Capítulo VIII · I
~9 min · 1771 palabras
Cuando la enfermedad de su padre obligó a Ethan a regresar a la granja, su madre le cedió, para su uso particular, una pequeña habitación detrás del desocupado «salón de gala». Allí había clavado estantes para sus libros, se había construido un diván con tablas y un colchón, había dispuesto sus papeles sobre una mesa de cocina, había colgado en la pared de yeso tosco un grabado de Abraham Lincoln y un calendario con «Pensamientos de los poetas», e intentó, con aquellas modestas pertenencias, lograr cierto parecido con el estudio de un «pastor» que se había mostrado bondadoso con él y le había prestado libros cuando estuvo en Worcester. Todavía se refugiaba allí en verano, pero cuando Mattie llegó a vivir a la granja tuvo que cederle su estufa y, en consecuencia, la estancia resultaba inhabitable durante varios meses al año.
A este refugio bajó en cuanto la casa quedó en silencio, y la respiración acompasada de Zeena desde la cama le aseguró que no habría secuelas de la escena de la cocina. Tras la marcha de Zeena, Mattie y él habían permanecido mudos, sin que ninguno de los dos intentara acercarse al otro. Luego, la muchacha había vuelto a su tarea de recoger la cocina para la noche y él había tomado el farol y salido a hacer su ronda habitual alrededor de la casa. La cocina estaba vacía cuando regresó; pero su petaca de tabaco y su pipa descansaban sobre la mesa, y debajo de ellas había un trozo de papel arrancado del reverso de un catálogo de semillas, en el que se leían tres palabras escritas: «No te preocupes, Ethan».
Al entrar en su frío y oscuro «estudio», dejó el farol sobre la mesa y, agachándose hacia la luz, leyó el mensaje una y otra vez. Era la primera vez que Mattie le escribía, y la posesión de aquel papel le infundió una extraña y novedosa sensación de cercanía; sin embargo, no hizo sino ahondar su angustia al recordarle que, de allí en adelante, no tendrían ningún otro modo de comunicarse. ¡A cambio de la vida de su sonrisa, del calor de su voz, solo un papel frío y palabras muertas!
Confusos impulsos de rebelión rugían en su interior. Era demasiado joven, demasiado fuerte, estaba demasiado lleno de la savia de la vida como para someterse con tanta facilidad a la destrucción de sus esperanzas. ¿Había de consumir todos sus años al lado de una mujer amargada y quejumbrosa? Otras posibilidades habían habitado en él, posibilidades sacrificadas, una a una, a la estrechez de miras y a la ignorancia de Zeena. ¿Y de qué había servido? Ella estaba cien veces más amargada y descontenta que cuando se casaron: el único placer que le quedaba era causarle dolor a él. Todos los sanos instintos de defensa propia se alzaron en su interior contra semejante desperdicio...
Se arrebujó en su viejo abrigo de piel de mapache y se tumbó en el diván a pensar. Bajo la mejilla notó un objeto duro con extrañas protuberancias. Era un cojín que Zeena le había hecho cuando estaban prometidos: la única labor de aguja que la había visto hacer jamás. Lo arrojó al otro lado del suelo y apoyó la cabeza contra la pared...
Conocía el caso de un hombre del otro lado de la montaña —un muchacho de su misma edad— que había escapado de una vida de idéntica desdicha marchándose al Oeste con la joven a la que quería. Su esposa le había concedido el divorcio, y él se había casado con la muchacha y había prosperado. Ethan había visto a la pareja el verano anterior en Shadd’s Falls, adonde habían ido a visitar a unos parientes. Llevaban consigo a una niña de rizos rubios, que lucía un guardapelo de oro y vestía como una princesa. A la esposa abandonada tampoco le había ido mal. Su marido le había cedido la granja y ella se las había arreglado para venderla, y con aquello y la pensión alimenticia había abierto una casa de comidas en Bettsbridge, cobrando importancia y una intensa actividad. El pensamiento enardeció a Ethan. ¿Por qué no marcharse con Mattie al día siguiente, en vez de dejar que se fuera sola? Ocultaría la maleta bajo el asiento del trineo, y Zeena no sospecharía nada hasta que subiera a echarse la siesta y encontrara una carta sobre la cama...
Sus impulsos aún estaban a flor de piel, de modo que se levantó de un salto, volvió a encender el farol y se sentó a la mesa. Rebuscó en el cajón una hoja de papel, encontró una y comenzó a escribir.
«Zeena: He hecho cuanto he podido por ti, y no veo que haya servido de nada. No te culpo a ti, ni me culpo a mí. Quizá nos vaya mejor separados a los dos. Voy a probar suerte en el Oeste, y tú puedes vender la granja y el molino, y quedarte con el dinero—»
La pluma se detuvo en aquella palabra, que le puso crudamente de manifiesto las implacables condiciones de su suerte. Si le dejaba la granja y el molino a Zeena, ¿qué le quedaría a él para rehacer su vida? Una vez en el Oeste, estaba seguro de encontrar trabajo; no habría temido probar fortuna en solitario. Pero dependiendo Mattie de él, el caso era muy distinto. ¿Y qué sería de Zeena? La granja y el molino estaban hipotecados hasta el límite de su valor, y aun si encontraba un comprador —cosa de por sí improbable—, era dudoso que sacara limpios mil dólares de la venta. Entretanto, ¿cómo mantendría la granja en marcha? Solo gracias a un trabajo incesante y a una supervisión constante lograba Ethan arrancar un magro sustento de sus tierras, y su mujer, aun gozando de mejor salud de la que creía, jamás podría sobrellevar semejante carga ella sola.
Pues bien, entonces podía regresar con los suyos y ver qué hacían por ella. Era el mismo destino que le estaba imponiendo a Mattie: ¿por qué no dejar que lo probara en carne propia? Para cuando ella descubriese su paradero y presentase la demanda de divorcio, él probablemente —estuviese donde estuviese— ganaría lo suficiente para pagarle una pensión adecuada. Y la alternativa era dejar que Mattie partiera sola, con muchas menos esperanzas de encontrar algún medio de subsistencia...
Había revuelto el contenido del cajón de la mesa en su búsqueda de papel, y al empuñar la pluma su mirada cayó sobre un viejo ejemplar del Bettsbridge Eagle. La página de anuncios estaba doblada hacia arriba, y leyó las seductoras palabras: «Viajes al Oeste: tarifas reducidas».
Acercó el farol y repasó con avidez los precios; de pronto, el periódico resbaló de su mano y apartó la carta inacabada. Hacía un momento se preguntaba de qué vivirían Mattie y él una vez llegados al Oeste; ahora comprendía que ni siquiera tenía dinero para llevarla hasta allí. Pedir un préstamo quedaba descartado: seis meses antes había ofrecido su único aval para reunir fondos destinados a las reparaciones inaplazables del molino, y sabía bien que, sin garantías, nadie en Starkfield le prestaría ni diez dólares. Los hechos inexorables se cerraron sobre él como carceleros que esposan a un convicto. No había salida, ninguna. Estaba condenado a perpetuidad, y ahora su único rayo de luz iba a extinguirse.
Regresó con pesadumbre al diván y se tendió, con los miembros tan de plomo que le pareció que jamás volverían a moverse. Las lágrimas le subieron a la garganta y fueron abriéndose paso lentamente, abrasándole, hasta los párpados.
Mientras yacía allí, el cristal de la ventana que tenía enfrente, aclarándose poco a poco, incrustó en la oscuridad un recuadro de cielo bañado por la luna. Una rama torcida lo cruzaba, la rama del manzano bajo el cual, en las tardes de verano, a veces había encontrado a Mattie sentada cuando él subía del molino. Lentamente, el borde de los vapores plomizos cobró fulgor y se consumió, y una luna pura se suspendió en el azul. Ethan, incorporándose sobre un codo, contempló cómo el paisaje se emblanquecía y cobraba forma bajo la escultura de la luna. ¡Aquella era la noche en que debía haber llevado a Mattie a deslizarse en trineo, y allí colgaba el farol para alumbrarlos! Miró hacia las laderas bañadas de resplandor, la oscuridad ribeteada de plata de los bosques, el púrpura fantasmal de las colinas recortadas contra el cielo, y le pareció como si toda la belleza de la noche se hubiera derramado para burlarse de su desdicha...
Se quedó dormido, y cuando despertó el frío del amanecer invernal llenaba la habitación. Se sentía helado, entumecido y hambriento, y avergonzado de tener hambre. Se frotó los ojos y fue hacia la ventana. Un sol rojo se alzaba sobre el linde gris de los campos, tras unos árboles que parecían negros y quebradizos. Se dijo a sí mismo: «Este es el último día de Matt», e intentó pensar qué sería de aquel lugar sin ella.
Mientras estaba allí de pie, oyó un paso a su espalda y ella entró.
—Oh, Ethan, ¿has estado aquí toda la noche?
Se la veía tan menuda y demacrada con su pobre vestido, la bufanda roja enrollada al cuello y la fría luz volviendo cetrina su palidez, que Ethan se quedó ante ella sin pronunciar palabra.
—Debes de estar helado —continuó ella, clavando en él unos ojos sin brillo.
Él dio un paso para acercarse. —¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Porque te oí bajar otra vez las escaleras después de acostarme, y estuve escuchando toda la noche, y no subiste.
Toda su ternura acudió a sus labios. La miró y dijo: —Voy ahora mismo a encender el fuego de la cocina.
Regresaron a la cocina; él fue a buscar el carbón y la leña menuda y le limpió la estufa, mientras ella traía la leche y las sobras frías del pastel de carne. Cuando la estufa empezó a irradiar calor y el primer rayo de sol se tendió sobre el suelo de la cocina, los sombríos pensamientos de Ethan se disiparon en aquel aire más templado. La estampa de Mattie atareada en sus labores, tal como la había visto tantas mañanas, hacía parecer imposible que alguna vez fuera a dejar de formar parte de aquel cuadro. Se dijo que, sin duda, había exagerado el peso de las amenazas de Zeena, y que ella también, con el regreso del día, recobraría un juicio más sensato.
Se acercó a Mattie mientras se inclinaba sobre la estufa y le puso una mano en el brazo. —Tampoco quiero que tú te disgustes —dijo, mirándola a los ojos con una sonrisa.
Fin del Episodio 14 · de 18
Capítulo VIII · I
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