Ethan Frome·Episodio 10

Capítulo V

~10 min · 2060 palabras

Terminaron de cenar y, mientras Mattie recogía la mesa, Ethan fue a ver a las vacas y luego dio una última vuelta alrededor de la casa. La tierra yacía oscura bajo un cielo amortajado y el aire estaba tan quieto que de vez en cuando oía caer pesadamente un terrón de nieve desde un árbol lejano, en el linde del bosque.

Cuando regresó a la cocina, Mattie había arrimado la silla de él a la estufa y se había sentado cerca de la lámpara con un poco de costura. La escena era tal como la había soñado aquella mañana. Se sentó, sacó la pipa del bolsillo y estiró los pies hacia el resplandor. Su duro día de trabajo en el aire cortante le hacía sentirse a un tiempo perezoso y de humor ligero, y tenía la confusa sensación de hallarse en otro mundo, donde todo era calidez y armonía y el tiempo no podía traer cambio alguno. El único inconveniente para su completo bienestar era que no podía ver a Mattie desde donde estaba sentado; pero era demasiado indolente para moverse y, al cabo de un momento, dijo: —Ven aquí y siéntate junto a la estufa.

La mecedora vacía de Zeena estaba frente a él. Mattie se levantó obediente y se acomodó en ella. Cuando su joven cabeza castaña se recortó contra el cojín de retazos que habitualmente enmarcaba el rostro demacrado de su esposa, Ethan sufrió una sacudida momentánea. Era casi como si la otra cara, la faz de la mujer postergada, hubiera borrado la de la intrusa. Al cabo de un instante, Mattie pareció verse afectada por la misma sensación de incomodidad. Cambió de postura, inclinándose hacia delante para doblar la cabeza sobre su labor, de modo que él sólo veía la punta escorzada de su nariz y el reflejo rojizo de su cabello; luego se puso de pie con ligereza, diciendo: «No veo para coser», y regresó a su silla junto a la lámpara.

Ethan puso el pretexto de levantarse para avivar la estufa y, al volver a su asiento, lo ladeó para poder contemplar el perfil de ella y la luz de la lámpara cayendo sobre sus manos. El gato, que había sido perplejo observador de aquellos movimientos insólitos, dio un salto a la mecedora de Zeena, se hizo un ovillo y se quedó mirándolos con ojos entornados.

Una profunda quietud se adueñó de la estancia. El reloj hacía tictac sobre el aparador, un trozo de leña carbonizada caía de vez en cuando en la estufa y el débil y penetrante aroma de los geranios se mezclaba con el olor del humo de Ethan, que empezaba a tender una neblina azul alrededor de la lámpara y a colgar sus telarañas grisáceas en los rincones sombríos de la habitación.

Toda cortedad se había desvanecido entre los dos y empezaron a hablar con llaneza y naturalidad. Hablaron de cosas cotidianas, de la probabilidad de que nevara, de la próxima tertulia parroquial, de los amores y disputas de Starkfield. La naturaleza trivial de lo que decían produjo en Ethan la ilusión de una intimidad inveterada que ningún arrebato de emoción habría podido otorgar, y dejó que su imaginación se meciera en la fantasía de que siempre habían pasado las veladas de aquel modo y de que siempre seguirían haciéndolo...

—Esta es la noche en que íbamos a tirarnos en trineo, Matt —dijo al fin, con la rica sensación, mientras hablaba, de que podían ir cualquier otra noche que eligieran, puesto que tenían todo el tiempo por delante.

Ella le devolvió la sonrisa: —¡Me parece que se te olvidó!

—No, no se me olvidó; pero afuera está oscuro como boca de lobo. Podríamos ir mañana si hay luna.

Ella rio de satisfacción, con la cabeza echada hacia atrás, mientras la luz de la lámpara chispeaba en sus labios y sus dientes: —¡Sería maravilloso, Ethan!

Él no apartaba los ojos de ella, maravillado por el modo en que su rostro cambiaba a cada giro de la conversación, como un campo de trigo bajo la brisa estival. Era embriagador encontrar semejante magia en sus torpes palabras, y ardía en deseos de probar nuevas formas de emplearla.

—¿Te daría miedo bajar por el camino de Corbury conmigo en una noche como esta? —preguntó.

Las mejillas de la joven ardieron con más fuerza: —¡No tengo más miedo que tú!

—Pues bien, a mí sí me daría miedo; no lo haría. Hay una curva muy fea allá abajo, junto al gran olmo. Si uno no anduviera con los ojos bien abiertos, se estrellaría de lleno contra él —se regodeó en la sensación de protección y autoridad que transmitían sus palabras. Para prolongar e intensificar el sentimiento, añadió—: Creo que aquí estamos muy bien.

Ella dejó caer los párpados con lentitud, del modo que a él tanto le gustaba: —Sí, aquí estamos muy bien —suspiró.

El tono de ella era tan dulce que él se quitó la pipa de la boca y acercó su silla a la mesa. Inclinándose hacia delante, tocó el extremo más lejano de la tira de tela castaña que ella estaba dobladillando. —Dime, Matt —empezó con una sonrisa—, ¿qué crees que he visto debajo de los abetos de los Varnum, al regresar a casa hace un momento? He visto a una amiga tuya recibiendo un beso.

Las palabras habían estado rondándole en la lengua durante toda la velada, pero, una vez pronunciadas, le parecieron indeciblemente vulgares y fuera de lugar.

Mattie se sonrojó hasta la raíz del pelo y pasó la aguja con rapidez dos o tres veces por la tela, apartando imperceptiblemente el extremo de las manos de él. —Supongo que serían Ruth y Ned —dijo en voz baja, como si de repente él hubiera tocado un tema grave.

Ethan se había imaginado que su alusión abriría el camino a las bromas consabidas, y estas tal vez, a su vez, a una caricia inocente, siquiera a un simple roce de su mano. Pero ahora sentía como si el rubor de la joven hubiera levantado una guardia llameante a su alrededor. Supuso que era su torpeza natural la que le hacía sentirse así. Sabía que la mayoría de los jóvenes no tenían el menor reparo en besar a una muchacha bonita, y recordaba que la noche anterior, cuando le había pasado el brazo a Mattie por la cintura, ella no se había resistido. Pero aquello había sido al aire libre, bajo la noche franca y despreocupada. Ahora, en la tibia estancia iluminada por la lámpara, con todas sus antiguas resonancias de conformidad y orden, ella parecía infinitamente más lejana e inaccesible.

Para aliviar su desazón, dijo: —Supongo que no tardarán en fijar una fecha.

—Sí. No me extrañaría que se casaran en algún momento del verano —pronunció la palabra casaran como si su voz la acariciara. Parecía una espesura rumorosa que conducía a claros encantados. Una punzada atravesó a Ethan, y dijo, revolviéndose en la silla para apartarse de ella—: La próxima serás tú, no me extrañaría.

Ella rio con cierta incertidumbre: —¿Por qué no dejas de decir eso?

Él coreó su risa: —Supongo que lo hago para acostumbrarme a la idea.

Volvió a acercarse a la mesa y ella siguió cosiendo en silencio, con las pestañas bajas, mientras él permanecía sentado en fascinada contemplación de la manera en que las manos de ella subían y bajaban sobre la tira de tela, tal como había visto a una pareja de pájaros hacer breves vuelos perpendiculares sobre un nido que estaban construyendo. Al cabo de un rato, sin volver la cabeza ni levantar los párpados, dijo en voz baja: —No será porque crees que Zeena tiene algo contra mí, ¿verdad?

Su antiguo temor se alzó en pie de guerra ante la insinuación. —Pero ¿qué quieres decir? —balbuceó.

Ella levantó hacia él unos ojos angustiados, dejando caer la labor sobre la mesa, entre los dos. —No lo sé. Anoche me pareció que sí.

—Me gustaría saber qué —gruñó él.

—Con Zeena nunca se sabe —era la primera vez que hablaban con tanta franqueza de la actitud de ella hacia Mattie, y la repetición del nombre pareció llevarlo hasta los rincones más lejanos de la habitación y devolvérselo en largas repercusiones sonoras. Mattie esperó, como para dar tiempo a que se apagara el eco, y luego continuó—: ¿No te ha dicho nada a ti?

Él sacudió la cabeza: —No, ni una palabra.

Ella se echó el pelo hacia atrás de la frente con una risa: —Supongo que sólo son nervios míos, entonces. No voy a pensar más en ello.

—¡Oh, no, no pensemos en eso, Matt!

El repentino calor de su tono hizo que los colores volvieran a subirle al rostro, no de golpe, sino poco a poco, con delicadeza, como el reflejo de un pensamiento que se deslizara lentamente por su corazón. Permaneció sentada en silencio, con las manos entrelazadas sobre la labor, y a él le pareció que una corriente cálida fluía hacia él a lo largo de la tira de tela que aún yacía desenrollada entre ambos. Con cautela, deslizó la mano con la palma hacia abajo por la mesa hasta que las yemas de los dedos rozaron el extremo de la tela. Un leve temblor en las pestañas de ella pareció indicar que era consciente de su gesto, y que este le había devuelto una contracorriente; y dejó reposar las manos, inmóviles, en el otro extremo de la tira.

Mientras estaban así sentados, oyó un ruido a sus espaldas y volvió la cabeza. El gato había saltado de la mecedora de Zeena para abalanzarse sobre un ratón en el zócalo y, como consecuencia de aquel movimiento repentino, la mecedora vacía había iniciado un balanceo fantasmal.

«Mañana a estas horas se estará meciendo ella misma ahí —pensó Ethan—. He estado viviendo un sueño, y esta es la única noche que pasaremos juntos jamás». El regreso a la realidad fue tan doloroso como recobrar el conocimiento tras la anestesia. El cuerpo y la mente le dolían con un cansancio indescriptible, y no se le ocurría nada que decir o que hacer para detener la fuga enloquecida de los instantes.

Aquel cambio de humor pareció transmitirse a Mattie. Ella alzó los ojos hacia él con languidez, como si los párpados le pesaran por el sueño y le costara un esfuerzo levantarlos. Su mirada cayó sobre la mano de él, que ahora cubría por completo el extremo de la labor y la aferraba como si formara parte de ella misma. Él vio un temblor apenas perceptible cruzarle el rostro y, sin saber lo que hacía, inclinó la cabeza y besó el trozo de tela que tenía sujeto. Al posarse sus labios en él, sintió que se deslizaba lentamente bajo ellos, y vio que Mattie se había levantado y enrollaba su labor en silencio. La sujetó con un alfiler y luego, tras buscar el dedal y las tijeras, los guardó junto con el rollo de tela en la caja forrada de papel estampado que él le había traído en una ocasión de Bettsbridge.

Él se levantó también, mirando vagamente alrededor de la habitación. El reloj sobre el aparador dio las once.

—¿Está bien el fuego? —preguntó ella en voz baja.

Abrió la puerta de la estufa y atizó sin rumbo las brasas. Cuando volvió a erguirse, vio que ella arrastraba hacia la estufa la vieja caja de jabón forrada de alfombra en la que dormía el gato. Luego cruzó de nuevo la habitación y tomó en brazos dos de las macetas de geranios, apartándolas de la ventana fría. Él la siguió y llevó los otros geranios, los bulbos de jacinto en un cuenco de natillas agrietado y la hiedra alemana enredada en un viejo aro de críquet.

Cumplidas estas tareas nocturnas, no quedaba más que traer la palmatoria de hojalata del pasillo, encender la vela y apagar la lámpara. Ethan puso la palmatoria en la mano de Mattie y ella salió de la cocina delante de él; la luz que llevaba ante sí hacía que su pelo oscuro pareciera una nube de niebla sobre la luna.

—Buenas noches, Matt —dijo él cuando ella puso el pie en el primer escalón de la escalera.

Ella se volvió y lo miró un instante. —Buenas noches, Ethan —respondió, y subió.

Cuando la puerta de su habitación se cerró tras ella, recordó que ni siquiera le había tocado la mano.

Fin del Episodio 10 · de 18

Capítulo V

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