Capítulo VII · II
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Espero que Zeena no esté enferma —preguntó ella.
—No.
Ella le sonrió radiante desde el otro lado de la mesa. —Bueno, siéntate ahora mismo, entonces. Te estarás muriendo de hambre. —Destapó el pastel y se lo acercó. ¡Así que iban a tener una velada más juntos, parecían decir sus ojos dichosos!
Se sirvió mecánicamente y empezó a comer; de pronto la repugnancia le atenazó la garganta y soltó el tenedor.
La tierna mirada de Mattie descansaba en él y advirtió el gesto.
—Pero ¿qué pasa, Ethan? ¿No sabe bien?
—Sí... es de primera. Solo que yo... —Apartó el plato, se levantó de la silla y rodeó la mesa para situarse a su lado. Ella se sobresaltó con ojos asustados.
—¡Ethan, pasa algo! ¡Sabía que pasaba algo!
Ella pareció derretirse contra él en su terror, y él la estrechó entre sus brazos, la retuvo con fuerza y sintió el aleteo de sus pestañas contra su mejilla como mariposas atrapadas en una red.
—¿Qué ocurre?... ¿qué ocurre? —balbuceó ella; pero él había encontrado al fin sus labios y bebía en ellos el olvido de todo, salvo de la dicha que le daban.
Ella se demoró un instante, arrastrada por la misma fuerte corriente; luego se escabulló y retrocedió uno o dos pasos, pálida y turbada. Su mirada lo hirió de compunción, y él exclamó, como si la viera ahogarse en un sueño: —¡No puedes irte, Matt! ¡No te dejaré jamás!
—¿Ir... irme? —balbuceó ella—. ¿Tengo que irme?
Las palabras siguieron resonando entre ellos como si una antorcha de aviso volara de mano en mano a través de un paisaje negro.
Ethan se vio abrumado por la vergüenza ante su falta de dominio al arrojarle la noticia con semejante brutalidad. Sintió que la cabeza le daba vueltas y tuvo que apoyarse contra la mesa. Entre tanto, sentía como si aún la estuviera besando, y sin embargo se moría de sed por sus labios.
—Ethan, ¿qué ha pasado? ¿Zeena está enfadada conmigo?
Su grito lo serenó, aunque ahondó su cólera y su compasión. —No, no —le aseguró—, no es eso. Pero este nuevo médico la ha asustado con su estado. Ya sabes que se cree todo lo que le dicen la primera vez que los ve. Y este le ha dicho que no se pondrá bien a menos que guarde cama y no mueva un dedo en la casa... durante meses...
Hizo una pausa, apartando los ojos de ella con desolación. Ella permaneció en silencio un momento, abatida ante él como una rama quebrada. Parecía tan menuda y desvalida que se le encogió el corazón; pero de pronto levantó la cabeza y lo miró de frente: —¿Y quiere a alguien más mañosa en mi lugar? ¿Es eso?
—Eso es lo que dice esta noche.
—Si lo dice esta noche, lo dirá mañana.
Ambos se doblegaron ante la verdad inexorable: sabían que Zeena nunca cambiaba de parecer, y que en su caso una resolución adoptada equivalía a un hecho consumado.
Hubo un largo silencio entre ellos; luego Mattie dijo en voz baja: —No te aflijas tanto, Ethan.
—Oh, Dios... oh, Dios —gimió él. El fuego de pasión que había sentido por ella se había disuelto en una dolorosa ternura. Vio sus párpados batir presurosos para contener las lágrimas, y anheló estrecharla en sus brazos y consolarla.
—Estás dejando que se enfríe tu cena —le advirtió ella con un pálido destello de alegría.
—Oh, Matt... Matt... ¿adónde vas a ir?
Ella bajó los párpados y un estremecimiento le cruzó el rostro. Vio que por primera vez el pensamiento del futuro se le presentaba con claridad. —Tal vez pueda conseguir algo que hacer allá en Stamford —titubeó, como si supiera que él sabía que no le quedaba ninguna esperanza.
Se dejó caer de nuevo en su asiento y se cubrió la cara con las manos. La desesperación se apoderó de él al pensar en ella marchándose sola para reanudar la extenuante búsqueda de trabajo. En el único lugar donde la conocían estaba rodeada de indiferencia o animadversión; y ¿qué probabilidad tenía, inexperta y sin formación, entre los millones de personas que buscaban el pan en las ciudades? Acudían a su memoria relatos miserables que había oído en Worcester, y los rostros de muchachas cuyas vidas habían comenzado con tantas esperanzas como la de Mattie... No era posible pensar en tales cosas sin una rebelión de todo su ser. Se levantó de golpe.
—¡No puedes irte, Matt! ¡No te lo permitiré! Ella siempre se ha salido con la suya, ¡pero ahora pienso salirme con la mía...!
Mattie alzó la mano con un gesto rápido, y él oyó los pasos de su esposa detrás de él.
Zeena entró en la habitación con su paso arrastrado y chancletero, y tomó con calma su asiento habitual entre los dos.
—Me he sentido una pizca mejor, y el doctor Buck dice que debo comer todo lo que pueda para mantener las fuerzas, aunque no tenga nada de apetito —dijo con su cantinela monocorde, alargando el brazo por delante de Mattie para coger la tetera. Su vestido «bueno» había sido sustituido por el percal negro y el chal de punto marrón que formaban su atuendo de diario, y con ellos había adoptado su expresión y modales de costumbre. Se sirvió el té, le echó un buen chorro de leche, se sirvió una generosa porción de pastel y encurtidos, e hizo el conocido gesto de ajustarse la dentadura postiza antes de empezar a comer. El gato se frotó zalamero contra ella, y ella dijo: «Buen minino», se inclinó para acariciarlo y le dio un bocado de carne de su plato.
Ethan permaneció sentado en silencio, sin fingir siquiera que comía, pero Mattie picoteó con valentía su comida e hizo a Zeena una o dos preguntas sobre su visita a Bettsbridge. Zeena contestó con su tono habitual y, animándose con el tema, los deleitó con varias descripciones vívidas de los trastornos intestinales de sus amigos y parientes. Miraba fijamente a Mattie mientras hablaba, con una leve sonrisa que acentuaba las líneas verticales entre su nariz y su barbilla.
Terminada la cena, se levantó de su asiento y se apretó la mano contra la superficie plana sobre la región del corazón. —Ese pastel tuyo siempre resulta una pizca pesado, Matt —dijo, sin mala intención. Rara vez acortaba el nombre de la muchacha, y cuando lo hacía era siempre señal de afabilidad.
—Casi que me dan ganas de ir a buscar esos polvos para el estómago que traje el año pasado de Springfield —continuó—. Hace bastante que no los pruebo, y a lo mejor me alivian la acidez.
Mattie levantó la vista. —¿No puedo traértelos yo, Zeena? —se atrevió a decir.
—No. Están en un sitio que tú no conoces —respondió Zeena con recelo, lanzándole una de sus miradas de misterio.
Salió de la cocina y Mattie, poniéndose en pie, empezó a retirar los platos de la mesa. Al pasar junto a la silla de Ethan, sus miradas se cruzaron y se fundieron con desolación. La cálida y quieta cocina parecía tan tranquila como la noche anterior. El gato había saltado a la mecedora de Zeena, y el calor del fuego empezaba a arrancar el tenue y penetrante aroma de los geranios. Ethan se puso pesadamente en pie.
—Saldré a echar un vistazo por ahí fuera —dijo, dirigiéndose al pasillo para coger el farol.
Al llegar a la puerta se encontró con Zeena, que volvía a entrar en la habitación, con los labios temblorosos de ira y un sofoco de exaltación en su rostro cetrino. El chal se le había resbalado de los hombros y arrastraba tras sus talones aplastados, y en las manos traía los pedazos de la fuente de encurtidos de cristal rojo.
—Me gustaría saber quién ha hecho esto —dijo, mirando con severidad de Ethan a Mattie.
No hubo respuesta, y ella continuó con voz trémula: —Fui a buscar esos polvos que había guardado en el viejo estuche de gafas de padre, encima de la alacena, donde guardo las cosas que aprecio, para que nadie ande hurgando en ellas... —Se le quebró la voz, y dos pequeñas lágrimas asomaron a sus párpados desprovistos de pestañas y rodaron despacio por sus mejillas—. Hace falta la escalera de tijera para alcanzar el estante de arriba, y puse la fuente de encurtidos de la tía Philura Maple allá arriba a propósito cuando nos casamos, y nunca se ha bajado desde entonces, salvo para la limpieza de primavera, e incluso entonces siempre la cogí con mis propias manos, para que no se rompiera. —Depositó los fragmentos con reverencia sobre la mesa—. Quiero saber quién ha hecho esto —gimoteó con voz temblorosa.
Ante el desafío, Ethan se volvió hacia el interior de la habitación y la encaró: —Pues yo te lo puedo decir. Ha sido el gato.
—¿El gato?
—Eso he dicho.
Ella lo miró fijamente y luego volvió los ojos hacia Mattie, que llevaba el lebrillo a la mesa.
—Me gustaría saber cómo se metió el gato en mi alacena —dijo.
—Persiguiendo ratones, supongo —replicó Ethan—. Hubo un ratón rondando por la cocina durante toda la tarde de ayer.
Zeena continuó mirando a uno y a otro; luego soltó su risita extraña. —Sabía que el gato era listo —dijo con voz aguda—, pero no sabía que lo fuera tanto como para recoger los trozos de mi fuente de los encurtidos y colocarlos borde con borde en el mismo estante de donde los tiró.
De repente, Mattie sacó los brazos del agua humeante. —¡No ha sido culpa de Ethan, Zeena! El gato sí que rompió la fuente; pero yo la bajé de la alacena y la culpa de que se rompiera es mía.
Zeena permaneció de pie junto a las ruinas de su tesoro, envarándose en una pétrea estampa de resentimiento—. ¿Tú bajaste mi fuente de los encurtidos? ¿Para qué?
Un vivo rubor encendió las mejillas de Mattie. —Quería poner bonita la mesa de la cena —dijo.
—Querías poner bonita la mesa de la cena; y esperaste a que me diera la vuelta para coger lo que más aprecio de todo cuanto tengo, y que yo no usaría jamás, ni siquiera cuando el pastor vino a comer o la tía Martha Pierce vino de Bettsbridge... —Zeena se detuvo con un sofoco, como aterrorizada por su propia evocación del sacrilegio—. Eres una mala chica, Mattie Silver, y siempre lo he sabido. Así empezó tu padre, y bien que me lo advirtieron cuando te recogí, e intenté poner mis cosas donde no pudieras alcanzarlas... y ahora me has quitado la que más quería de todas... —Se interrumpió en un breve espasmo de sollozos que pasó y la dejó, más que nunca, convertida en una figura de piedra.
—Si le hubiera hecho caso a la gente, te habrías ido hace ya tiempo, y esto no habría pasado —dijo; y, recogiendo los pedazos de vidrio roto, salió de la habitación como si llevara un cadáver...
Fin del Episodio 13 · de 18
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