Ethan Frome·Episodio 12

Capítulo VII · I

~12 min · 2324 palabras

Ethan salió al pasillo a colgar sus ropas húmedas. Prestó oído al paso de Zeena y, al no escucharlo, la llamó escaleras arriba por su nombre. Ella no respondió y, tras un instante de vacilación, él subió y abrió la puerta de su alcoba. La habitación estaba casi a oscuras, pero en la penumbra la vio sentada junto a la ventana, completamente erguida, y supo por la rigidez del contorno que se recortaba contra el cristal que aún no se había quitado el traje de viaje.

—Bueno, Zeena —se aventuró él desde el umbral.

Ella no se movió, y él continuó: —La cena ya casi está lista. ¿No bajas?

Ella respondió: —Siento que no podría probar ni un bocado.

Era la fórmula consagrada, y él esperaba que viniese seguida, como de costumbre, de que ella se levantara y bajara a cenar. Pero se quedó sentada, y a él no se le ocurrió nada más oportuno que decir: —Supongo que estarás cansada después de tan largo viaje.

Volviendo la cabeza ante esto, ella contestó con solemnidad: —Estoy mucho más enferma de lo que crees.

Sus palabras cayeron en sus oídos con una extraña sacudida de asombro. Se las había oído pronunciar a menudo con anterioridad: ¿y si al fin eran ciertas?

Dio uno o dos pasos al interior del aposento en penumbra. —Espero que no sea así, Zeena —dijo.

Siguió mirándolo a través de la penumbra con un aire de pálida autoridad, como de quien se sabe conscientemente elegido para un gran destino. —Tengo complicaciones —dijo.

Ethan sabía que aquella palabra era de una trascendencia excepcional. Casi todo el mundo en el vecindario tenía «achaques», declaradamente localizados y precisos; pero solo los elegidos tenían «complicaciones». Tenerlas era en sí una distinción, aunque también, en la mayoría de los casos, una sentencia de muerte. La gente batallaba durante años con «achaques», pero casi siempre sucumbía a las «complicaciones».

El corazón de Ethan basculaba de un extremo a otro del sentimiento, pero por el momento prevaleció la compasión. Su esposa parecía tan dura y solitaria, sentada allí en la oscuridad con semejantes pensamientos.

—¿Eso te dijo el nuevo médico? —preguntó, bajando la voz por instinto.

—Sí. Dice que cualquier médico formal querría operarme.

Ethan era consciente de que, respecto a la importante cuestión de la intervención quirúrgica, la opinión femenina del vecindario estaba dividida: algunas se vanagloriaban del prestigio que conferían las operaciones, mientras que otras las rehuían por considerarlas indecorosas. Ethan, por razones de economía, siempre se había alegrado de que Zeena perteneciera a esta última facción.

En la agitación provocada por la gravedad de su anuncio, buscó un atajo consolador: —¿Y qué sabes tú de ese médico, al fin y al cabo? Nadie te había dicho eso antes.

Vio su error antes de que ella pudiera replicar: quería comprensión, no consuelo.

—No necesitaba que nadie me dijera que iba perdiendo terreno día a día. Todos menos tú podían verlo. Y todo el mundo en Bettsbridge conoce al doctor Buck. Tiene su consulta en Worcester, y viene cada quince días a Shadd’s Falls y a Bettsbridge para dar consulta. Eliza Spears se estaba consumiendo de un mal de riñón antes de acudir a él, y ahora anda de pie y de acá para allá, y canta en el coro.

—Bueno, me alegro de eso. Tienes que hacer exactamente lo que te mande —respondió Ethan con tono comprensivo.

Ella seguía mirándolo. —Es lo que pienso hacer —dijo. A él le llamó la atención un matiz nuevo en su voz. No era quejumbroso ni de reproche, sino secamente resuelto.

—¿Qué quiere que hagas? —preguntó, con la creciente visión de nuevos gastos.

—Quiere que contrate a una sirvienta. Dice que no debería tener que hacer ni una sola cosa en la casa.

—¿Una sirvienta? —Ethan se quedó paralizado.

—Sí. Y la tía Martha me encontró una enseguida. Todo el mundo dijo que tenía suerte de conseguir que una chica viniera hasta aquí afuera, y acepté darle un dólar de más para asegurarla. Llegará mañana por la tarde.

La cólera y el desaliento se disputaban el ánimo de Ethan. Había previsto una exigencia inmediata de dinero, pero no una sangría permanente en sus escasos recursos. Ya no creía lo que Zeena le había contado de la supuesta gravedad de su estado: no vio en su expedición a Bettsbridge más que una intriga tramada entre ella y sus parientes los Pierce para endilgarle el coste de una sirvienta; y por el momento predominaba la cólera.

—Si pensabas contratar a una muchacha, debiste habérmelo dicho antes de marcharte —dijo.

—¿Cómo iba a decírtelo antes de marcharme? ¿Cómo sabía yo lo que diría el doctor Buck?

—¡Ah, el doctor Buck!... —la incredulidad de Ethan escapó en una risa corta—. ¿Acaso te dijo el doctor Buck cómo iba yo a pagarle el sueldo?

La voz de ella se elevó furiosa, al compás de la suya: —No, no me lo dijo. ¡Porque me habría dado vergüenza decirle a él que tú me regateas el dinero para recobrar la salud, cuando la perdí cuidando a tu propia madre!

—¿Que tú perdiste la salud cuidando a mi madre?

—Sí; y toda mi familia me dijo por entonces que no podías hacer menos que casarte conmigo después de...

—¡Zeena!

A través de la oscuridad que ocultaba sus rostros, sus pensamientos parecían lanzarse el uno contra el otro como serpientes que escupen veneno. A Ethan lo sobrecogió el horror ante la escena y la vergüenza por su propia participación en ella. Era tan insensato y salvaje como una pelea a golpes entre dos enemigos en las tinieblas.

Se volvió hacia la repisa sobre la chimenea, buscó fósforos a tientas y encendió la única vela de la habitación. Al principio, su débil llama no hizo mella en las sombras; luego, el rostro de Zeena se recortó con adustez contra el cristal sin cortinas, que había pasado del gris al negro.

Era la primera escena de cólera abierta entre la pareja en sus tristes siete años juntos, y Ethan sintió como si hubiera perdido una ventaja irrecuperable al descender al nivel de las recriminaciones. Pero el problema práctico seguía allí y había que afrontarlo.

—Sabes que no tengo dinero para pagar a una sirvienta, Zeena. Tendrás que mandarla de vuelta: yo no puedo asumirlo.

—El médico dice que será mi muerte si sigo deslomándome como he tenido que hacer. No se explica cómo he podido aguantar tanto tiempo.

—¡Deslomándote!... —Se contuvo de nuevo—: No moverás ni un dedo, si él lo dice. Yo mismo haré todo lo que haya que hacer en la casa...

Ella lo interrumpió: —Bastante descuidas ya la granja —y siendo esto verdad, él no halló respuesta, dándole tiempo a ella para añadir con ironía—: Más valdría que me enviaras al asilo de pobres y acabáramos de una vez... Supongo que ya habrá habido Fromes allí antes de ahora.

La pulla se le clavó adentro, pero la dejó pasar. —No tengo el dinero. Y eso zanja la cuestión.

Hubo una pausa momentánea en la contienda, como si los combatientes estuviesen probando sus armas. Entonces Zeena dijo con voz neutra: —Creí que ibas a cobrar cincuenta dólares de Andrew Hale por esa madera.

—Andrew Hale nunca paga antes de tres meses —apenas hubo pronunciado estas palabras cuando recordó la excusa que le había puesto a su esposa el día anterior para no acompañarla a la estación; y la sangre se le subió al ceño fruncido.

—Pero si ayer me dijiste que habías acordado con él que te pagara al contado. Dijiste que por eso no podías llevarme en coche a los Flats.

Ethan carecía de soltura para el engaño. Jamás lo habían sorprendido antes en una mentira, y todos los recursos de evasión le fallaron. —Supongo que fue un malentendido —balbuceó.

—¿No tienes el dinero?

—No.

—¿Y no vas a conseguirlo?

—No.

—Bueno, yo no podía saber eso cuando contraté a la muchacha, ¿a que no?

—No. —Hizo una pausa para dominar la voz—. Pero lo sabes ahora. Lo siento, pero no tiene remedio. Eres la mujer de un hombre pobre, Zeena; pero haré todo lo mejor que pueda por ti.

Durante un rato ella permaneció inmóvil, como reflexionando, con los brazos extendidos a lo largo de los del sillón, los ojos clavados en el vacío. —Oh, supongo que nos las arreglaremos —dijo con sosiego.

El cambio en el tono de ella lo tranquilizó. —¡Claro que sí! Hay muchas más cosas que puedo hacer por ti, y Mattie...

Zeena, mientras él hablaba, parecía estar haciendo algún elaborado cálculo mental. Salió de él para decir: —De todos modos, nos ahorraremos la manutención de Mattie...

Ethan, suponiendo que la discusión había terminado, se había vuelto para bajar a cenar. Se detuvo en seco, sin comprender lo que oía. —¿Descontar la manutención de Mattie...? —comenzó.

Zeena se echó a reír. Era un sonido extraño y poco familiar; él no recordaba haberla oído reír nunca. —¿No supondrías que iba a quedarme con dos chicas, verdad? ¡Con razón te asustaba el gasto!

Él seguía teniendo una idea muy confusa de lo que ella decía. Desde el principio de la discusión había evitado instintivamente mencionar el nombre de Mattie, temiendo apenas sabía qué: críticas, quejas o vagas alusiones a la inminente probabilidad de que se casara. Pero la idea de una ruptura definitiva jamás se le había pasado por la cabeza, y ni siquiera ahora lograba arraigar en su mente.

—No sé a qué te refieres —dijo—. Mattie Silver no es una criada a sueldo. Es pariente tuya.

—Es una muerta de hambre que se nos pegó a todos después de que su padre hiciera todo lo posible por arruinarnos. La he tenido aquí un año entero: ahora le toca el turno a otro.

Mientras aquellas palabras chillonas salían disparadas, Ethan oyó un golpecito en la puerta, que había entornado al apartarse del umbral.

—¡Ethan! ¡Zeena! —La voz de Mattie sonó alegre desde el rellano—. ¿Sabéis qué hora es? La cena lleva lista media hora.

Dentro de la habitación hubo un momento de silencio; luego Zeena gritó desde su asiento: —No voy a bajar a cenar.

—¡Oh, cuánto lo siento! ¿No te encuentras bien? ¿No quieres que te suba un bocado de algo?

Ethan se despabiló con esfuerzo y abrió la puerta. —Baja tú, Matt. Zeena solo está un poco cansada. Ya voy.

La oyó decir: «¡De acuerdo!», y sus pasos presurosos en la escalera; luego cerró la puerta y volvió a entrar en la habitación. La actitud de su esposa no había cambiado, su rostro seguía inexorable, y a él lo invadió una desesperada sensación de impotencia.

—¿No vas a hacerlo de verdad, Zeena?

—¿Hacer qué? —soltó ella entre los labios apretados.

—¿Echar a Mattie... así?

—¡Yo nunca me comprometí a quedármela de por vida!

Él continuó con creciente vehemencia: —No puedes ponerla en la calle como a una ladrona, a una pobre muchacha sin amigos ni dinero. Ha hecho todo lo que ha podido por ti y no tiene adónde ir. Podrás olvidar que es de tu familia, pero todos los demás se acordarán. Si haces una cosa así, ¿qué crees que dirá la gente de ti?

Zeena esperó un momento, como dándole tiempo a que sintiera toda la fuerza del contraste entre la agitación de él y la compostura de ella. Luego respondió con la misma voz suave: —Sé de sobra lo que dicen de que la haya tenido aquí tanto tiempo.

La mano de Ethan se desprendió del pomo de la puerta, que había mantenido aferrado desde que la cerró tras la marcha de Mattie. La réplica de su esposa fue como un tajo de cuchillo en los tendones y de pronto se sintió débil e impotente. Había tenido la intención de humillarse, de argumentar que, al fin y al cabo, la manutención de Mattie no costaba mucho, que él se las arreglaría para comprar una estufa y acondicionar un sitio en el desván para la criada; pero las palabras de Zeena revelaban el peligro de tales súplicas.

—¿Quieres decir que vas a decirle que tiene que marcharse... ya mismo? —balbuceó, aterrorizado de dejar que su esposa completara la frase.

Como si intentara hacerle entrar en razón, ella respondió con imparcialidad: —La chica llegará mañana de Bettsbridge, y supongo que tendrá que dormir en alguna parte.

Ethan la miró con repugnancia. Ya no era la criatura indolente que había vivido a su lado en un estado de hosco ensimismamiento, sino una presencia misteriosa y ajena, una energía maligna secretada a lo largo de años de silencioso resentimiento. Era la conciencia de su impotencia lo que agudizaba su aversión. Nunca había habido nada en ella a lo que se pudiera apelar; pero mientras pudo ignorarla y mandar, se había mantenido indiferente. Ahora ella se había impuesto sobre él y él la aborrecía. Mattie era pariente de ella, no de él: no tenía forma de obligarla a conservar a la muchacha bajo su techo. Toda la larga desdicha de su pasado frustrado, de su juventud de fracaso, penurias y vanos esfuerzos, se alzó en su alma con amargura y pareció cobrar forma ante él en la mujer que a cada paso le había cerrado el camino. Le había arrebatado todo lo demás; y ahora pretendía quitarle lo único que compensaba todo lo perdido. Por un instante, una llamarada de odio tan intensa brotó en su interior que le recorrió el brazo y le cerró el puño contra ella. Dio un paso salvaje hacia adelante y luego se detuvo.

—¿No... no vas a bajar? —dijo con voz desconcertada.

—No. Creo que me tenderé un rato en la cama —respondió ella con mansedumbre; y él se dio la vuelta y salió de la habitación.

En la cocina, Mattie estaba sentada junto a la estufa, con el gato acurrucado en su regazo. Se puso en pie de un salto en cuanto entró Ethan y llevó a la mesa la fuente tapada con el pastel de carne.

Fin del Episodio 12 · de 18

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