hacer los preparativos para marcharse, a Ethan se le metió en el cuerpo un pavor irracional a quedarse solo en la granja; y antes de saber lo que hacía, le había pedido que se quedara allí con él. A menudo había pensado después que aquello no habría sucedido si su madre hubiera muerto en primavera en lugar de en invierno...
Cuando se casaron, acordaron que, tan pronto como él pudiera solventar las dificultades derivadas de la larga enfermedad de la señora Frome, venderían la granja y el aserradero y tentarían a la suerte en una gran ciudad. El amor de Ethan por la naturaleza no se manifestaba en afición a la agricultura. Siempre había deseado ser ingeniero y vivir en ciudades donde hubiera conferencias, grandes bibliotecas y «hombres haciendo cosas». Un modesto trabajo de ingeniería en Florida, que se le presentó durante sus estudios en Worcester, incrementó tanto la fe en su propia valía como su impaciencia por ver mundo; y tuvo la certeza de que, con una mujer «avispada» como Zeena, no tardaría en labrarse un porvenir.
El pueblo natal de Zeena era un poco más grande y estaba más cerca del ferrocarril que Starkfield, y desde el primer momento le dio a entender a su marido que la vida en una granja apartada no era lo que esperaba al casarse. Pero los compradores tardaban en aparecer, y mientras los esperaba, Ethan comprendió la imposibilidad de trasplantarla. A ella le complacía mirar por encima del hombro a Starkfield, pero no habría podido vivir en ningún sitio que la mirara por encima del hombro a ella. Ni siquiera en Bettsbridge o en Shadd’s Falls habrían reparado lo suficiente en su persona, y en las ciudades mayores que atraían a Ethan se habría sentido despojada de toda identidad. Y al cabo de un año de matrimonio desarrolló esa «naturaleza enfermiza» que desde entonces la había hecho célebre aun en una comunidad tan rica en casos patológicos. Cuando llegó para cuidar a la madre de él, a Ethan le había parecido la mismísima salud en persona, pero no tardó en darse cuenta de que su destreza como enfermera provenía de la ensimismada observación de sus propios síntomas.
Luego también ella enmudeció. Quizá fuera el inevitable efecto de la vida en la granja o, como ella decía a veces, se debiera a que Ethan «nunca escuchaba». La queja no carecía del todo de fundamento. Cuando ella hablaba era únicamente para lamentarse, y para lamentarse de cosas que él no tenía en su mano remediar; así que, para refrenar la tentación de replicarle con impaciencia, adquirió al principio la costumbre de no contestarle y, por último, la de pensar en otra cosa mientras ella hablaba. Últimamente, no obstante, desde que tenía motivos para observarla con más detenimiento, aquel silencio había empezado a inquietarle. Recordaba la creciente taciturnidad de su madre y se preguntaba si Zeena no se estaría volviendo «rara» también. Ocurría con las mujeres, bien lo sabía. Zeena, que se sabía al dedillo el cuadro patológico de toda la comarca, había citado muchos casos por el estilo mientras cuidaba a su madre; y él mismo conocía ciertas granjas solitarias en los alrededores donde languidecían criaturas desquiciadas, y otras donde su sola presencia había desencadenado repentinas tragedias. En ocasiones, al mirar el semblante impenetrable de Zeena, sentía el frío de tales presentimientos. Otras veces, su silencio parecía deliberadamente adoptado para ocultar intenciones de largo alcance, misteriosas conclusiones nacidas de recelos y resentimientos imposibles de adivinar. Esa suposición era aún más perturbadora que la otra; y fue la misma que le asaltó la noche anterior, al verla plantada en el umbral de la cocina.
Ahora que su partida hacia Bettsbridge le había aliviado de nuevo el ánimo, todos sus pensamientos giraban en torno a la perspectiva de pasar la velada con Mattie. Solo una cosa le apesadumbraba, y era el haberle dicho a Zeena que cobraría al contado por la madera. Preveía con tal claridad las consecuencias de aquella imprudencia que, con no poca renuencia, decidió pedirle a Andrew Hale un pequeño adelanto por la carga.
Cuando Ethan entró en el patio de Hale, el constructor acababa de apearse de su trineo.
—¡Hola, Ethe! —dijo—. Me viene de perlas.
Andrew Hale era un hombre rubicundo de espeso bigote canoso y papada rastrojosa, libre de la opresión de un cuello; sin embargo, su camisa, escrupulosamente limpia, iba siempre cerrada con un pequeño botón de diamante. Aquel despliegue de opulencia resultaba engañoso, pues aunque llevaba bastante bien sus negocios, era sabido que su carácter despreocupado y las exigencias de su numerosa familia lo mantenían con frecuencia en lo que en Starkfield llamaban «ir atrasado». Era un viejo amigo de la familia de Ethan, y su casa una de las pocas a las que Zeena iba de vez en cuando, atraída por el hecho de que la señora Hale, en su juventud, había ejercido de «médica» más que ninguna otra mujer en Starkfield, y seguía siendo una reconocida autoridad en síntomas y tratamientos.
Hale se acercó a los tordos y les dio unas palmadas en los ijares sudorosos.
—Vaya, señor —dijo—, a estos dos los cuida usted como si fueran mascotas.
Ethan se dispuso a descargar los troncos y, en cuanto terminó la tarea, abrió la puerta acristalada del cobertizo que el constructor utilizaba como despacho. Hale estaba sentado con los pies sobre la estufa y la espalda apoyada contra un maltrecho escritorio abarrotado de papeles: el lugar, como el hombre, resultaba cálido, afable y desordenado.
—Siéntate y descongélate un poco —saludó a Ethan.
Este último no sabía por dónde empezar, pero al cabo logró formular su petición de un adelanto de cincuenta dólares. La sangre le subió a la piel cetrina bajo la picadura del asombro de Hale. La costumbre del constructor era pagar al cabo de tres meses, y no existía precedente entre ambos de una liquidación al contado.
Ethan sentía que, de haber alegado una necesidad urgente, Hale tal vez se las habría arreglado para pagarle; pero el orgullo, y una prudencia instintiva, le impidieron recurrir a semejante argumento. Tras la muerte de su padre le había costado salir a flote, y no quería que Andrew Hale, ni nadie en Starkfield, pensara que volvía a hundirse. Además, detestaba mentir; si necesitaba el dinero, lo necesitaba, y nadie tenía por qué pedir explicaciones. Por lo tanto, formuló su petición con la torpeza del hombre orgulloso que se niega a admitir ante sí mismo que se está rebajando; y la negativa de Hale apenas le sorprendió.
El constructor se negó con afabilidad, como hacía con todo: trató el asunto como si de una broma se tratase, y quiso saber si Ethan pensaba comprarse un piano de cola o añadir una «cúpola» a su casa, ofreciéndose, en este último caso, a prestar sus servicios gratis.
Las argucias de Ethan se agotaron pronto y, tras una pausa incómoda, le dio los buenos días a Hale y abrió la puerta del despacho. Mientras salía, el constructor le llamó de improviso a sus espaldas: «Oye... no andarás en un aprieto, ¿verdad?».
—En absoluto —replicó el orgullo de Ethan antes de que su razón tuviera tiempo de intervenir.
—¡Bueno, me alegro! Porque yo sí que lo estoy, un poco. La verdad es que iba a pedirte que me dieses algo más de tiempo para ese pago. El negocio anda bastante flojo, para empezar, y además le estoy arreglando una casita a Ned y Ruth para cuando se casen. Lo hago por ellos con mucho gusto, pero cuesta lo suyo —su mirada reclamó la simpatía de Ethan—. A los jóvenes les gustan las cosas bien puestas. Tú mismo sabes cómo va esto: no hace tanto que arreglaste tu propia casa para Zeena.
Ethan dejó los tordos en el establo de Hale y fue a atender otros recados por el pueblo. Mientras se alejaba, la última frase del constructor resonaba en sus oídos, y pensó con amargura que sus siete años con Zeena le parecían a Starkfield «no tanto tiempo».
La tarde tocaba a su fin, y aquí y allá el cristal iluminado de una ventana tachonaba el frío crepúsculo grisáceo y hacía que la nieve pareciera más blanca. El crudo temporal había recluido a todo el mundo en sus casas y Ethan tenía para sí la larga calle rural. De pronto oyó el alegre tintineo de unos cascabeles y un trineo ligero pasó a su lado, tirado por un caballo de paso ágil. Ethan reconoció el potro ruano de Michael Eady, y el joven Denis Eady, con un vistoso y nuevo gorro de piel, se inclinó hacia delante y le saludó con la mano. «¡Hola, Ethe!», gritó, y siguió a toda marcha.
El trineo iba en dirección a la granja de los Frome, y el corazón de Ethan se encogió mientras escuchaba alejarse los cascabeles. ¿Qué era más probable sino que Denis Eady se hubiera enterado de la partida de Zeena hacia Bettsbridge y estuviera aprovechando la ocasión para pasar una hora con Mattie? Ethan se avergonzó del vendaval de celos que sentía en el pecho. Parecía indigno de la muchacha que sus pensamientos hacia ella fuesen tan violentos.
Siguió caminando hasta la esquina de la iglesia y se adentró en la sombra de los abetos de los Varnum, donde había estado con ella la noche anterior. Al penetrar en su penumbra divisó una silueta indistinta justo delante. Al acercarse, se fundió por un instante en dos formas separadas y luego volvió a unirse, y oyó un beso y un «¡Oh!» entre risas provocado por el descubrimiento de su presencia. De nuevo la silueta se disgregó apresuradamente y la cancela de los Varnum se cerró de golpe tras una de sus mitades mientras la otra se alejaba a paso rápido por delante de él. Ethan sonrió ante el apuro que había provocado. ¿Qué les importaba a Ned Hale y Ruth Varnum que los pillaran besándose? Todo el mundo en Starkfield sabía que estaban prometidos. A Ethan le complació haber sorprendido a una pareja de enamorados en el mismo lugar donde él y Mattie habían estado con tanta sed mutua en el corazón; pero sintió una punzada al pensar que ellos dos no tenían por qué ocultar su felicidad.
Fin del Episodio 8 · de 18
Capítulo IV · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.