Ethan Frome·Episodio 16

Capítulo IX · I

~14 min · 2739 palabras

Junto a la puerta de la cocina, Daniel Byrne estaba sentado en su trineo tras un tordo huesudo que escarbaba la nieve y balanceaba la larga cabeza de un lado a otro con inquietud.

Ethan entró en la cocina y encontró a su mujer junto a la estufa. Tenía la cabeza envuelta en el chal y leía un libro titulado «Las afecciones del riñón y su cura», por el que él había tenido que pagar un sobrecargo de franqueo hacía apenas unos días.

Zeena no se movió ni levantó la vista cuando él entró, y al cabo de un momento él preguntó: —¿Dónde está Mattie?

Sin apartar los ojos de la página, ella respondió: —Supongo que estará bajando su baúl.

La sangre se le subió a la cabeza. —¿Bajando el baúl... sola?

—Jotham Powell está abajo, en el bosque de leña, y Dan’l Byrne dice que no se atreve a dejar solo al caballo —replicó ella.

Su marido, sin detenerse a oír el final de la frase, salió de la cocina y subió las escaleras de un salto. La puerta del cuarto de Mattie estaba cerrada, y vaciló un instante en el rellano. —Matt —dijo en voz baja; pero no hubo respuesta, y puso la mano en el pomo de la puerta.

No había estado jamás en su habitación excepto una vez, a principios del verano, cuando fue a enyesar una gotera del alero, pero recordaba con exactitud el aspecto de cada cosa: la colcha roja y blanca sobre la cama estrecha, el bonito acerico sobre la cómoda y, encima de este, la fotografía ampliada de su madre en un marco oxidado, con un manojo de hierbas teñidas detrás. Ahora aquellos y todos los demás vestigios de su presencia habían desaparecido, y la habitación parecía tan desnuda y desolada como cuando Zeena la había hecho pasar a ella el día de su llegada. En mitad del suelo estaba su baúl, y sentada sobre él con su vestido de los domingos, de espaldas a la puerta y con el rostro entre las manos, se hallaba Mattie. No había oído la llamada de Ethan porque estaba sollozando, y no oyó sus pasos hasta que él se plantó a su espalda y le puso las manos en los hombros.

—¡Matt... oh, no llores... oh, Matt!

Se incorporó sobresaltada, alzando hacia él su rostro húmedo. —¡Ethan... creí que no volvería a verte jamás!

La estrechó entre sus brazos, apretándola contra sí, y con mano temblorosa le apartó el pelo de la frente.

—¿No volver a verme? ¿Qué quieres decir?

Ella dijo entre sollozos: —Jotham dijo que le habías dicho que no te esperáramos a comer, y pensé...

—¿Pensaste que quería escabullirme? —completó él con amargura.

Ella se aferró a él sin responder, y él posó los labios en sus cabellos, suaves pero elásticos, como ciertos musgos de laderas templadas, y que tenían la leve fragancia leñosa del serrín recién cortado al sol.

A través de la puerta oyeron la voz de Zeena, que llamaba desde abajo: —Dan’l Byrne dice que más vale que os deis prisa si queréis que se lleve ese baúl.

Se separaron con semblantes desolados. Palabras de resistencia acudieron a los labios de Ethan y murieron allí. Mattie encontró su pañuelo y se secó los ojos; luego, inclinándose, asió una de las asas del baúl.

Ethan la apartó. —Suelta, Matt —le ordenó.

Ella respondió: —Hacen falta dos para doblar la esquina; y rindiéndose a este argumento, él agarró la otra asa y juntos maniobraron con el pesado baúl hasta sacarlo al rellano.

—Ahora suelta —repitió él; luego se cargó el baúl al hombro y lo bajó por las escaleras y a través del pasillo hasta la cocina. Zeena, que había vuelto a sentarse junto a la estufa, no levantó la cabeza del libro cuando él pasó. Mattie lo siguió fuera y lo ayudó a subir el baúl a la parte trasera del trineo. Una vez colocado, se quedaron el uno junto al otro en el escalón de la puerta, viendo cómo Daniel Byrne partía a toda prisa tras su caballo inquieto.

A Ethan le pareció que su corazón estaba atado con cuerdas que una mano invisible apretaba a cada tictac del reloj. Dos veces abrió los labios para hablarle a Mattie y le faltó el aliento. Por fin, cuando ella se disponía a entrar de nuevo en la casa, le puso una mano encima para detenerla.

—Yo te llevaré, Matt —susurró.

Ella murmuró en respuesta: —Creo que Zeena quiere que vaya con Jotham.

—Yo te llevaré —repitió él; y ella entró en la cocina sin contestar.

Durante la comida, Ethan no pudo probar bocado. Si levantaba la vista, esta se posaba en el rostro consumido de Zeena, y las comisuras de sus labios rectos parecían temblar a punto de esbozar una sonrisa. Comió con apetito, declarando que el tiempo templado le sentaba mejor, e instó a servirse una segunda ración de alubias a Jotham Powell, cuyas apetencias por lo general ignoraba.

Mattie, concluida la comida, se dedicó a su tarea habitual de recoger la mesa y fregar los platos. Zeena, tras dar de comer al gato, había vuelto a su mecedora junto a la estufa, y Jotham Powell, que siempre se demoraba el último, echó hacia atrás la silla a regañadientes y avanzó hacia la puerta.

En el umbral, se volvió para preguntarle a Ethan: —¿A qué hora vengo a por Mattie?

Ethan estaba de pie cerca de la ventana, cargando maquinalmente su pipa mientras miraba a Mattie ir de un lado a otro. Respondió: —No hace falta que vengas; la llevaré yo mismo.

Vio subir el rubor a la mejilla desviada de Mattie y el brusco movimiento con que Zeena levantaba la cabeza.

—Quiero que te quedes aquí esta tarde, Ethan —dijo su mujer—. Jotham puede llevar a Mattie.

Mattie le dirigió una mirada suplicante, pero él repitió con sequedad: —La llevaré yo mismo.

Zeena continuó con el mismo tono reposado: —Quería que te quedaras a arreglar esa estufa del cuarto de Mattie antes de que llegue la chica. Hace casi un mes que no tira bien.

La voz de Ethan se alzó, indignada: —Si era bastante buena para Mattie, supongo que será bastante buena para una sirvienta.

—Esa chica que viene me dijo que estaba acostumbrada a una casa con calefacción —insistió Zeena con la misma apacibilidad monótona.

—Más le habría valido quedarse allí entonces —le espetó él; y volviéndose hacia Mattie, añadió con voz dura—: Estate lista para las tres, Matt; tengo asuntos que atender en Corbury.

Jotham Powell se había marchado hacia el granero, y Ethan fue tras él a zancadas, ardiendo de cólera. Le latían las sienes y una niebla le nublaba los ojos. Se entregó a su tarea sin saber qué fuerza lo guiaba ni de quién eran las manos y los pies que cumplían sus órdenes. No fue hasta que sacó al alazán y lo colocó reculando entre las varas del trineo cuando volvió a ser consciente de lo que hacía. Al pasar la brida sobre la cabeza del caballo y enrollar los tirantes alrededor de las varas, recordó el día en que había hecho los mismos preparativos para ir a buscar a la prima de su mujer a los Flats. Hacía poco más de un año, en una tarde igual de suave, con un «aire» de primavera en el ambiente. El alazán, volviendo hacia él el mismo ojo grande y ribeteado, le acarició la palma de la mano con el hocico de la misma manera; y uno tras otro, todos los días intermedios se alzaron y desfilaron ante él...

Arrojó la piel de oso al trineo, subió al pescante y condujo hasta la casa. Cuando entró en la cocina, estaba vacía, pero la bolsa y el chal de Mattie estaban preparados junto a la puerta. Fue al pie de la escalera y escuchó. No le llegó ningún sonido desde arriba, pero al momento le pareció oír que alguien se movía en su desierto estudio y, empujando la puerta, vio a Mattie, con sombrero y chaqueta, de espaldas a él cerca de la mesa.

Ella se sobresaltó al oírlo acercarse y, volviéndose con presteza, dijo: —¿Ya es la hora?

—¿Qué haces aquí, Matt? —le preguntó.

Ella lo miró con timidez. —Solo estaba echando una mirada alrededor..., eso es todo —respondió, con una sonrisa vacilante.

Volvieron a la cocina sin hablar, y Ethan recogió la bolsa y el chal.

—¿Dónde está Zeena? —preguntó.

—Subió justo después de comer. Dijo que volvía a tener esas punzadas y que no quería que la molestaran.

—¿No se despidió de ti?

—No. Eso fue todo lo que dijo.

Ethan, paseando la mirada despacio por la cocina, se dijo con un estremecimiento que en pocas horas regresaría a ella solo. Luego la sensación de irrealidad volvió a apoderarse de él, y no conseguía hacerse a la idea de que Mattie estuviera allí por última vez ante sus ojos.

—Vamos —dijo casi con alegría, abriendo la puerta y metiendo la maleta de ella en el trineo. Subió de un salto a su asiento y se inclinó para arroparla con la manta mientras ella se deslizaba en el sitio a su lado—. ¡Y ahora, arre! —dijo, sacudiendo las riendas de modo que el alazán echó a trotar plácidamente colina abajo.

—¡Tenemos tiempo de sobra para un buen paseo, Matt! —exclamó, buscando su mano bajo las pieles y apretándola entre las suyas. Le ardía la cara y se sentía mareado, como si hubiera entrado en la taberna de Starkfield en un día bajo cero a tomarse un trago.

En la cancela, en lugar de dirigirse a Starkfield, desvió al alazán hacia la derecha, por el camino de Bettsbridge. Mattie permaneció en silencio, sin dar muestras de sorpresa; pero al cabo de un instante dijo: —¿Vas a dar la vuelta por Shadow Pond?

Él se echó a reír y contestó: —¡Sabía que lo sabrías!

Ella se acurrucó más bajo la piel de oso, de modo que él, mirando de reojo por encima de la manga de su abrigo, apenas alcanzaba a verle la punta de la nariz y un ondeante mechón castaño revuelto por el viento. Avanzaron despacio camino arriba entre campos que relucían bajo el pálido sol, y luego torcieron a la derecha por un sendero flanqueado de piceas y alerces. Delante de ellos, a lo lejos, una hilera de colinas manchadas por motas de bosque negro se extendía en redondeadas curvas blancas contra el cielo. El sendero se internaba en un pinar de troncos que enrojecían al sol de la tarde y proyectaban delicadas sombras azules sobre la nieve. Al entrar en él, la brisa amainó y una cálida quietud pareció desprenderse de las ramas junto con las acículas que caían. Allí la nieve era tan pura que las menudas huellas de los animales del bosque habían dejado en ella intrincados dibujos como de encaje, y las piñas azuladas atrapadas en su superficie destacaban como adornos de bronce.

Ethan continuó guiando en silencio hasta que llegaron a una parte del bosque donde los pinos estaban más espaciados; entonces se detuvo y ayudó a Mattie a apearse del trineo. Cruzaron entre los troncos aromáticos, mientras la nieve crujía bajo sus pies, hasta llegar a una pequeña lámina de agua de orillas empinadas y boscosas. A través de su superficie helada, desde la orilla opuesta, una colina solitaria que se alzaba contra el sol de poniente proyectaba la larga sombra cónica que daba nombre al lago. Era un rincón tímido y secreto, lleno de la misma muda melancolía que Ethan sentía en el corazón.

Paseó la vista de un lado a otro de la pequeña orilla de guijarros hasta que sus ojos se posaron en el tronco de un árbol caído, medio sumergido en la nieve.

—Ahí es donde nos sentamos en la merienda campestre —le recordó.

El festejo del que hablaba era uno de los pocos en los que habían participado juntos: una «merienda de la parroquia» que, en una larga tarde del verano anterior, había llenado de júbilo aquel rincón apartado. Mattie le había rogado que fuera con ella, pero él se había negado. Luego, hacia el atardecer, al bajar de la montaña donde había estado talando madera, unos juerguistas rezagados le habían salido al paso y lo habían arrastrado hasta el grupo junto al lago, donde Mattie, rodeada de muchachos bromistas y fresca como una mora bajo su sombrero de ala ancha, preparaba café sobre una fogata. Se acordaba de la timidez que había sentido al acercarse a ella con sus toscas ropas de trabajo, y luego de cómo se le había iluminado el rostro, y de la forma en que se había abierto paso entre el grupo para acercársele con una taza en la mano. Se habían sentado unos minutos en el tronco caído junto a la laguna, y ella había echado en falta su guardapelo de oro y puesto a los jóvenes a buscarlo; y había sido Ethan quien lo había descubierto entre el musgo... Eso había sido todo; pero todo su trato se había compuesto de destellos inarticulados como aquel, momentos en los que de pronto parecían toparse con la felicidad como quien sorprende a una mariposa en los bosques invernales...

—Fue justo ahí donde encontré tu guardapelo —dijo él, hundiendo el pie en una densa mata de arándanos.

—¡Nunca vi a nadie con una vista tan aguda! —respondió ella.

Ella se sentó en el tronco al sol y él se sentó a su lado.

—Estabas bonita como una estampa con aquel sombrero rosa —dijo él.

Ella rió complacida. —¡Oh, supongo que sería por el sombrero! —replicó.

Nunca antes habían confesado sus sentimientos con tanta franqueza, y Ethan, por un instante, tuvo la ilusión de ser un hombre libre que cortejaba a la muchacha con la que pensaba casarse. Le miró el pelo y sintió el anhelo de acariciarlo otra vez y de decirle que olía a bosque; pero nunca había aprendido a decir semejantes cosas.

De pronto ella se puso en pie y dijo: —No debemos quedarnos aquí más tiempo.

Él continuó mirándola vagamente, apenas despierto a medias de su sueño. —Tenemos tiempo de sobra —contestó.

Se quedaron mirándose como si los ojos de cada uno se esforzaran por absorber y retener la imagen del otro. Había cosas que él tenía que decirle antes de separarse, pero no podía decirlas en aquel lugar de recuerdos estivales, de modo que se dio la vuelta y la siguió en silencio hasta el trineo. Mientras se alejaban, el sol se ocultó tras la colina y los troncos de los pinos pasaron del rojo al gris.

Por una pista serpenteante entre los campos regresaron al camino de Starkfield. A cielo abierto la luz aún era clara, con un reflejo de rojo frío sobre las colinas orientales. Los grupos de árboles en la nieve parecían encogerse en masas erizadas, como pájaros con la cabeza bajo el ala; y el cielo, al palidecer, se elevaba más y más, dejando la tierra más desolada.

Al incorporarse al camino de Starkfield, Ethan dijo: —Matt, ¿qué piensas hacer?

Ella no contestó enseguida, pero al final dijo: —Intentaré conseguir empleo en una tienda.

—Sabes que no puedes. El aire viciado y estar de pie todo el día casi te matan la otra vez.

—Estoy mucho más fuerte que antes de venir a Starkfield.

—¡Y ahora vas a echar a perder todo el bien que te ha hecho!

Aquello parecía no tener respuesta, y de nuevo avanzaron un rato sin hablar. Con cada metro del camino, algún rincón donde habían estado, riendo juntos o en silencio, atenazaba a Ethan y tiraba de él hacia atrás.

—¿No hay nadie de la familia de tu padre que pueda ayudarte?

—No hay ninguno a quien fuera a pedírselo.

Bajó la voz para decir: —Sabes que no hay nada que no hiciera por ti si pudiera.

—Sé que no.

—Pero no puedo...

Ella calló, pero él sintió un leve temblor en el hombro apoyado contra el suyo.

—¡Ay, Matt! —estalló él—, si hubiera podido marcharme contigo ahora, lo habría hecho...

Ella se volvió hacia él, sacándose un pedazo de papel del pecho. —Ethan... encontré esto —balbuceó—. Incluso en la luz mortecina, él vio que era la carta a su esposa que había comenzado la noche anterior y olvidado destruir. A través de su asombro corrió un estremecimiento feroz de alegría—. ¡Matt...! —exclamó—; si yo hubiera podido hacerlo, ¿tú lo habrías hecho?

Fin del Episodio 16 · de 18

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