Capítulo VIII · II
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Ella se sonrojó vivamente y le respondió en un susurro: —No, Ethan, no voy a preocuparme.
—Supongo que las cosas se arreglarán —añadió él.
No hubo más respuesta que un rápido aleteo de sus párpados, y él continuó: —¿No ha dicho nada esta mañana?
—No. Todavía no la he visto.
—No le hagas caso cuando la veas.
Con esta advertencia la dejó y salió hacia el establo de las vacas. Vio a Jotham Powell subir por la colina a través de la niebla matinal, y aquella estampa familiar aumentó su creciente sensación de seguridad.
Mientras los dos hombres limpiaban las pesebreras, Jotham se apoyó en la horca para decir: —Dan’l Byrne va a bajar a los Flats hoy a mediodía, y podría llevarse el baúl de Mattie, para que vayamos más desahogados cuando yo la lleve en el trineo.
Ethan lo miró con expresión ausente, y él continuó: —La señora Frome dijo que la chica nueva estaría en los Flats a las cinco, y que yo debía llevar a Mattie entonces, para que pudiera tomar el tren de las seis para Stamford.
Ethan sintió la sangre tamborilearle en las sienes. Tuvo que esperar un momento antes de encontrar voz para decir: —Oh, aún no es tan seguro que Mattie se vaya...
—¿Ah, sí? —dijo Jotham con indiferencia; y continuaron con su faena.
Cuando regresaron a la cocina, las dos mujeres ya estaban desayunando. Zeena tenía un aire de inusual viveza y actividad. Se tomó dos tazas de café y echó al gato las sobras del plato de pastel; luego se levantó de su asiento y, acercándose a la ventana, cortó dos o tres hojas amarillas de los geranios. —Los de la tía Martha no tienen ni una hoja marchita; pero se consumen cuando nadie los cuida —dijo pensativa. Luego se volvió hacia Jotham y preguntó—: ¿A qué hora dijiste que vendría Dan’l Byrne?
El peón lanzó una mirada vacilante a Ethan. —Hacia el mediodía —dijo.
Zeena se volvió hacia Mattie. —Ese baúl tuyo pesa demasiado para el trineo, y Dan’l Byrne pasará a llevárselo a los Flats —dijo.
—Te quedo muy agradecida, Zeena —dijo Mattie.
—Me gustaría revisar las cosas contigo antes —continuó Zeena con voz imperturbable—. Sé que falta una toalla de granito; y no consigo entender qué has hecho con la cajita de cerillas que solía estar detrás del búho disecado en la sala.
Salió, seguida de Mattie, y cuando los hombres se quedaron solos, Jotham dijo a su patrón: —Supongo que será mejor que deje venir a Dan’l, entonces.
Ethan terminó sus tareas matinales habituales en la casa y el establo; luego le dijo a Jotham: —Bajo a Starkfield. Diles que no me esperen para comer.
La pasión de la rebeldía había estallado de nuevo en su interior. Lo que a la sobria luz del día le había parecido increíble había sucedido de verdad, y él iba a asistir como un espectador impotente al destierro de Mattie. Su hombría quedaba humillada por el papel que se veía obligado a desempeñar y por pensar en lo que Mattie debía de opinar de él. Impulsos confusos pugnaban en él mientras caminaba a grandes zancadas hacia el pueblo. Había tomado la determinación de hacer algo, pero aún no sabía qué sería.
La niebla temprana se había disipado y los campos yacían como un escudo de plata bajo el sol. Era uno de esos días en que el resplandor del invierno brilla a través de una pálida neblina primaveral. Cada metro del camino estaba vivo con la presencia de Mattie, y apenas había rama recortada contra el cielo o maraña de zarzas en el ribazo donde no hubiera prendido algún brillante jirón de recuerdo. En una ocasión, en medio de la quietud, el canto de un pájaro en un serbal se pareció tanto a su risa que el corazón se le encogió para luego ensanchársele; y todo aquello le hizo comprender que debía hacer algo de inmediato.
De pronto se le ocurrió que Andrew Hale, que era un hombre de buen corazón, podría sentirse inclinado a reconsiderar su negativa y adelantarle una pequeña suma por la madera si se le decía que la mala salud de Zeena hacía necesario contratar a una criada. Hale, al fin y al cabo, conocía la situación de Ethan lo bastante bien como para que este pudiera reiterar su petición sin menoscabo excesivo de su orgullo; y, además, ¿cuánto contaba el orgullo ante la ebullición de pasiones que agitaba su pecho?
Cuanto más consideraba su plan, más esperanzador le parecía. Si lograba que la señora Hale lo escuchase, estaba seguro del éxito, y con cincuenta dólares en el bolsillo, nada podría apartarlo de Mattie...
Su primer propósito era llegar a Starkfield antes de que Hale se marchara a trabajar; sabía que el carpintero tenía un trabajo en la carretera de Corbury y era probable que saliera temprano de casa. Las largas zancadas de Ethan se aceleraron al ritmo presuroso de sus pensamientos, y al llegar al pie de la colina de la Escuela divisó a lo lejos el trineo de Hale. Se apresuró a salir a su encuentro, pero al acercarse vio que lo conducía el hijo menor del carpintero y que la figura que iba a su lado, semejante a un gran capullo erguido con gafas, era la de la señora Hale. Ethan les hizo señas para que se detuvieran, y la señora Hale se inclinó hacia delante, con sus arrugas rosadas resplandecientes de benevolencia.
—¿El señor Hale? Pues sí, ahora lo encontrará en casa. Esta mañana no va a ir a trabajar. Se despertó con un poco de lumbago y acabo de ponerle uno de los emplastos del viejo doctor Kidder y lo he sentado bien pegado a la lumbre.
Mirando a Ethan con afecto maternal, se inclinó para añadir: —El señor Hale me acaba de contar lo de la visita de Zeena a Bettsbridge para ver a ese nuevo médico. ¡Cuánto lamento que vuelva a encontrarse tan mal! Espero que él crea que puede hacer algo por ella. No conozco a nadie por aquí que haya pasado más enfermedades que Zeena. Siempre le digo al señor Hale que no sé qué habría hecho ella si no lo hubiera tenido a usted para cuidarla; y solía decir lo mismo de su madre. Ha tenido usted una vida bien dura, Ethan Frome.
Le dedicó una última inclinación de cabeza comprensiva mientras su hijo chasqueaba la lengua al caballo; y Ethan, mientras se alejaban, se quedó en medio del camino contemplando el trineo que se retiraba.
Hacía mucho tiempo que nadie le hablaba con tanta amabilidad como la señora Hale. La mayoría de la gente o bien se mostraba indiferente ante sus desdichas, o bien consideraba natural que un joven de su edad cargase sin quejarse con el fardo de tres vidas arruinadas. Pero la señora Hale le había dicho: «Ha tenido usted una vida bien dura, Ethan Frome», y él se sintió menos solo con su miseria. Si los Hale sentían lástima por él, seguro que atenderían a su súplica...
Emprendió la marcha por el camino hacia la casa de ellos, pero al cabo de unos pocos pasos se detuvo en seco, con el rostro encendido. Por primera vez, a la luz de las palabras que acababa de escuchar, comprendió lo que estaba a punto de hacer. Planeaba aprovecharse de la compasión de los Hale para sacarles dinero con falsos pretextos. Esa era la escueta formulación del confuso propósito que lo había llevado a toda prisa hasta Starkfield.
Con la repentina conciencia del punto al que lo había conducido su locura, esta se desvaneció y vio su vida ante sí tal como era. Era un hombre pobre, el marido de una mujer enfermiza a quien su abandono dejaría sola y en la indigencia; e incluso si hubiese tenido valor para abandonarla, solo habría podido hacerlo engañando a dos personas bondadosas que se habían apiadado de él.
Dio media vuelta y regresó caminando despacio hacia la granja.
Fin del Episodio 15 · de 18
Capítulo VIII · II
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